Introducción
Una de las actividades más importantes (si no la más importante) en las que se ocupan los creyentes es la adoración del Dios trino, tres veces santo, de las Escrituras. Aunque todos los cristianos concuerdan en la importancia del culto, no hay acuerdo respecto al contenido del culto. Algunas iglesias cantan «himnos» de mera composición humana; otras iglesias cantan himnos no inspirados y cánticos inspirados tomados del Salterio bíblico; mientras que algunas iglesias cantan únicamente los 150 salmos de la Biblia. Al uso exclusivo del libro de los Salmos como manual de alabanza en la iglesia se le llama «salmodia exclusiva». Hoy en día, la salmodia exclusiva es tan rara entre las iglesias que muchas personas jamás han oído hablar de ella ni se han encontrado con esa práctica. Cuando algunos finalmente se encuentran con ella, a menudo la consideran extraña, anticuada y aburrida. Lo que la mayoría de los cristianos ignora es que hubo un tiempo en que la mayoría de las iglesias practicaba la salmodia exclusiva. Durante los siglos dieciséis, diecisiete y buena parte del siglo dieciocho, el libro de los Salmos se usó como el único manual de alabanza en las iglesias reformadas y presbiterianas. El propósito de este estudio es mostrar, a partir de la Escritura, que el culto reformado —o salmodia exclusiva— no es simplemente una tradición extraña heredada de Calvino o de Knox, sino la enseñanza de la santa palabra de Dios1. «Esto es necesario, porque debido a la prolongada práctica en nuestra Iglesia del modo apostólico y reformado de culto, existe un peligro constante de que las personas fuera de nuestra Iglesia consideren nuestro culto simplemente como la perpetuación de una antigua tradición, y no como algo sólidamente fundado en la Escritura»2. Es nuestra ferviente oración que Dios use este pequeño libro para traer a muchos de nuestros hermanos reformados y no reformados de vuelta a la pureza de culto que alcanzó el ala calvinista de la Reforma.
Capítulo 1. La ley bíblica del culto
En la Biblia hay varias doctrinas importantes que se deducen de muchas partes de la Escritura y que no pueden demostrarse de manera concluyente a partir de uno o dos versículos. El canto exclusivo de salmos es una de esas doctrinas. La salmodia exclusiva fluye directamente de la enseñanza global de la Escritura sobre el culto a Jehová. La Biblia enseña que «la manera aceptable de adorar al verdadero Dios ha sido instituida por él mismo y, por tanto, está limitada por su propia voluntad revelada, de modo que no se le puede adorar conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres, ni a las sugestiones de Satanás, ni mediante ninguna representación visible, ni de cualquier otro modo que no esté prescrito en la santa Escritura»3. En lo que respecta a los elementos del culto y al contenido de la alabanza, debemos tener un fundamento autorizado en la palabra de Dios. Es Dios quien fija los parámetros de lo que es permisible en el culto, no el hombre. En otras palabras, todo lo que la iglesia hace en el culto debe probarse por la Biblia. Esta prueba puede obtenerse por un mandato explícito de Dios (por ejemplo: «Haced esto en memoria de mí» (Lc. 22:19)); o por inferencia lógica a partir de la Escritura (es decir, puede no haber un mandato explícito, pero al comparar varios pasajes, estos enseñan o implican una práctica bíblica); o por ejemplo histórico bíblico (por ejemplo, el cambio del séptimo día al primer día de la semana para el culto público corporativo).
La doctrina reformada del culto conocida como «ley bíblica del culto», «principio puritano del culto» o «principio regulador del culto» se enseña con claridad tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento4. En Génesis 4:3–5 leemos que Dios rechazó la ofrenda de Caín, que consistía en fruto de la tierra, pero aceptó la ofrenda de Abel, que consistía en sacrificios de animales. ¿Por qué? Porque, aunque ofrecer fruto no estaba prohibido, tampoco había sido mandado. Levítico 10:1–2 registra que Dios mató a Nadab y a Abiú porque ofrecieron fuego extraño, que Dios «nunca les mandó» (Lv. 10:1). La ofrenda de fuego extraño no está prohibida expresamente en la Escritura, pero tampoco está mandada. En Deuteronomio 12:32, en el contexto específico de evitar las prácticas falsas de culto pagano, Dios dijo: «Cuidarás de poner por obra todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás» (Dt. 12:32; cf. Dt. 4:2; Jer. 7:24, 31; 19:5; 1 R. 12:32–33; Nm. 15:39–40). En 2 Samuel 6:3–7 leemos del juicio de Dios sobre los hombres de David que transportaban el arca. ¿Por qué fueron juzgados? Dios se airó porque no procedieron «según su ordenanza… como lo había mandado Moisés, conforme a la palabra de Jehová» (1 Cr. 15:13–15). Jesús reprendió a los fariseos por añadir a la ley de Dios: «¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?» (Mt. 15:3). Jesús dijo a la mujer junto al pozo que «los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Jn. 4:24). Cuando Jesucristo dio órdenes a los apóstoles antes de su ascensión al cielo, ¿confirió a la iglesia autoridad para inventar su propia doctrina, su gobierno, su culto y sus días santos? ¡De ninguna manera! Él ordenó enseñar a las naciones «que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt. 28:20). Jesús dijo a los fariseos, quienes inventaban sus propias reglas respecto al culto: «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres» (Mt. 15:9). Pablo afirma que añadir mandamientos y doctrinas de hombres al cristianismo es «culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo», y que tales cosas «no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne» (Col. 2:20–23).
La enseñanza bíblica respecto al culto es cristalina. La tarea de la iglesia no es innovar y crear nuevos elementos de culto u ordenanzas, sino simplemente ver qué ha declarado Dios en su palabra y obedecerlo. «El poder de la Iglesia es puramente ministerial y declarativo. Solo debe exponer la doctrina, hacer cumplir las leyes y ejercer el gobierno que Cristo le ha dado. No ha de añadir nada propio ni quitar nada de lo que su Señor ha establecido. Poder discrecional no posee»5. John W. Keddie escribe: «El gran historiador de la Iglesia William Cunningham señaló que la implicación de este [principio], “si se llevara plenamente a la práctica, sería dejar a la Iglesia en la condición en que la dejaron los apóstoles, en la medida en que tenemos algún medio de información; resultado que, ciertamente, no debería ser muy alarmante, excepto para aquellos que piensan que ellos mismos poseen poderes muy superiores para mejorar y adornar la Iglesia con sus invenciones” (The Reformers and the Theology of the Reformation, 32). Apenas hace falta señalar que la consecuencia de adoptar la posición más laxa —básicamente permisiva, e indudablemente la predominante hoy incluso en iglesias evangélicas— ha sido la tendencia a que los materiales bíblicos en el culto sean desplazados, y a que incontables innovaciones de una u otra especie, sin ningún respaldo en la palabra de Dios, sean introducidas»6.
El principio regulador del culto es fundamental para entender la salmodia exclusiva, porque, aunque hay abundante evidencia bíblica de que los Salmos se usaron como cánticos de alabanza tanto en la era del Antiguo Testamento como en la del Nuevo, no hay evidencia en la Biblia de que el pueblo de Dios haya usado jamás composiciones humanas no inspiradas en el culto público. Las iglesias que emplean himnos no inspirados en el culto público deben probar que tal práctica tiene respaldo bíblico ya sea por mandato, por ejemplo histórico o por deducción. En breve examinaremos los argumentos estándar empleados por autores reformados para justificar el uso de cánticos no inspirados en el culto público. Veremos que dichos argumentos se basan ya sea en una exégesis defectuosa de la Escritura, o en una comprensión errada o tergiversación del principio regulador (por ejemplo, considerar la alabanza como una mera circunstancia de la adoración), o en especulaciones sin fundamento (por ejemplo, el argumento de los supuestos fragmentos de himnos). Veremos que los Reformadores calvinistas, los presbiterianos escoceses, los hugonotes franceses, los reformados holandeses y los puritanos ingleses y norteamericanos estaban bíblicamente en lo correcto al mantener la salmodia exclusiva.
Capítulo 2. El testimonio de la Escritura:
¿Es mandado el canto de salmos? ¿Está autorizada la entonación de himnos no inspirados?
La pregunta de si la iglesia de Dios está obligada por Dios a cantar los Salmos en el culto público puede parecer absurda; sin embargo, hay pastores y académicos reformados opuestos a la salmodia exclusiva que en realidad argumentan que el canto de salmos no es un requisito7. Un pastor ha sostenido que, si bien la Escritura requiere que los creyentes canten alabanzas, no exige que se canten salmos en el culto. Un académico bautista reformado afirma que, «puesto que ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento mandan directamente el canto de salmos por parte de la congregación en el culto público a Dios, podemos ver que es más un privilegio que un deber»8. La razón por la que los opositores a la salmodia exclusiva sostienen que el canto de salmos no está mandado es que, si el canto de composiciones no inspiradas no es por institución divina, entonces se podría argumentar que el contenido de la alabanza es una circunstancia del culto. Sostener que los Salmos no están mandados es un intento de eludir el principio regulador del culto. Si se puede demostrar por la Escritura que el canto de cánticos inspirados fue instituido por una cita o disposición divina, entonces el canto de composiciones humanas no inspiradas queda automáticamente excluido del culto público. Hay que demostrar una prescripción divina para el uso de cánticos no inspirados en la Escritura. Esto (como se señala más abajo) es imposible.
Quienes sostienen que el canto de salmos no está mandado y, por tanto, es meramente una circunstancia del culto deben pasar por alto una gran cantidad de evidencia bíblica. El canto de salmos inspirados por el Espíritu está respaldado por mandato específico, por ejemplo histórico y por deducción.
1. Mandatos específicos
El libro de los Salmos contiene varios mandatos de alabar a Jehová mediante el canto de salmos.
«Cantad alegres a Jehová, toda la tierra;
levantad la voz, y aplaudid, y cantad salmos.
Cantad salmos a Jehová con arpa;
con arpa y voz de cántico.
Aclamad con trompetas y sonidos de bocina,
delante del rey Jehová» (Sal. 98:4–6).
«Cantadle, cantadle salmos;
hablad de todas sus maravillas» (Sal. 105:2).
«Venid, aclamemos alegremente a Jehová;
cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación.
Lleguemos ante su presencia con alabanza;
aclamémosle con cánticos» (Sal. 95:1–2; cf. Sal. 81:1–2; 100:2).
2. Diseñados por Dios para ser cantados
Que el libro de los Salmos fue claramente diseñado por Dios para ser cantado se indica por la terminología musical que se encuentra en los títulos de los salmos y a lo largo de los mismos. Se menciona a los principales músicos y diversos tipos de instrumentos musicales, así como los nombres de las melodías con las que debían cantarse ciertos salmos. Los salmos son llamados frecuentemente cánticos, salmos (cánticos melódicos) e himnos. Aunque es cierto que los salmos pueden leerse, recitarse, orarse, y así sucesivamente, es claro que fueron —y son— destinados a ser cantados por el pueblo de Dios.
3. Ejemplos históricos
En la Biblia hay varios ejemplos históricos de salmos usados en el culto público (cf. 1 Cr. 16; 2 Cr. 5:13; 20:21; 29:30; Esd. 3:11). «De hecho, hay numerosas indicaciones en las Escrituras de que los salmos, o sus contrapartes contemporáneas (inspiradas), no solo eran ejecutados por los coros levíticos ante el pueblo de Dios, sino que también se enseñaban diligentemente al “pueblo común” (por ejemplo, Ex. 15:1; 2 S. 1:18; 2 Cr. 23:13; Sal. 30:4; 137:1 ss.; Mt. 26:30; Stg. 5:13)»9.
4. Colocados en el canon
El hecho de que Dios haya colocado dentro del canon de la Escritura inspirada una colección de 150 cánticos de adoración demuestra, en sí mismo, que Dios requiere que estos cánticos se usen en la adoración pública. Bushell escribe:
«El Señor nos ha dado en la Escritura un libro entero de salmos inspirados, y luego nos ha mandado “cantar salmos”. Aun dejando de lado por el momento la cuestión de si podemos cantar otros cánticos en el culto, ¿no es el colmo de la necedad y de la impiedad mirar al Señor a la cara, por así decirlo, e insistir en que no tenemos obligación de cantar los salmos en particular que Él ha tenido a bien ponernos en las manos?… Sostenemos que la inclusión de una colección de cánticos en el canon de la Escritura, sin límites demostrables en cuanto a su uso, constituye un mandato divino de usar la totalidad de ese libro en los servicios de adoración. Si el Señor nos entrega un libro de salmos, como lo ha hecho, y nos manda cantar salmos, no tenemos derecho, sin instrucciones adicionales, a excluir ciertos salmos de entre aquellos que han sido puestos a disposición de la Iglesia»10.
Quienes argumentan que colocar un himnario inspirado en medio del canon no es significativo y no constituye una indicación clara de lo que Dios desea que se use en el culto de la iglesia, «podrían igualmente argumentar que la composición del canon no proporciona indicación específica alguna de que los sesenta y seis libros del canon sean los que han de usarse cuando se lee la palabra de Dios en el culto de la iglesia»11.
5. Solo cánticos inspirados usados
Un examen cuidadoso de los pasajes de la Escritura que tratan sobre los cánticos usados en el culto, y sobre el modo en que se componían tales cánticos, revela que Dios solo autoriza y acepta cánticos divinamente inspirados para su propia alabanza. «Si, cuando la Biblia habla del origen del cántico de adoración, presenta el texto como producido por inspiración divina, entonces la inspiración es también una norma bíblica para esta ordenanza»12. Hay tantos ejemplos en la Biblia que muestran la conexión entre la composición de cánticos de alabanza para la iglesia y la inspiración profética, que resulta asombroso que este punto haya sido en gran medida ignorado por quienes afirman sostener el principio regulador. Está el ejemplo de la profetisa Miriam, quien, por inspiración divina, compuso un cántico para celebrar la liberación de Israel de Egipto (Ex. 15:20–21). También tenemos el cántico inspirado de Débora la profetisa (Jue. 5). Están los cánticos inspirados por el Espíritu del profeta Isaías (por ejemplo, 5:1; 26:1 ss., etc.), así como el cántico divinamente inspirado de María (Lc. 1:46 ss.). Si 1 Corintios 14:26 se refiere a cristianos componiendo cánticos para el culto público, esos cánticos eran, «como es universalmente admitido, cánticos carismáticos y, por tanto, productos de la inspiración inmediata del Espíritu Santo»13. (La cuestión de si la iglesia del nuevo pacto debe cantar cánticos divinamente inspirados fuera del libro de los Salmos se aborda más adelante).
Los santos del Antiguo Testamento a quienes Dios usó para escribir el Salterio escribieron por inspiración del Espíritu Santo. Observemos nuevamente que la inspiración profética y la composición de cánticos de alabanza van de la mano. El rey David, a quien la Biblia llama profeta (2 Cr. 29:25–30), escribió sus cánticos por un don especial del Espíritu Santo (2 S. 23:1–2; Hch. 1:16). El Nuevo Testamento se refiere repetidamente a David como profeta cuando cita sus cánticos (cf. Mt. 22:43–44; Mr. 12:36; Hch. 1:16–17; 2:29–31; 4:24–25). La adoración de los músicos y cantores del templo es llamada profecía en la Escritura (1 Cr. 25:1–7). Esta designación, aplicada al contenido del cántico, significa obviamente que lo que cantaban era producto de la inspiración divina. Así, los músicos y cantores del templo que participaron en la composición de cánticos para el culto lo hicieron bajo la operación especial del Espíritu. Hemán (Heman), a quien David nombró como director del culto en el santuario, es llamado en la Escritura «vidente» (1 Cr. 25:5), término sinónimo de «profeta». Bushell escribe: «Títulos y funciones proféticas se atribuyen consistentemente a los principales músicos y cantores del templo. Asaf, por ejemplo, uno de los principales músicos de David (1 Cr. 6:39; 15:17; 16:5 ss.; 2 Cr. 5:12), nombrado por él sobre el servicio de canto y por Salomón en el servicio del templo, es también llamado “vidente” y puesto al lado de David en cuanto a autoridad en la música del templo (2 Cr. 29:30). Tampoco debemos pasar por alto el significado del hecho de que unos doce de los salmos del Antiguo Testamento (50; 73–83) se atribuyen a Asaf, lo cual confirma su función como escritor de cánticos inspirados de culto. Jedutún, otro de los principales cantores del templo, es también llamado “vidente” (2 Cr. 35:15; cf. 25:1; y los títulos de los Salmos 39, 62 y 77)»14.
La composición de cánticos de culto en el Antiguo Testamento estaba tan íntimamente ligada a la inspiración profética que 2 Reyes 23:2 y 2 Crónicas 34:30 usan de manera intercambiable los términos «levita» y «profeta». La adoración de Jehová es tan importante que nada menos que letras infalibles, inspiradas por el Espíritu, son aceptables para la alabanza en la iglesia. James A. Kennedy escribe:
«¿Qué es la alabanza? La palabra se deriva del vocablo “precio”. Pero, ¿quién conoce el precio o valor de Dios? Para preparar un manual de alabanza completo y suficiente es necesario conocer, por un lado, todas las perfecciones divinas, pues han de exponerse en medida suficiente y debida proporción; y, por otro lado, todo el rango de los afectos devocionales humanos suscitados al contemplar las perfecciones divinas. Pero tal conocimiento vasto solo es posible para aquel a quien se ha hecho una revelación divina. Y para expresar adecuadamente este conocimiento, la inspiración divina es un requisito absoluto… Dios evidentemente consideró necesario que sus alabanzas fueran preparadas de este modo, pues, de hecho, inspiró a David, Asaf y otros para componerlas. Y Él nunca ejerce poder divino de forma innecesaria. Dios mantuvo el manual de alabanza estrictamente bajo su control. ¿Por qué habría de ser indiferente ahora? ¿Y por qué habríamos de conformarnos sin un libro divino para esta dispensación? ¿No somos tan dignos de un libro perfecto como lo fue la Iglesia del Antiguo Testamento?».15
Ha habido intentos (por parte de opositores a la salmodia exclusiva) de refutar la afirmación de que la inspiración divina era un requisito para la composición de cánticos de culto que debían usarse en la iglesia. Un autor sostiene que la Escritura solo exige exactitud teológica en la composición de cánticos de culto. El problema con su argumento es que no presenta ningún texto ni ejemplo bíblico que lo respalde, ni uno solo. Otro autor cita varios ejemplos de cánticos de culto que no se encuentran en el libro de los Salmos como prueba de que la inspiración divina no era necesaria. El problema con el argumento de esta persona es que cada uno de los cánticos a los que se refiere fue dado por inspiración divina (por ejemplo, Ex. 15:20–21; Jue. 5; Is. 5:1; 26:1 ss.; Lc. 1:46 ss.; 1 Co. 14:26). Su propio argumento se refuta a sí mismo.
Otro autor cita Isaías 38:20 («Jehová me salvará; por tanto cantaremos nuestros cánticos en la casa de Jehová todos los días de nuestra vida») como prueba de que cánticos no inspirados se usaron en el culto público en la era del Antiguo Testamento16. Este autor supone que, puesto que esos cánticos, escritos por el rey Ezequías, nunca fueron incorporados al canon, deben de ser no inspirados. Este argumento se derrumba cuando consideramos que muchas profecías y escritos inspirados no formaron parte de nuestras Biblias. (Se mencionan profetas del Antiguo Testamento de quienes no tenemos oráculos conservados. Está la carta perdida de Pablo a los corintios, así como los volúmenes de dichos, proverbios y enseñanzas que Cristo habló a sus discípulos, etc.). El hecho de que los cánticos de Ezequías (excepto el que se registra en Is. 38) no hayan llegado a nuestra Biblia no nos dice en absoluto si eran inspirados o no. De hecho, el pasaje en cuestión, si algo indica, sugiere que sus cánticos eran inspirados. Obsérvese la transición del singular («me») al plural («nuestros»). El rey se identifica con el coro levítico del templo, que, como se indicó arriba, funcionaba como un gremio profético-musical. En todo caso, ciertamente no hay ni una pizca de evidencia de que Ezequías compusiera cánticos no inspirados. Tal afirmación se da por sentada, no se demuestra.
Hay pastores «reformados» que sostienen que el hecho de que toda instancia de cántico de culto en la Biblia sea divinamente inspirada no tiene relevancia para la iglesia de hoy. Razonan que, puesto que los cánticos de culto se encuentran en la Biblia, la cual en sí misma es divinamente inspirada, necesariamente también ellos son inspirados. Este razonamiento es falaz por dos razones. Primero, la Biblia contiene muchas afirmaciones registradas infaliblemente de personas no inspiradas que hablan. La Biblia registra a personas mintiendo, a personas con mala teología e incluso a Satanás mintiéndole a Jesús. Nadie sostendría que las mentiras de Satanás fueron divinamente inspiradas. Segundo, y aún más significativo, es el hecho de que el Espíritu Santo enfatiza que los cánticos de culto no procedían de cualquiera que simplemente decidiera escribir un cántico, sino únicamente de videntes y profetas. La única manera de oponerse al uso exclusivo de cánticos divinamente inspirados en la iglesia es abandonar el principio regulador del culto, ya sea explícitamente o por subterfugio. Abandonar las leyes bíblicas del culto coloca a una persona fuera del cristianismo reformado (en lo relativo al culto) y la sitúa de lleno en el campo episcopal, luterano y anabaptista.
6. Los Salmos y el culto apostólico
La Biblia enseña que los Salmos se cantaban para el culto público y privado en la iglesia apostólica. El canto de cánticos divinamente inspirados en el culto no es solo una ordenanza de culto del Antiguo Testamento, sino también una ordenanza de la era del nuevo pacto.
Mateo 26:30
Fue el mismo Jesús quien usó específicamente los Salmos para la alabanza cuando instituyó la ordenanza neotestamentaria de la Cena del Señor. Tanto Mateo como Marcos nos dicen que, inmediatamente después de instituir la Cena del Señor, Jesús y los apóstoles cantaron un himno. «Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos» (Mt. 26:30; cf. Mr. 14:24). La mayoría de los comentaristas creen que la palabra «himno» aquí se refiere a uno o varios salmos del Hallel (es decir, Sal. 113–118). James Morison escribe: «O salmo, como está en el margen y en la Biblia de Ginebra; o, muy literalmente: “Y cuando hubieron himneado” (humnesantes). La palabra no implica que haya sido solo un himno o salmo el que se cantó o recitó. Y si la tradición, preservada entre los judíos, tiene algún peso en esta materia, el himno al concluir la cena abarcaría los Salmos 115, 116 y 118, que constituyen la segunda parte del aleluya judío, o Hallel, como lo llaman. La otra parte del Hallel consistía en los Salmos 113 y 114, que era costumbre recitar al comienzo de la fiesta»17.
Matthew Henry hace notar (en su comentario al pasaje) que, si Jesús y los discípulos se hubieran apartado de la práctica judía normal de cantar salmos después de la comida pascual, probablemente se habría consignado en los relatos evangélicos, pues habría sido una práctica nueva. Luego escribe: «El canto de salmos es una ordenanza evangélica. El hecho de que Cristo retire el himno del cierre de la pascua para colocarlo al cierre de la Cena del Señor, indica claramente que tenía la intención de que esa ordenanza continuara en su iglesia; que, así como no nació con la ley ceremonial, tampoco había de morir con ella»18.
El Espíritu Santo nos dice que el Señor de gloria cantó salmos en la institución de la Cena del Señor. Bushell escribe: «La salmodia y la Cena del Señor no son hoy más separables que lo eran la salmodia y el ritual pascual en los tiempos del Antiguo Testamento. No hay, por tanto, ningún pasaje de la Escritura que muestre con más claridad que este la permanente importancia de los Salmos del Antiguo Testamento para la Iglesia del Nuevo Testamento»19. ¿Sigue su iglesia el ejemplo de Jesucristo y de los apóstoles cantando los salmos inspirados por el Espíritu que se encuentran en la Escritura cada vez que ustedes participan del cuerpo y la sangre de nuestro precioso Salvador?
Es providencial que, cuando Jesús estaba a punto de entrar en la humillación, la tortura, la agonía, el abandono y la oscuridad del Gólgota, llevara en sus labios palabras de victoria:
«La piedra que desecharon los edificadores
ha venido a ser cabeza del ángulo.
De parte de Jehová es esto,
y es cosa maravillosa a nuestros ojos.
Este es el día que hizo Jehová;
nos gozaremos y alegraremos en él.
Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego;
te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora.
Bendito el que viene en el nombre de Jehová;
desde la casa de Jehová os bendecimos.
Jehová es Dios, y nos ha dado luz;
atad víctimas con cuerdas a los cuernos del altar.
Mi Dios eres tú, y te alabaré;
Dios mío, te exaltaré.
Alabad a Jehová, porque él es bueno;
porque para siempre es su misericordia» (Sal. 118:22–29).
Si la cabeza de la iglesia escogió los salmos inspirados por el Espíritu para alabanza, consuelo y edificación, ¿no debería su esposa hacer lo mismo? ¿Quiénes somos para dejar de lado la ordenanza del Hijo de Dios?
Hechos 16:25
En Hechos 16, Pablo y Silas son echados «en el calabozo de más adentro» (v. 24) como resultado de la influencia de la turba sobre los magistrados civiles en Filipos. Lucas registra que «a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios» (Hch. 16:25). El verbo usado en este pasaje (humneo), traducido como «cantaban himnos» (RVR1960), «singing hymns» (NKJV, NIV, RSV), «sang praises» (KJV), «sang hymns» (ASV), «singing hymns of praise» (NASB), es la misma palabra que se usa para describir el canto de salmos en Mateo 26:30 y Marcos 14:24 (cf. también la sección más abajo sobre Ef. 5:19 y Col. 3:16). Dado que los judíos piadosos a menudo memorizaban muchos de los salmos para su uso devocional, muchos comentaristas creen que Pablo y Silas estaban cantando del libro de los Salmos. Kistemaker escribe: «Pablo y Silas no solo se edifican y fortalecen a sí mismos, sino que también proveen un testimonio y una fuente de ánimo para los otros presos, que escuchan sus oraciones y salmos (compárese Ef. 5:19; Col. 3:16; Stg. 5:13)»20. Lenski escribe: «Qué himnos cantaron, desde luego, no lo sabemos; pero los salmos de David siempre han sido queridos para quienes sufren, y especialmente para quienes padecen injustamente»21. Hackett comenta: «Su adoración consistía principalmente en acción de gracias, cuyo lenguaje tomarían en mayor o menor medida de los Salmos»22. Alexander dice: «Orando, himnearon (o cantaron) a Dios parece expresar no dos actos distintos… sino el acto único de adoración lírica, es decir, orar… cantando o recitando, quizá uno o más de los muchos pasajes del libro de los Salmos particularmente apropiados y destinados para el uso de prisioneros y otros bajo persecución»23.
Aunque no tenemos manera de saber con certeza qué cantaron Pablo y Silas, dado que no hay ni una señal de evidencia de himnología no inspirada en el Nuevo Testamento, es muy probable que estuvieran cantando salmos. «En todo caso, ciertamente no hay aquí ninguna evidencia que obligue a suponer que se usarían materiales distintos de los salmos bíblicos; más bien al contrario»24.
Efesios 5:19 y Colosenses 3:16
Dos pasajes cruciales en el debate sobre la salmodia exclusiva son Efesios 5:19 y Colosenses 3:16. Estos pasajes son importantes porque se usan como textos de prueba tanto por quienes sostienen el canto exclusivo de salmos como por quienes usan himnos no inspirados en el culto. Pablo escribe: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones» (Ef. 5:18–19). «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría; cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales» (Col. 3:16).
Antes de considerar cómo se relacionan estos pasajes con el culto público, primero debemos responder la pregunta: «¿qué quiere decir Pablo con “salmos, himnos y cánticos espirituales”?». Esta pregunta es muy importante, porque muchos defensores de la himnología no inspirada (que afirman atenerse al principio regulador) señalan este pasaje como prueba de que Dios permite himnos no inspirados en el culto público. Al examinar pasajes como Efesios 5:19 y Colosenses 3:16, no se debe cometer el error común de importar al texto el significado moderno o el uso actual de una palabra como «himno» y leerlo en lo que Pablo escribió hace más de mil novecientos años. Hoy, cuando una persona oye la palabra «himno», piensa de inmediato en los himnos extrabíblicos y no inspirados que se encuentran en las bancas de la mayoría de las iglesias. La única manera de determinar realmente qué quiso decir Pablo con «salmos, himnos y cánticos espirituales» es establecer cómo empleaban estos términos los cristianos de habla griega en el siglo primero.
Al interpretar la terminología religiosa que Pablo usa en sus epístolas, hay ciertas reglas de interpretación que deben observarse. En primer lugar, la cosmovisión y el pensamiento religioso de los apóstoles procedían esencialmente del Antiguo Testamento y de Jesucristo, no del paganismo griego. Por tanto, cuando Pablo trata temas de doctrina o de culto, el primer lugar al que debemos acudir para entender los términos religiosos es el Antiguo Testamento. Con frecuencia encontramos expresiones o términos hebreos vertidos al griego koiné. En segundo lugar, debemos tener presente que las iglesias que Pablo fundó en Asia estaban formadas por judíos convertidos, gentiles prosélitos del judaísmo del Antiguo Testamento (temerosos de Dios) y gentiles paganos. Estas iglesias tenían una versión griega del Antiguo Testamento llamada la Septuaginta. Cuando Pablo expresaba ideas veterotestamentarias a una audiencia de habla griega, recurría a la terminología religiosa de la Septuaginta. Si los términos «himnos» (humnois) y «cánticos espirituales» (odais pneumatikais) estuvieran definidos dentro del mismo Nuevo Testamento, no habría necesidad de acudir a la Septuaginta para conocer el significado de esas palabras. Sin embargo, dado que estos términos rara vez aparecen en el Nuevo Testamento y no pueden definirse en su contexto inmediato sin un conocimiento del Antiguo Testamento, sería exegéticamente irresponsable ignorar cómo se usan estas palabras en la versión de la Septuaginta del Antiguo Testamento.
Cuando examinamos la Septuaginta, encontramos que los términos «salmo» (psalmos), «himno» (hymnos) y «cántico» (odee), usados por Pablo, se refieren claramente al libro veterotestamentario de los Salmos, y no a himnos o cánticos no inspirados, antiguos o modernos. Bushell escribe: «Psalmos… aparece unas 87 veces en la Septuaginta, de las cuales unas 78 están en los Salmos mismos, y 67 veces en los títulos de los salmos. Además, forma el título de la versión griega del Salterio… Hymnos… aparece unas 17 veces en la Septuaginta, 13 de las cuales están en los Salmos, seis veces en los títulos. En 2 Samuel, 1 y 2 Crónicas y Nehemías hay unos 16 ejemplos en que los Salmos son llamados “himnos” (hymnoi) o “cánticos” (odai) y el acto de cantarlos es llamado “himnear” (humneo, humnodeo, humnesis)… Odee… aparece unas 80 veces en la Septuaginta, 45 de las cuales están en los Salmos, 36 en los títulos de los salmos»25. En doce títulos de salmos encontramos a la vez «salmo» y «cántico»; y en otros dos encontramos «salmo» e «himno». «El Salmo 76 se designa como “salmo, himno y cántico”. Y al final de los primeros setenta y dos salmos leemos: “Hasta aquí terminan las oraciones de David, hijo de Isaí” (Sal. 72:20). En otras palabras, no hay más razón para pensar que el apóstol se refería a salmos cuando dijo “salmos”, que para pensar que no se refería a salmos cuando dijo “himnos” y “cánticos”, pues los tres eran términos bíblicos para designar salmos dentro del mismo libro de los Salmos»26. Pasar por alto cómo habría entendido estos términos la audiencia de Pablo y cómo los define la propia Biblia, e importar en su lugar significados modernos y extrabíblicos en esas palabras, es una verdadera negligencia exegética.
Una de las objeciones más comunes contra la idea de que en Efesios 5:19 y Colosenses 3:16 Pablo habla del libro de los Salmos es que sería absurdo que el apóstol dijera: «canten salmos, salmos y salmos». Esta objeción no toma en cuenta que un método literario común entre los antiguos judíos era emplear una forma triádica de expresión para comunicar una idea, un acto o un objeto. La Biblia contiene muchos ejemplos de expresiones triádicas. Por ejemplo: «la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Ex. 34:7); «los mandamientos y estatutos y decretos» (Dt. 5:31; 6:1); «con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mt. 22:37; cf. Mr. 12:30; Lc. 10:27); «milagros, prodigios y señales» (Hch. 2:22); «salmos, himnos y cánticos espirituales» (Ef. 5:19; Col. 3:16). «La distinción triádica utilizada por Pablo sería fácilmente comprendida por quienes estaban familiarizados con su Salterio hebreo del Antiguo Testamento o con la Septuaginta griega, donde los títulos de los salmos se diferencian como salmos, himnos y cánticos. Esta interpretación hace justicia a la analogía de la Escritura, es decir, que la Escritura es su propio mejor intérprete»27.
La interpretación que sostiene que «salmos, himnos y cánticos espirituales» se refiere al libro inspirado de los Salmos recibe además apoyo bíblico del contexto inmediato y de la gramática de estos pasajes. En Colosenses 3:16 se nos exhorta: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…». En este pasaje, la expresión «palabra de Cristo» muy probablemente es sinónima de «palabra de Dios». «En 1 Pedro 1:11 se afirma que “el Espíritu de Cristo” estaba en los profetas del Antiguo Testamento y que, por medio de ellos, “anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos”. Si, como se afirma claramente, el Espíritu de Cristo anunció estas cosas por medio de los profetas, entonces Cristo fue el verdadero Autor de esas Escrituras. Entre esas profecías que dan testimonio de Cristo, ocupa un lugar prominente el libro de los Salmos; por tanto, Cristo es el Autor de los Salmos»28.
Después de exhortar a la iglesia de Colosas a que la palabra de Cristo more abundantemente en ellos, Pablo los dirige de inmediato al libro de los Salmos: un libro que «contiene, de manera bellísima y breve, todo lo que se halla en toda la Biblia»29; un libro muy superior a cualquier manual devocional humano, que Calvino llamó «una anatomía de todas las partes del alma»30; un libro que es «un compendio de toda la teología»31. ¿Dejamos que la Escritura, la palabra de Cristo, more en nosotros cuando cantamos composiciones humanas no inspiradas en el culto? No, no lo hacemos. Si hemos de cantar y meditar en la palabra de Cristo, debemos cantar los cánticos que Cristo ha escrito por medio de su Espíritu: el libro de los Salmos.
La gramática también apoya la tesis de que Pablo se refiere al libro de los Salmos. En nuestras Biblias en inglés, el adjetivo «espirituales» solo se aplica a la palabra «cánticos» («cánticos espirituales»). En el idioma griego, sin embargo, cuando un adjetivo sigue inmediatamente a dos o más sustantivos, se aplica a todos los sustantivos precedentes. John Murray escribe:
«¿Por qué la palabra pneumatikos [espiritual]32 califica a odais y no a psalmois y hymnois? Una respuesta razonable a esta pregunta es que pneumatikais califica a los tres dativos, y que su género (femenino) se debe a la atracción del género del sustantivo que está más cercano a ella. Otra posibilidad distinta, hecha particularmente verosímil por la omisión de la conjunción copulativa en Colosenses 3:16, es que “cánticos espirituales” sea el género del cual “salmos” e “himnos” son las especies. Esta es, por ejemplo, la postura de Meyer. En cualquiera de estas hipótesis, los salmos, himnos y cánticos son todos “espirituales” y, por tanto, todos inspirados por el Espíritu Santo. La relevancia de esto para la cuestión en debate salta a la vista. Los himnos no inspirados quedan excluidos de inmediato».33
Si alguien quiere sostener que «espirituales» no se aplica a «salmos» e «himnos», debe responder dos preguntas pertinentes. Primero, ¿por qué habría de insistir Pablo en la inspiración divina de los cánticos, pero permitir himnos no inspirados? Podemos asumir con seguridad que Pablo no era irracional. Segundo, dado que «salmos» se refiere a cánticos divinamente inspirados, sería contrario a la Escritura no aplicar «espirituales» también a ese término. Además, puesto que ya hemos establecido que la expresión «salmos, himnos y cánticos espirituales» se refiere al libro inspirado de los Salmos, es lo más natural aplicar «espirituales» a los tres términos. Dado que el libro de los Salmos está compuesto de salmos, himnos y cánticos espirituales, todos ellos divinamente inspirados, obedecemos a Dios únicamente cuando lo alabamos usando el Salterio bíblico; los himnos no inspirados no cumplen los criterios bíblicos para la alabanza autorizada.
Otra pregunta que debe considerarse en relación con estos pasajes es: «¿Se refieren estos textos a los servicios formales de culto público o a reuniones cristianas informales?». Puesto que Pablo está tratando de la edificación mutua de los creyentes mediante el canto de cánticos inspirados en contextos de adoración privada, sería incoherente de su parte permitir cánticos no inspirados en los escenarios más formales del culto público. «Lo que es propio o impropio de ser cantado en un caso debe considerarse propio o impropio de ser cantado en el otro. El culto sigue siendo culto, cualesquiera que sean sus circunstancias y sin importar el número de personas que intervengan»34. «Si los salmos, himnos y cánticos espirituales son el límite del material cantado en alabanza a Dios en actos de culto menos formales, cuánto más serán el límite en los actos más formales de culto»35.
Santiago 5:13
Santiago 5:13 dice: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas» (Stg. 5:13). El verbo que la RVR1960 traduce «cante alabanzas» (psalleto) puede traducirse legítimamente también como «salmodie» o «cante salmos». La sola expresión «cante alabanzas» no identifica, por sí misma, el contenido específico de lo que se canta en alabanza. Por tanto, para determinar su sentido hay que dejar que la Escritura interprete la Escritura. En Efesios 5:19 y Colosenses 3:16, la forma sustantiva de esta palabra (psalmois) se refiere a los Salmos del Antiguo Testamento. En 1 Corintios 14 se refiere ya sea a Salmos veterotestamentarios o a cánticos divinamente inspirados que no fueron preservados en el canon del Nuevo Testamento. En Romanos 15:9, se emplea en una cita de la versión de la Septuaginta del Salmo 18:49, una cita que alude al Mesías alabando a Dios entre las naciones. Cuando Cristo alabó a Jehová durante su ministerio terrenal, usó los Salmos del Antiguo Testamento (cf. Mt. 26:30).
No hay ni un ápice de evidencia bíblica de que Santiago 5:13 se refiera a alabanzas no inspiradas. Toda la evidencia escritural apunta en la dirección contraria: la alabanza inspirada por el Espíritu. Por tanto, este pasaje no puede usarse como texto de prueba para introducir materiales no inspirados en el culto.
1 Corintios 14:15, 26
En 1 Corintios 14, Pablo trata los dones revelatorios y la necesidad de inteligibilidad en la asamblea para la edificación del cuerpo. También aborda el tema estrechamente relacionado del orden apropiado en el culto público. En este contexto, Pablo habla de la alabanza según se practicaba en Corinto: «Cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Co. 14:15); «¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación» (1 Co. 14:26). Aunque algunos autores creen que estos pasajes se refieren a Salmos veterotestamentarios, la mayoría de los intérpretes sostiene que Pablo alude aquí a una especie de himnología carismática; es decir, había creyentes en Corinto que recibían cánticos de alabanza por la inspiración directa del Espíritu Santo. Sea cual fuere la postura que uno adopte respecto de estos pasajes, hay algo seguro: la inspiración divina era un requisito previo para la composición de cánticos de culto en Corinto. Por tanto, este pasaje no puede utilizarse para respaldar la himnología no inspirada practicada hoy. Puesto que, en la providencia de Dios, ninguno de estos cánticos inspirados fue incorporado a la Escritura, su uso quedó limitado al siglo primero, antes del cierre del canon.
Estos pasajes, sin embargo, se usan con frecuencia para plantear una cuestión respecto de la suficiencia del libro de los Salmos para la alabanza en la era del nuevo pacto. Si el libro de los Salmos es suficiente para la alabanza en las iglesias del nuevo pacto, ¿por qué se usaron otros cánticos inspirados? Estos pasajes no refutan la salmodia exclusiva por dos razones. Primero, no se refieren al canto congregacional, sino a un individuo que habla en lenguas o profetiza mientras canta. Puesto que los dones revelatorios han cesado, esta práctica ya no forma parte de la adoración congregacional. Segundo, las iglesias de la era apostólica tenían que funcionar sin un Nuevo Testamento completo que interpretara el Antiguo Testamento; por tanto, se necesitaba revelación directa. Bushell escribe:
«Los salmos del Antiguo Testamento son, en cierto sentido, insuficientes para las necesidades de adoración de la Iglesia en esta dispensación, pero solo en el sentido de que requieren la interpretación del canon del Nuevo Testamento, ya completado, para ser correctamente entendidos, usados y cantados. Bien pudo Dios haber dado a los corintios tales cánticos carismáticos para “cubrir la brecha” hasta que esta necesidad quedara satisfecha. De hecho, esto es lo que los dones carismáticos eran en realidad. De modo que la presencia de canto carismático en los primeros días de la Iglesia no puede ofrecerse como justificación para componer nuevos cánticos ahora, del mismo modo que el ejercicio de dones proféticos en ese mismo contexto no puede verse como una sugerencia de que hoy se necesiten nuevos oráculos proféticos».36
Además, aun si se aceptara la interpretación de que 1 Corintios 14:15 y 26 prueban que las iglesias de hoy pueden cantar otros cánticos además del libro de los Salmos, estos pasajes solo permitirían los pocos cánticos inspirados que aparecen en la Escritura fuera del Salterio, y ningún otro. Cuando los dones revelatorios cesaron con la muerte de los apóstoles, cesó también la posibilidad de una himnología divinamente inspirada.
Los himnos del Apocalipsis
El libro de Apocalipsis contiene varios ejemplos de cánticos de adoración (por ejemplo, 4:8, 11; 5:9–13; 7:10–12; 11:17–18; 14:2–3; 15:3–4; 19:1, 2, 5, 8). Una pregunta que debe responderse respecto de estos cánticos es: «¿Nos enseñan estas alusiones a la adoración celestial algo sobre lo que hemos de cantar en el culto público y sobre cómo hemos de conducir el culto público en el tiempo presente?». No, claramente no lo hacen.
El libro de Apocalipsis es literatura apocalíptica y, por tanto, no fue dado como una guía literal o un patrón directo para el culto público. Si lo fuera, todos seríamos romanistas, pues Apocalipsis describe un «altar» (6:9; 8:3, 5; 9:13; 11:1; 14:18; 16:7); «incienso» (8:4); «trompetas» (1:10; 4:1; 8:13; 9:14); «arpas» (5:8; 14:2; 15:2) e incluso el «arca del pacto» (11:19). También tendríamos que ser místicos, ya que Apocalipsis presenta a toda criatura —incluyendo aves, insectos, medusas y gusanos— alabando a Dios (5:13).
La literatura apocalíptica emplea un lenguaje figurado y una imaginería dramática para enseñar lecciones espirituales. «Lo importante al contemplar un drama no son los accesorios, sino el mensaje que ayudan a transmitir»37. «El libro de Apocalipsis está lleno hasta desbordar de ritos oscuros, de tronos y templos, y de toda una serie de actos litúrgicos que no pueden referirse en modo alguno a nuestras propias circunstancias de culto. El intento de extraer elementos de culto a partir de una literatura de tipo apocalíptico solo puede conducir al caos litúrgico»38.
Además, aun si alguien quisiera tomar las escenas apocalípticas de adoración en el cielo como normativas para la iglesia hoy, ni siquiera así autorizarían el uso de himnos no inspirados, porque los cánticos entonados por los ángeles, los cuatro seres vivientes y los santos celestiales sin pecado «son, por su misma naturaleza, composiciones inspiradas, ya que proceden del cielo mismo y del trono y presencia de Dios»39. Sin embargo —como ya se señaló— las escenas de adoración apocalíptica, con su altar, incienso, arpas y otras imágenes ceremoniales, no pueden aplicarse a la iglesia del nuevo pacto sin que la Escritura se contradiga a sí misma, lo cual es imposible.
Algunos autores apelan al «cántico nuevo» mencionado en Apocalipsis 14:3 como autorización bíblica para componer «cánticos nuevos» hoy. Un estudio de esta expresión en la Escritura, sin embargo, demuestra que la frase bíblica «cántico nuevo» no tiene nada que ver con componer nuevos cánticos no inspirados después del cierre del canon. La expresión «cántico nuevo» en el Antiguo Testamento puede referirse a un cántico cuyo tema son nuevas misericordias o nuevos prodigios del poder de Dios (por ejemplo, Sal. 40:3; 98:1). Pero debemos tener presente que esta expresión se usa únicamente para describir cánticos escritos bajo inspiración divina. Este hecho limita los «cánticos nuevos» a los cánticos inspirados de la Biblia. Puesto que la expresión «cántico nuevo» solo se usa para describir cánticos escritos por personas que tenían el don profético, y no se aplica a cualquier israelita, con mayor razón no puede aplicarse a Isaac Watts, Charles Wesley ni a ningún otro escritor de himnos no inspirados.
Otro sentido de «cántico nuevo» no se refiere a un cántico cuyo tema son nuevas misericordias, sino a cantar un cántico de manera renovada; es decir, con un corazón agradecido y gozoso, con un nuevo impulso de gratitud. El cántico puede ser, de hecho, muy antiguo, pero al aplicar el cántico inspirado de manera experimental a nuestra propia situación, lo cantamos de nuevo. Este es probablemente el sentido de «cantad cántico nuevo» en aquellos salmos que usan la frase sin hablar de nuevas misericordias. Por ejemplo, el Salmo 33 emplea la expresión «cantad a Jehová cántico nuevo», y a continuación desarrolla doctrinas generales y bien conocidas: la creación, la providencia y la esperanza y confianza en Dios. Asimismo, en cierto sentido todos los cánticos del Antiguo Testamento son «cánticos nuevos» para el cristiano del nuevo pacto, en la medida en que cantamos los Salmos con una comprensión y una perspectiva desconocidas para los creyentes del Antiguo Testamento. Debido a la manifestación del amor de Dios en y por Cristo, tanto Jesús como el apóstol Juan pueden referirse incluso a un mandamiento veterotestamentario bien conocido («Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv. 19:18)) como a un «mandamiento nuevo» (Jn. 13:34; 1 Jn. 2:7; 2 Jn. 5)40.
Supuestos fragmentos de himnos
Un método común para argumentar en contra de la salmodia exclusiva es apelar a la existencia de fragmentos de himnos dentro del Nuevo Testamento. Se nos dice que la existencia de estos fragmentos hímnicos nos enseña que la iglesia apostólica se dedicaba a componer himnos y que, por tanto, nosotros también deberíamos componer nuestros propios himnos. El problema con este argumento es que no se basa en evidencia sólida de la Escritura, sino que descansa, en lo esencial, sobre la especulación de teólogos y comentaristas modernistas. El erudito en griego Delling escribe: «Se han hecho intentos por identificar diversos himnos cristianos primitivos o fragmentos de himnos en el Nuevo Testamento. Pero tales identificaciones deben seguir siendo hipotéticas, particularmente porque en el Nuevo Testamento no hay ningún intento —y esto es algo digno de notarse por sí mismo— de utilizar el estilo griego de himnos métricos. Las piezas del Nuevo Testamento que toman la forma de alabanzas están, en general, tan poco sujetas a leyes reconocibles, que en la mayoría de los casos el juicio acerca de su carácter como himnos solo puede reclamar una validez limitada»41. Un estudio de la literatura que habla de estos llamados fragmentos hímnicos revela que la metodología para determinar qué es y qué no es un fragmento de himno es totalmente subjetiva y poco confiable. La especulación subjetiva no proporciona un fundamento bíblico para la práctica de la iglesia, especialmente a la luz de la evidencia bíblica a favor de la salmodia exclusiva.
Además, si la himnología hubiera florecido en la iglesia apostólica, como muchos suponen, «es verdaderamente notable que ni uno solo de estos himnos haya sobrevivido íntegro fuera de los escritos del Nuevo Testamento. Tampoco hay el más mínimo indicio de evidencia histórica no controvertida que sugiera el uso de tales himnos en la iglesia del siglo segundo. Resulta igualmente asombroso que ni uno de estos “himnos” sea identificado como tal en los propios escritos del Nuevo Testamento»42. Puesto que la Escritura nunca identifica los pasajes poéticos o rítmicos como cánticos o fragmentos de himnos y, puesto que no hay ni una pizca de evidencia de que tales fragmentos se hayan utilizado como cánticos de adoración en la iglesia apostólica, ni siquiera en el siglo segundo, podemos describir el argumento de los fragmentos de himnos contra la salmodia exclusiva como un intento de aferrarse a pajas invisibles.
Conclusión
Hasta aquí hemos examinado el fundamento del culto bíblico (el principio regulador) y el testimonio de la Escritura respecto al contenido de los cánticos de adoración. El principio regulador de la adoración, que está enseñado con toda claridad en la Escritura y que está formulado con igual claridad en todas las confesiones reformadas y presbiterianas, coloca la carga de la prueba para el uso de himnos no inspirados en el culto sobre los creyentes que abogan por su uso. Para el creyente reformado no basta decir que los himnos no inspirados no están prohibidos; hay que proveer una autorización bíblica para su uso tomada de la Escritura.
Al examinar el testimonio bíblico acerca de los cánticos de adoración, hemos señalado que el canto de los salmos divinamente inspirados es un mandato tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Hay ejemplos históricos, en ambos Testamentos, del uso de los salmos en el culto. Además, hay abundante evidencia de que la inspiración divina era un requisito previo para la composición de cánticos de adoración para la iglesia. Sin embargo, cuando buscamos en la Escritura una autorización para el uso de cánticos no inspirados en la adoración, no podemos encontrar mandamiento, ejemplo histórico ni autorización de ninguna clase. Quienes encuentran justificación para el canto de cánticos no inspirados en la adoración apelando a Efesios 5:19, a Colosenses 3:16 o al argumento de los «fragmentos de himnos», dejan que sus presuposiciones y su apego emocional a los himnos no inspirados influyan en su exégesis. En pocas palabras, es imposible encontrar en la Escritura un fundamento que autorice el canto de himnos no inspirados en el culto. El debate sobre la salmodia exclusiva, en su esencia, se reduce a si las personas que dicen ser reformadas están realmente dispuestas a someterse al principio regulador de la adoración.
Capítulo 3: Objeciones contra la salmodia exclusiva
Los cristianos que dicen adherir el principio regulador de la adoración y, sin embargo, cantan himnos no inspirados en el culto, deben —a menos que estén dispuestos a admitir que han abandonado el principio regulador o a reconocer que su práctica de adoración carece de autorización y es pecaminosa— justificar el uso de cánticos no inspirados a partir de la Escritura. Puesto que no hay evidencia del uso de cánticos no inspirados en la Biblia, el enfoque que la mayoría de los pastores reformados ha adoptado ha sido darle la vuelta al principio regulador o presentar excusas para abandonar esta práctica bíblica. Consideremos los siguientes argumentos.
1. La insuficiencia del Salterio
Uno de los argumentos más comunes contra la salmodia exclusiva es «que el salterio es doctrinal y espiritualmente insuficiente para satisfacer las necesidades de adoración de la iglesia del Nuevo Testamento»43. Se argumenta que la iglesia necesita cánticos de adoración compuestos después de que la obra redentora de Cristo en la tierra fue consumada, a fin de poder mirar hacia atrás a lo que Cristo ha hecho y meditar en ello. Este argumento podría tener fuerza si los Salmos no trataran ni reflexionaran sobre la obra de Cristo. Sin embargo, cuando se examina el Salterio, encontramos más información y doctrina acerca de la persona y la obra de Cristo que en cualquier himnario elaborado por hombre alguno. La idea de que el libro de los Salmos no es adecuado como manual de alabanza para la iglesia del nuevo pacto es una suposición que pasa por alto por completo el rico contenido del Salterio (este hecho se considerará más adelante con mayor detalle).
Una vez que entendemos que el Salterio es suficiente y adecuado como manual de alabanza para la iglesia del nuevo pacto, toda idea de que necesitamos un nuevo libro de alabanza no inspirado, o adiciones al Salterio para hacerlo adecuado, queda inmediatamente derribada. Cuando nos acercamos a un Dios tres veces santo, infinito en perfecciones, ¿no deberíamos usar únicamente los mejores cánticos de adoración disponibles? Puesto que los Salmos fueron escritos por el Espíritu de Dios y son infalibles, teológicamente perfectos y totalmente suficientes, ¿por qué querría alguien suplementarlos o sustituirlos con composiciones falibles no inspiradas? Bushell escribe: «Aquel hombre que prefiere un cántico compuesto por seres humanos a uno escrito por el Espíritu de Dios, cuando este último se ajusta plenamente a sus propósitos, carece, por decir lo menos, de discernimiento espiritual. Y el hombre que quisiera mezclar en un solo libro los cánticos inspirados de Dios con los cánticos no inspirados de hombres pecadores (como si estos últimos fueran en algún sentido comparables con los primeros en majestad, santidad y autoridad) es, lo sepa o no, culpable de sacrilegio, de rebajar las cosas de Dios al nivel de hombres pecadores. La única manera de evitar este cargo sería afirmando que los Salmos están en un sentido muy real desfasados, tanto que aun hombres frágiles y pecadores son capaces de mejorarlos»44.
El Salterio revela un retrato tan claro de Cristo y de su obra que cualquier sugerencia de que es inadecuado en su exposición de la obra de Cristo solo demuestra falta de entendimiento respecto de su contenido. Los Salmos enseñan la divinidad de Cristo (Sal. 45:6; 110:1), su filiación eterna (Sal. 2:7), su encarnación (Sal. 8:5; 40:7-9), sus oficios mediadores como Profeta (Sal. 40:9-10), Sacerdote (Sal. 110:4) y Rey (Sal. 2:7-12; 22:28; 45:6; 72; 110:1). Los Salmos nos dan detalles inspirados por el Espíritu acerca de la traición de Cristo (Sal. 41:9), su agonía en el huerto (Sal. 22:2), su juicio (Sal. 35:11), su rechazo (Sal. 22:6; 118:22), su crucifixión (Sal. 22; 69), su sepultura y resurrección (Sal. 16:9-11), su ascensión (Sal. 24:7-10; 47:5; 68:18) y su segunda venida y juicio (Sal. 50:3-4; 98:6-9). También nos hablan de la victoria del reino de Cristo (Sal. 2:6-12; 45:6 ss.). Algunos Salmos revelan una cantidad tan grande de información vital acerca de la persona y la obra de Cristo que se los llama Salmos mesiánicos (Sal. 2, 8, 16, 22, 40, 45, 69, 72, 110)45.
Los Salmos son un tesoro de doctrina bíblica. Uno puede aprender más acerca de Dios en el Salterio que en cien himnarios. Los Salmos nos hablan de la autoexistencia de Dios (Sal. 94:8; cf. 33:11; 115:3), su absoluta perfección (Sal. 145:3), su inmutabilidad (Sal. 102:26-28), su eternidad (Sal. 90:3; 102:12), su omnipresencia (Sal. 139:7-10), su omnisciencia (Sal. 94:9; cf. 1:6; 37:18; 119:168; 81:14, 15; 139:1-4), su omnipotencia (Sal. 115:3), su veracidad (Sal. 25:10; 31:6), su soberanía (Sal. 22:28; 47:2, 3, 7, 8; 50:10-12; 95:3-5; 115:3; 135:5-6; 145:11-13), su sabiduría (Sal. 19:1-7; 33:10, 11; 104:1-34), su bondad (Sal. 36:6, 9; 104:21; 145:9, 15, 16), su misericordia (Sal. 136; 86:5; 145:9), su longanimidad (Sal. 86:15), su santidad (Sal. 22:3; 33:21; 51:11; 71:22; 78:41; 89:18-19; 98:1; 99:3, 5, 9; 103:1; 105:3; 106:47; 111:9, etc.), su rectitud (Sal. 119:137, etc.), su justicia remunerativa (Sal. 58:12). Los Salmos enseñan que Dios es el Creador (Sal. 89:47; 90:2; 96:5; 102:25; 104) y el Salvador (Sal. 19:14; 28:35; 106:21). Enseñan su providencia (Sal. 22:28; 104:14; 104), su odio contra el pecado (Sal. 5:4; 11:5), su castigo contra los impíos (Sal. 7:12-13; 11:6) y su disciplina sobre su pueblo (Sal. 6:1; 94:12; 118:18, etc.).
Los Salmos contienen un equilibrio y una plenitud teológica asombrosos. Del Salterio aprendemos acerca de la revelación general y especial (Sal. 19:1-2; 103:7), el pecado original (Sal. 51:5), la depravación total y la universalidad del pecado (Sal. 14:1-3; 53:1-3), la justificación por la fe y la remisión gratuita de los pecados (Sal. 32:1 ss.; 51:1-5; 103:1-13; 106; 130:4; 143:2), el arrepentimiento (Sal. 51:1-4; 39), la victoria del reino (Sal. 2; 45; 46:7-11; 47; 72) y el juicio de los impíos junto con la bendición de los justos (Sal. 9:16; 37:28; 59:13; 73:26-27). El Salterio nos informa que el evangelio llegará a todas las naciones (Sal. 67:1-7; 72:6-17; 87:4-6; 98:1-9; 106:5; 148:11). Bushell escribe: «El Salterio reconoce la realidad de la santificación, por un lado, pero nunca pierde de vista, por el otro, la depravación inherente del hombre. Junto a afirmaciones enfáticas de integridad personal (por ejemplo, 7:3 ss.; 17:1 ss.; 18:20 ss.; 26:1 ss.; cf. Hch. 20:26 ss.; 23:1, etc.), uno encuentra “el reconocimiento más pleno de la pecaminosidad personal (51:5; 69:5), de la incapacidad del hombre para justificarse a sí mismo delante de Dios (130:3 ss.; 143:2), de su necesidad de perdón, limpieza y renovación (32:1; 65:3), de su dependencia de Dios para ser preservado del pecado (19:12 ss.), de la barrera que el pecado levanta entre él y Dios (66:18; 50:16); así como las expresiones más fuertes de absoluta rendición de sí mismo y dependencia de Dios y de total confianza en Él”»46.
Una objeción común contra la suficiencia del Salterio es que la iglesia del nuevo pacto no debería depender exclusivamente de un libro de alabanza que usa tipos, símbolos y profecías para describir la obra de Cristo. Cuando consideramos que ahora contamos con un canon completo, en el cual los tipos, símbolos y profecías son interpretados y plenamente comprendidos, esta objeción pierde toda fuerza. Es absurdo sugerir que, precisamente en el momento en que el Salterio puede ser plenamente entendido y ser aún más edificante para el pueblo de Dios, deje de ser suficiente. Los Salmos son mucho más útiles con el Nuevo Testamento que sin él. «Nuestra creencia en la suficiencia del salterio para el culto del Nuevo Testamento se debe, en gran parte, a nuestra comprensión de la conexión orgánica que existe entre los dos Testamentos. Ambos proclaman el mismo evangelio, exaltan al mismo Cristo y confirman el mismo pacto (Gá. 3:6-18; Ro. 4:9-25), y no es en absoluto inconcebible que ambos ordenen el uso del mismo salterio en la adoración»47.
Otra objeción contra la suficiencia del Salterio es la idea de que los Salmos imprecatorios son inapropiados para la adoración en la nueva dispensación. Los Salmos imprecatorios son cánticos en los que el salmista pide a Dios (a menudo de manera enérgica) que derrame su ira sobre los enemigos del salmista y/o del pueblo del pacto48. Isaac Watts (quien hizo más que cualquier otra persona para destruir la salmodia exclusiva entre los creyentes reformados) escribió: «Mientras estamos encendidos en amor divino por las meditaciones sobre la amorosa benignidad de Dios y la multitud de sus tiernas misericordias, a los pocos versos se nos propone a los labios alguna terrible maldición contra los hombres»49.
La idea de que los Salmos imprecatorios son inapropiados para que los cristianos los canten es totalmente antibíblica por varias razones. Primero, los Salmos fueron escritos por el Espíritu Santo; por tanto, la idea de que estas peticiones imprecatorias son bárbaras o poco éticas es totalmente impía. Segundo, solo se puede considerar que los Salmos imprecatorios son impropios para los creyentes del nuevo pacto si se adopta una hermenéutica dispensacional o modernista. Ambas perspectivas teológicas son contrarias a la Escritura y se hallan fuera del marco de la fe reformada50. Tercero, los Salmos imprecatorios se citan con frecuencia en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Sal. 69 y 109). «El Salmo 69, que tiene más carácter imprecatorio que cualquier otro Salmo, excepto el 109, es citado en cinco pasajes distintos y es aludido en varios más. No hay otros Salmos citados con mayor frecuencia en el Nuevo Testamento que los Salmos imprecatorios, excepto los Salmos mesiánicos»51. Jesús incluso aplica el Salmo 69 como profecía respecto de su propia situación (cf. Jn. 15:25).
Muchos creyentes han argumentado que los Salmos imprecatorios son una excelente razón por la cual la iglesia debe contar con himnos más amables y suaves que suplan lo que falta en el Salterio. Este tipo de razonamiento es antibíblico. Ignora tanto la Escritura como la historia. Hay que tener siempre presente que el Salterio fue escrito y ordenado por el Espíritu Santo. Por tanto, contiene un equilibrio y un énfasis correctos en los atributos de Dios y en sus tratos con los hombres, exactamente como Dios lo quiere. Los atributos de Dios, como su ira, no son pasados por alto ni minimizados, sino que les es concedido el énfasis adecuado. El odio de Dios hacia los impíos y sus terribles juicios contra ellos son una parte importante del Salterio. «Dios es a la vez soberano y justo; posee el derecho incuestionable de destruir todo mal en su universo; si es correcto que Dios planee y ejecute esta destrucción, entonces también es correcto que los santos oren por esto mismo»52.
Cualquiera que conozca el proceso histórico de abandono de la salmodia exclusiva hacia las imitaciones de Salmos y los himnos no inspirados en las iglesias reformadas y presbiterianas sabe, como un hecho de la historia, que el equilibrio apropiado del Salterio se perdió de inmediato cuando las composiciones humanas fueron permitidas. Los autores de himnos evitan el aspecto judicial del carácter de Dios dándole prioridad al amor, la gloria celestial, etc. La historia de la himnología humana es una historia de declinación. Es algo completamente natural que los seres humanos pecadores descuiden las doctrinas impopulares en sus himnarios. Incluso si un himnario producido por el hombre no contuviera doctrinas heterodoxas, aun así podría estar gravemente desequilibrado desde el punto de vista teológico por enfatizar doctrinas populares mientras ignora las enseñanzas menos populares.
El Salterio, centrado en Dios, ha sido reemplazado cada vez más por una adoración centrada en el hombre. «Históricamente, las iglesias han usado los Salmos y los himnos juntos, en números casi iguales, solo durante una generación. Después de la primera generación, los himnos predominan. ¿Por qué sucede así? No podemos estar seguros, pero podemos suponer que los himnos exigen menos del adorador que los Salmos. Los Salmos nos instruyen mientras los cantamos, de un modo en que los himnos no lo hacen. Puesto que los himnos de una época se ajustan mejor a las preconcepciones y preferencias de esa época que los Salmos, los santos imperfectos resisten las enseñanzas difíciles de los Salmos y abrazan la imagen más fácil, a menudo a medias, de Dios y de la vida cristiana que trazan sus himnos»53. En otras palabras, los himnos humanos imperfectos terminan expulsando a los Salmos perfectos, equilibrados y exhalados por Dios. Hasta ahora, este ha sido un hecho trágico de la historia.
Al acercarse el fin del siglo XX, la adoración se ha degenerado hasta el punto de que, en muchas denominaciones «reformadas y presbiterianas», las iglesias están imitando el culto ligero, alegre, de fogata y estilo Las Vegas inventado por herejes arminianos y carismáticos. A este tipo de culto a menudo se le llama «adoración celebrativa». El abandono del principio regulador y del Salterio ha conducido al proyector de transparencias con la palabra icabod escrita por todas partes. La sobria majestad del Salterio ha sido reemplazada por el emocionalismo del campamento juvenil. Muchos creyentes mayores y más conservadores están intentando contener esta nueva forma de culto. Reconocen que es un «culto light», que es alimento teológico para bebés. Quieren volver a Hart, Toplady o Newton. Quieren deshacerse de las guitarras y los tambores y volver al piano y al órgano. Pero mientras no estén dispuestos a obedecer el principio regulador de la adoración y regresar a la salmodia exclusiva, serán arrollados por los nuevos trucos de adoración que apelan a la carne.
Es tiempo de que las iglesias reformadas y presbiterianas se sometan al principio regulador de la adoración y reconozcan la suficiencia, superioridad, equilibrio y perfección teológica del Salterio. «El salterio es inspirado por Dios; es una colección única que jamás podrá ser igualada, y mucho menos superada, en calidad o reverencia por producciones similares de hombres no inspirados; es un manual de alabanza suficiente; no requiere ni suplemento ni abreviación»54. Dios ha escrito los Salmos, los ha colocado en el centro de nuestras Biblias y nos ha mandado que los cantemos. Dejar de lado el himnario que Dios nos ha dado, o recortarlo severamente y mezclarlo con composiciones humanas (por ejemplo, el Trinity Hymnal), es necedad, arrogancia y pecado.
2. El canto no es un elemento separado de la adoración
El ataque más común contra la salmodia exclusiva en la actualidad se basa en la idea de que el canto no es un elemento separado de la adoración, sino simplemente una circunstancia de la adoración. Greg Bahnsen escribe: «¿Es el canto un “elemento” separado de la adoración o una “circunstancia” de la adoración? Si lo segundo, no requiere autorización bíblica según el principio regulador. Yo he argumentado que el canto es simplemente un medio para (una circunstancia a través de la cual) orar, alabar, exhortar o enseñar, más que un elemento de la adoración en sí mismo»55. Lo que Bahnsen está diciendo es que el mandato general de alabar a Dios es un elemento de la adoración, pero la manera en que se lleva a cabo este mandato de alabanza es una mera circunstancia de la adoración. Así, una persona podría alabar a Dios mediante el canto, la meditación silenciosa, la palabra hablada o incluso a través de drama o danza, porque las circunstancias de la adoración no están estrictamente reguladas por la Palabra de Dios. La razón por la cual Bahnsen y otros56 se esfuerzan por ubicar el canto fuera de la categoría de los elementos de la adoración es colocar el contenido del canto en la misma categoría que la oración o la predicación. El motivo de esta maniobra es sencillo. Si el canto de alabanza fuera solo un medio o circunstancia para «orar, alabar, exhortar o enseñar», como afirma Bahnsen, entonces los hombres estarían autorizados a componer sus propios cánticos de alabanza no inspirados. La Biblia permite con toda claridad que los creyentes formulen el contenido de sus oraciones y de su predicación; por tanto, también podrían elaborar el contenido de sus cantos (siempre que ese contenido sea bíblico).
Aunque es cierto que el canto, la enseñanza, la oración y la predicación pueden compartir ciertos aspectos en común (por ejemplo, algunos Salmos contienen oración; la oración puede contener alabanza; los sermones pueden incluir alabanza y súplica, etc.), la idea de que el canto de alabanza no es un elemento distinto de la adoración debe ser rechazada por las siguientes razones. Primero, la idea de que el canto de alabanza no es un elemento distinto de la adoración es claramente contradicha por la Escritura. Cuando la Escritura manda un acto religioso y regula ese acto en cuanto a su contenido y a la manera en que debe realizarse, dicho acto no puede considerarse una mera circunstancia de la adoración, sino que pasa inmediatamente a ser un elemento de la adoración. La Escritura contiene muchos mandatos de alabar a Dios mediante el canto (Éx. 15:21; 1 Cr. 16:9, 23; Sal. 9:11; 30:4; 33:2-3; 47:6-7; 66:2; 68:4, 32; 81:1; 95:1; 96:1-2; 98:1, 4, 5; 105:2; 135:3; 147:7; 149:1, 3, etc.). Dios ha colocado un himnario, un libro de cánticos de adoración inspirados, en medio de nuestras Biblias, pero no nos ha dado un libro de oraciones. El canto de alabanza fue un aspecto importante y necesario de la adoración a lo largo de toda la historia inspirada del pueblo del pacto. Además, la Escritura enfatiza que la inspiración divina era necesaria para escribir cánticos de adoración. Este hecho sitúa de inmediato el contenido de la alabanza fuera de la esfera de las meras circunstancias de la adoración. Afirmar que el mandato específico de Dios de cantar alabanzas puede cumplirse dando una clase de escuela dominical, predicando un sermón o incluso guiando a la congregación en oración es absurdo.
Segundo, la idea de que el canto de alabanza no es un elemento distinto de la adoración, si se sostuviera de manera consecuente, conduciría a un caos litúrgico. Es decir, algunos pastores, en su celo por refutar la salmodia exclusiva, han inventado una idea que, llevada a su conclusión lógica, conduce al absurdo. Por ejemplo, si alabar a Dios mediante el canto fuera solo una circunstancia de la adoración (esto es, si fuera simplemente una manera posible entre muchas de alabar a Dios), entonces la adoración por medio del canto sería opcional. Recordemos que las circunstancias de la adoración son aquellas cosas que no están mandadas ni estrictamente reguladas por la Palabra de Dios. Si una iglesia decidiera arrojar sus Salterios al basurero y dejar de cantar por completo, entonces, según Greg Bahnsen, Vern Poythress y otros, esa iglesia no podría ser disciplinada por el presbiterio. Si el canto de alabanza fuera solo una circunstancia de la adoración, disciplinar a una iglesia que se niega a cantar alabanzas sería como disciplinar a una iglesia por usar sillas acolchonadas en lugar de bancas de madera. Además, si el canto y la enseñanza no fueran partes o elementos distintos del culto, entonces a las mujeres les estaría prohibido por la Escritura cantar en la iglesia, porque a las mujeres se les prohíbe explícitamente enseñar o predicar en la adoración pública (1 Ti. 2:12; 1 Co. 14:34-35). El intento de colocar el canto bajo la categoría general de la enseñanza para poder componer letras no inspiradas de alabanza conduce a dificultades insuperables. Si el canto, la predicación y la oración no fueran elementos o partes distintos de la adoración, entonces se podría, legítimamente, tener un culto en el que todo (incluido el sermón) se cantara o en el que no se cantara absolutamente nada. Los autores que intentan borrar la distinción bíblica entre los distintos elementos o partes de la adoración no pueden ni siquiera estructurar un culto sin negar su propia posición. Cuando conducen el culto, hacen «distinciones rígidas entre la oración, la predicación de la Palabra, la lectura de las Escrituras y el canto de salmos o himnos»57. Si no hicieran distinciones entre los elementos o partes de la adoración, se quedarían sin trabajo y lo saben.
Tercero, todo este argumento de que el canto de alabanza es una circunstancia de la adoración se basa en una perversión del significado de circunstancia. Cuando los teólogos puritanos y presbiterianos del pasado, así como los mismos teólogos de Westminster, hablaban de una circunstancia de la adoración, dejaban muy claro que solo se referían a aquellas cosas en el culto que no tienen ningún significado religioso. La Confesión de Fe dice:
«Todo el consejo de Dios, tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto en la Escritura, o puede deducirse de ella por buena y necesaria consecuencia; a lo cual nada, en ningún tiempo, ha de añadirse, ni por nuevas revelaciones del Espíritu, ni por las tradiciones de hombres. No obstante, reconocemos que hay algunas circunstancias tocante a la adoración de Dios y el gobierno de la Iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, las cuales han de ordenarse conforme a la luz de la naturaleza y a la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que han de guardarse siempre».58
Cuando la Confesión habla de circunstancias comunes a las acciones y sociedades humanas, se refiere a actividades y asuntos no religiosos, tales como el lugar donde reunirse, las sillas, la iluminación, la hora del culto, la duración del servicio, etc. ¿Es el canto de alabanza a Jehová algo «común a las acciones y sociedades humanas»? ¿Lo son la predicación de la Palabra o la oración? Es evidente que los asuntos que dependen de instrucciones procedentes de la Palabra de Dios, como la oración, la predicación, el canto de alabanza, y así sucesivamente, no pueden ser circunstancias de la adoración. Es decir, no pueden determinarse únicamente por la luz de la naturaleza. Por lo tanto, el principio regulador se aplica al culto mismo o a todas las ordenanzas de la adoración (oración, lectura de la Escritura, predicación, sacramentos, canto de alabanza); pero las circunstancias, incidentales o condiciones bajo las cuales se realiza la adoración no están bajo el principio regulador, sino bajo la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana o el sentido común. En consecuencia, la Escritura regula estrictamente todo el contenido del culto (es decir, a los hombres no les está permitido añadir, quitar ni alterar lo que Dios ha mandado).
Esta distinción entre las circunstancias y las partes (o elementos) de la adoración religiosa fue la posición reformada del siglo XVII. La definición dada en la Confesión de Westminster se refleja con toda claridad en los escritos de los más grandes teólogos de esa época. George Gillespie (1613-1648) escribió:
«Además de todo esto, no hay nada que de algún modo pertenezca al culto de Dios que quede a la determinación de leyes humanas, excepto las meras circunstancias, las cuales no tienen ninguna santidad en sí mismas, puesto que no tienen otro uso y alabanza en las cosas sagradas que el que tienen en las cosas civiles; ni tampoco podían ser determinadas en parte en la Escritura, porque son infinitas. Pero las ceremonias sagradas y significativas, tales como la señal de la cruz, la genuflexión, la sobrepelliz, los días festivos, la confirmación episcopal, etc., que no tienen uso ni alabanza sino solo en la religión, y que también podían haberse determinado más fácilmente (aunque no fueron determinadas) dentro de los límites que la sabiduría de Dios fijó para su Palabra escrita, son cosas que Dios nunca dejó a la determinación de ninguna ley humana».59
Samuel Rutherford (c. 1600-1661) escribió: «En las acciones o medios religiosos de adoración, o en las circunstancias físicas, no morales, no religiosas —como si el púlpito sea de piedra o de madera, la campana de tal o cual metal, la casa de adoración esté situada de este u otro modo—»60. William Ames (1576-1633) escribió:
«Las circunstancias externas son aquellas que pertenecen al orden y a la decencia (1 Co. 14:40: “hágase todo decentemente y con orden”). La regla general respecto a ellas es que se dispongan de tal manera que contribuyan más a la edificación (cf. [1 Co. 14:26]). De esta naturaleza son las circunstancias de lugar, tiempo y semejantes, que son adjuntos comunes a los actos religiosos y civiles. Por tanto, aunque tales circunstancias suelen ser llamadas por algunos ritos y ceremonias religiosas o eclesiásticas, sin embargo, no tienen nada en su naturaleza que sea propio de la religión y, por consiguiente, el culto religioso no consiste propiamente en ellas».61
Del mismo modo, John Owen (1616-1683) escribió:
«Se dice que los hombres no pueden añadir nada a la sustancia del culto de Dios, pero que sí pueden ordenar, disponer y establecer aquellas cosas que pertenecen a la manera y a las circunstancias de ese culto; y que eso es todo lo que se hace al prescribir liturgias. Sobre las circunstancias en y alrededor del culto de Dios ya hemos hablado y hemos descartado tal pretensión. Tampoco es seguro hacer distinciones, en las cosas de Dios, allí donde Él mismo no las ha hecho. En realidad, no hay nada que, en toda su naturaleza, en cuanto pertenece al ser general de las cosas, sea tan circunstancial que, si Dios lo ha ordenado en su culto, no se convierta en parte de la sustancia del mismo; ni puede nada de lo que ha sido así ordenado llegar a ser jamás una mera circunstancia de su adoración».62
Cuando los eminentes presbiterianos y puritanos del pasado delineaban con cuidado las diferencias entre las circunstancias de la adoración y las partes o elementos de la adoración, normalmente estaban refutando las nociones no bíblicas sobre el culto sostenidas por los teólogos episcopalianos. Dado que los argumentos usados por Gillespie, Rutherford, Ames y Owen también refutan las enseñanzas de Bahnsen, Poythress, Coppes, Gentry, Jordan, Crampton, Frame y los autores del informe mayoritario de la OPC (1947), etc., uno puede afirmar con toda honestidad que la mayoría de los presbiterianos conservadores de nuestro tiempo ha abandonado la enseñanza de la Confesión (1:4) y ha abrazado, sin darse cuenta, una concepción episcopal o luterana del culto. Si piensa que esto es una exageración, mencione las iglesias en la PCA u OPC que no celebran días santos extrabíblicos (por ejemplo, Navidad y Pascua) y que no usan instrumentos ni himnos no inspirados en el culto público.
Cuando estos hombres argumentan que solo las categorías generales de enseñanza y alabanza son elementos de la adoración, mientras que las diversas ordenanzas detalladas del culto63 son meras circunstancias de la adoración, han destruido en la práctica el principio regulador. Si el objetivo general del culto es la enseñanza, pero los diversos métodos para alcanzar ese objetivo son circunstancias determinadas únicamente por la luz de la naturaleza, entonces prácticamente cualquier innovación bajo el sol puede introducirse en el culto público siempre que sirva al propósito de enseñar (por ejemplo, grupos dramáticos, películas, sketches cómicos, grupos musicales, exposiciones de arte, obras teatrales y demás). «Si la iglesia juzga que sacramentos adicionales serían beneficiosos para la enseñanza o la alabanza, ¿por qué no podrían los hombres instituirlos?»64. Por tanto, estos hombres (hayan tenido esa intención o no) han abierto las compuertas a prácticamente todo lo que los hombres puedan colocar bajo la categoría general de alabanza: danza litúrgica, incienso, velas, calendario eclesiástico, días santos, etc. Cuando los hombres redefinen arbitrariamente el principio regulador para introducir composiciones humanas no autorizadas en el culto, introducen en sus denominaciones la levadura del romanismo y/o del carismatismo. La decadencia es inevitable.
En cuarto lugar, la idea de que la Escritura solo regula la función general del culto —como la alabanza o la enseñanza— es contraria a la Confesión de Fe de Westminster. La Confesión no se limita a establecer una categoría general —como alabanza o enseñanza— como elementos de la adoración; más bien describe cada ordenanza particular de culto que sirve como parte ordinaria del culto religioso. La Confesión menciona «la oración con acción de gracias»65, «la lectura de las Escrituras con temor reverente; la sana predicación y la escucha atenta de la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe, reverencia; el cantar salmos con gracia en el corazón; como también la debida administración y la digna recepción de los sacramentos instituidos por Cristo; todo lo cual son partes del culto religioso ordinario a Dios; además de los juramentos religiosos, los votos, los ayunos solemnes y las acciones de gracias en ocasiones especiales; todos los cuales han de usarse en sus tiempos y estaciones, de una manera santa y religiosa»66. Los autores de la Confesión creían claramente que cada parte distinta del culto requería autorización o fundamento escritural. Por eso cada elemento de culto se apoya en textos bíblicos en la Confesión. Isbell escribe: «Varias ordenanzas de culto cumplen una función de enseñanza. Entre ellas están la lectura de las Escrituras, la predicación de la Palabra, el canto de Salmos, el bautismo y la Cena del Señor. En la medida en que la Escritura instituye cada una de estas partes del culto, el principio regulador desciende al nivel de estas acciones, exigiendo su uso específico y excluyendo cualquier otra del culto de la iglesia»67.
El intento de ampliar la definición de las circunstancias de la adoración y de borrar las distinciones entre los elementos separados del culto es anticonfesional y antibíblico. En lo que concierne al culto, la Palabra de Dios es muy específica. La Biblia nos dice cuáles son los elementos distintos de la adoración: la predicación a partir de la Biblia (Mt. 26:13; Mr. 16:15; Hch. 9:20; 17:10; 20:8; 1 Co. 14:28; 2 Ti. 4:2), la lectura de la Palabra de Dios (Mr. 4:16-20; Hch. 1:13; 13:15; 16:13; 1 Co. 11:20; 1 Ti. 4:13; Ap. 1:13), la oración a Dios (Dt. 22:5; Mt. 6:9; 1 Co. 11:13-15; 1 Ts. 5:17; Fil. 4:6; Heb. 13:18; Stg. 1:5), el canto de Salmos (1 Cr. 16:9; Sal. 95:1-2; 105:2; 1 Co. 14:26; Ef. 5:19; Col. 3:16). Nos dice quiénes pueden participar o dirigir cada parte: hombres y mujeres deben ser bautizados (Hch. 8:12), hombres y mujeres deben orar (Hch. 1:13-14; 1 Co. 11:5) y cantar alabanzas (Ef. 5:19; Col. 3:16; Stg. 1:5), pero solo a los varones se les permite predicar y enseñar (1 Co. 14:34-35; 1 Ti. 2:11-14).
La Biblia también nos indica el contenido apropiado de cada elemento. La lectura de la Escritura requiere leer únicamente la Biblia. Leer libros apócrifo, a Shakespeare o libros de teología no inspirados no califica como lectura de la Escritura. El canto de alabanza exige el canto de cánticos inspirados, y la composición de cánticos de adoración para el culto público exige inspiración divina, como ya se ha señalado. La predicación, que es un elemento separado de la adoración, consiste en razonar a partir de las Escrituras (cf. Hch. 17:2-3; 18:4, 19; 24:25); implica explicar o exponer la Palabra de Dios (cf. Mr. 4:34; Lc. 24:27; Hch. 2:14-40; 17:3; 18:36; 28:23). Los maestros del nuevo pacto no hablaban por inspiración divina, sino que interpretaban la Escritura divinamente inspirada. Esta práctica era la misma en el Antiguo Testamento: los maestros levitas explicaban e interpretaban la ley escrita al pueblo del pacto (cf. Neh. 8:7-8; Lv. 10:8-11; Dt. 17:8-13; 24:8; 31:9-13; 33:8; 2 Cr. 15:3; 17:7-9; 19:8-10; 30:22; 35:3; Esd. 7:1-11; Ez. 44:15, 23-24; Os. 4:6; Mal. 2:1, 5-8). Otro elemento de la adoración es la oración. La Biblia autoriza el uso de nuestras propias palabras en la oración siempre que sigamos el modelo que Cristo nos dio (cf. Mt. 6:9). Dios promete a su pueblo que el Espíritu Santo los asistirá cuando formulen sus oraciones (cf. Zac. 12:10; Ro. 8:26-27).
El hecho de que Dios autorice el uso de palabras no inspiradas cuando un cristiano predica, enseña u ora no significa que Dios también autorice el uso de materiales no inspirados para la lectura de la Escritura y el canto de Salmos. ¿Por qué? Porque, como ya se ha señalado, la Escritura (y la Confesión de Fe) trata cada uno de estos aspectos del culto como partes o elementos distintos de la adoración y establece reglas diferentes para cada uno de ellos. Una vez que alguien intenta colocar los distintos elementos o partes de la adoración religiosa bajo categorías generales, de modo que las reglas que se aplican a un elemento puedan aplicarse a otro, ha eludido el culto apostólico. Usando estas categorías generales (planteadas por Bahnsen y Poythress), se podría argumentar que, puesto que a las mujeres se les permite orar y cantar alabanzas, también se les permite predicar. La objeción inmediata a esta afirmación sería: «Pero Pablo prohíbe claramente que las mujeres prediquen y enseñen en la iglesia». Esa afirmación es cierta. Sin embargo, constituye una admisión involuntaria de que el Nuevo Testamento sí establece diferentes partes de la adoración bajo distintas reglas. Bushell escribe:
«Es claro que, si la predicación, el canto y la enseñanza requieren autorizaciones distintas en cuanto a quién puede realizar estos actos en el culto, entonces también requieren autorizaciones separadas en lo que concierne a su contenido verbal. Pueden hacerse observaciones similares sobre el paralelo, mencionado con frecuencia, entre la oración y el canto. Se argumenta que, puesto que nuestras oraciones contienen palabras no canónicas, también nuestros cánticos pueden tenerlas. Pero nadie argumentaría que, porque oramos en el culto, no necesitamos cantar en el culto (entendiendo estos términos como se suelen entender), o que, porque tenemos un “himnario” para usar en el culto, sería por ello permisible tener un “libro de oraciones”. El paralelo simplemente no puede sostenerse de manera consistente. El problema de toda esta línea de razonamiento es que abstrae los términos “oración”, “enseñanza”, “predicación” y “canto” de su contexto escriturario y los trata como meros fenómenos lingüísticos, en lugar de considerarlos como aspectos vivos del culto bíblico. Tal procedimiento no es válido y no puede sino conducir a conclusiones erróneas. “Canto”, “predicación” y “enseñanza” suponen un contenido y un contexto. No se les puede hacer justicia sin mantener su contexto presente».68
Como creyentes reformados, no debemos abandonar los logros escriturales en materia de culto alcanzados por nuestros antepasados espirituales. Abandonar el principio regulador o redefinirlo hasta dejarlo sin contenido equivale a abandonar el culto bíblico y nuestra Confesión. Quienes siembran viento cosecharán torbellinos. Quienes pervierten la Escritura para obtener a Watts, Toplady y Newton terminarán con Roma, Canterbury o Las Vegas.
3. Dios no manda el canto de Salmos
Otra objeción a la posición de salmodia exclusiva se basa en un malentendido de cómo los salmistas exclusivos aplican el principio regulador. Un folleto de un pastor presbiteriano ortodoxo presenta la idea de que la posición de canto exclusivo de Salmos depende de probar que solo los Salmos están mandados en la Biblia para usarse en la adoración. Los salmistas han reconocido siempre que otros cánticos divinamente inspirados, además de los Salmos, se usaron en el culto antes del cierre del canon. Sin embargo, los salmistas no cantan los cánticos inspirados escritos fuera del Salterio porque creen que solo los Salmos fueron destinados por Dios para el uso perpetuo en la iglesia.
El Espíritu Santo es quien organizó el libro de los Salmos. Él no incluyó dentro del Salterio todos los cánticos inspirados de la Biblia. El hecho de que Dios no haya colocado todos los cánticos inspirados dentro del himnario de Dios probablemente indica que algunos cánticos inspirados se usaron solo en una ocasión específica o por un período limitado. Keddie escribe: «Se argumenta que otras expresiones inspiradas, tales como los cánticos de Moisés (Éx. 15:1-19; Dt. 32:1-43) y de Ana (1 S. 2:1-10) en el Antiguo Testamento, y de María (Lc. 1:46-55) y Simeón (Lc. 2:29-32) en el Nuevo Testamento, fueron efusiones excepcionales de alabanza, de carácter inspirado, en conexión con “actos de Dios” particulares (e incluso absolutamente únicos, como en el caso del Magnificat), y no necesariamente destinadas al uso perpetuo en el canto de la Iglesia… todo el libro de los Salmos… debe considerarse como el himnario definitivo de la Iglesia. Satisface las exigencias de la provisión divina y es la única colección de cánticos de alabanza, como tal, que puede reclamar inspiración primaria y verbal»69. Uno puede discrepar de este argumento. Puede considerarlo una deducción débil. Pero, dado que no existe ni una pizca de evidencia bíblica de que se hayan utilizado cánticos no inspirados para la alabanza de Jehová, si ha de haber un debate entre creyentes reformados, debería ser entre los salmistas exclusivos y aquellos cristianos que quieren incluir el pequeño grupo de otros cánticos de adoración inspirados que se encuentran fuera del Salterio70.
Stephen Pribble, con el deseo de remover el principio regulador de la adoración como fundamento de la salmodia, exagera su argumento y termina afirmando algo totalmente antibíblico: que el canto de Salmos no está claramente prescrito en la Escritura. Escribe: «Pero, ¿es cierto que “los Salmos están claramente prescritos para la adoración en la Escritura”? Por sorprendente que parezca, la respuesta es no… Es sumamente significativo que en ninguna parte de la Escritura se nos mande específicamente cantar mizmor, el término técnico para Salmo… Aunque hay mandatos generales de cantar alabanzas a Dios, no hay mandamiento de cantar específicamente los Salmos, y un análisis del canto de adoración en la Escritura revela que otros materiales además de los Salmos se cantan en el culto»71. Pribble argumenta que es necesario encontrar un mandamiento específico en la Escritura que ordene cantar mizmor para poder sostener con legitimidad que la Biblia nos manda cantar Salmos. Luego sostiene que las palabras hebreas traducidas como «salmo» (por ejemplo, en la NKJV), que los salmistas citan como prescripciones divinas para cantar Salmos, son solo términos generales que significan «cantar» o «cantar alabanzas» (zammer), o «cantar cánticos» (zemirot, zimrah)72. Pribble también señala (correctamente) que la expresión «cantar alabanzas» se utiliza respecto a cánticos de alabanza fuera del Salterio bíblico73.
En cuanto al argumento de Pribble, la primera pregunta que debemos responder es: «¿Necesitamos encontrar un imperativo divino asociado a la palabra mizmor para concluir que el canto de Salmos es mandado por Dios?» Hay varias razones exegéticas sólidas por las cuales el argumento de Pribble debe ser rechazado enfáticamente. Primero, cuando leemos repetidamente en el libro de los Salmos que Dios manda a su pueblo cantar alabanzas, ¿cómo identificaremos el contenido de esa alabanza? ¿Qué tenía Dios en mente cuando dijo «cantad alabanzas»? Dado que el mandato de «cantar alabanzas» y «cantar cánticos» se encuentra a lo largo de los Salmos (9:11; 18:49; 27:6; 30:4, 12; 47:7; 59:17; 75:9; 95:2; 98:5; 101:1; 104:33; 105:2; 119:54; 135:3; 146:2), es una idea absurda argumentar que el mandato de «cantar alabanzas» o «cantar cánticos» no se aplica al Salterio. Cuando un profeta divinamente inspirado escribe un cántico de adoración, y ese cántico de adoración contiene el mandato «cantad alabanzas», cualquiera que aplique una lógica sencilla concluirá que ese mandato se aplica, por lo menos de manera mínima, al cántico en el que se da74. Si Shakespeare entregara un libro de ensayos a un amigo y le dijera «lee ensayos», la persona concluiría de inmediato que Shakespeare quería que leyera los ensayos vinculados a esa exhortación.
En segundo lugar, el intento de Pribble de limitar un mandamiento de cantar Salmos a un mandamiento de cantar mizmor no encaja con los datos escriturarios sobre la alabanza. La palabra hebrea tehillah, que significa «alabanza» y se traduce como «cántico de alabanza» (RSV) o «salmo de alabanza» (KJV), se emplea en los Salmos (por ejemplo, Sal. 22:25; 33:1; 34:1, etc.), como título de un Salmo (Sal. 145) y, en su forma plural, para designar todo el Salterio. El verbo se usa como un llamado a alabar a Jehová —«los que teméis a Jehová, alabadle» (Sal. 22:23)—. También se emplea de la alabanza en la congregación (Sal. 22:22). (Nótese que los traductores de la Septuaginta traducen la palabra hebrea para «congregación» como ekklesia.) Aunque este término (tehillah) se aplica a cánticos fuera del Salterio, no cabe duda de que el mandamiento de alabar a Jehová incluye el Salterio. James Limburg escribe:
«El sustantivo tehillim, “alabanzas”, deriva de la raíz hebrea hll, “alabar”. Esta raíz también aparece en “hallelujah” (“alabad a Yah”, o “Yahweh”), que se encuentra solo en el Salterio y siempre al comienzo o al final de los Salmos (104:35; 106:1, 48; 113:1, 9; 146-50, al principio y al final de cada uno, etc.). El sustantivo “alabanza” ocurre a menudo en los Salmos: “Y puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios” (40:3; también 22:25; 33:1; 34:1; 48:10, etc.). El Salmo 145 es el único Salmo designado como tehillah en el título, traducido ‘Cántico de alabanza’. De las 206 ocurrencias de hll, “alabar”, en el Antiguo Testamento (146 verbales, 60 nominales), cerca de dos tercios se hallan en los Salmos o en frases tomadas de los Salmos (THAT, 493). Dado que la colección de Salmos contiene tantas expresiones de alabanza a Dios, llegó a conocerse como “alabanzas” o Tehillim».75
¿Pueden los salmistas reclamar una prescripción clara en la Escritura para cantar los Salmos en la adoración? ¡Absolutamente! ¿Se supone que debemos creer que el término hallelujah, que significa «alabad a Yahweh» y que solo aparece en el Salterio, es un término general que no se refiere a los Salmos? Tal idea es absurda76.
En tercer lugar, (como ya se señaló antes en este estudio) todo ejemplo histórico en la Escritura de santos que componen cánticos de alabanza implicó inspiración divina (por ejemplo, Éx. 15:20-21; 2 S. 23:1-2; 1 Cr. 6:39; 15:17; 16:5ss.; 25:1-7; 2 Cr. 5:12; 29:25-30; 34:30; 35:15; 2 R. 23:2; Sal. 39; 62; 77 [títulos]; Mt. 22:43-44; Mr. 12:36; Hch. 1:16-17; 2:29-31; 4:24-25). David, Hemán, Asaf y Jedutún son llamados profetas o videntes. Asimismo, todo ejemplo histórico en la Biblia de un pueblo de Dios cantando alabanzas incluye únicamente cánticos divinamente inspirados (por ejemplo, Éx. 15:1; 2 S. 1:18; 1 Cr. 16; 2 Cr. 5:13; 20:21; 23:13, etc.). Dado el testimonio bíblico, no existe ningún fundamento divino para definir el «cantar alabanzas» de un modo que incluya cánticos no inspirados. Puesto que la revelación divina cesó con la muerte de los apóstoles y el cierre del canon, lo máximo que Pribble podría defender sería la inclusión del pequeño puñado de otros cánticos de alabanza divinamente inspirados que no fueron incorporados al Salterio bíblico. Si uno sigue los procedimientos bíblicos estándar para interpretar la Escritura (es decir, una hermenéutica gramatical-histórico-teológica) y principios sencillos de lógica, el argumento de Pribble debe ser rechazado. El contexto (tanto amplio como inmediato) determina el significado de una palabra, no nuestros propios prejuicios.
4. Los salmistas no pueden cantar el nombre de Jesús
Uno de los argumentos más populares contra la salmodia exclusiva es que «si solo cantamos los Salmos, entonces privamos a la iglesia de la oportunidad de alabar a nuestro Salvador usando su nombre como mediador divino-humano (Jesús)». Aunque muchos consideran que este es el argumento más fuerte contra la salmodia exclusiva, en realidad no es más que un llamamiento a la sentimentalidad, sin fundamento escriturario. Hay varias razones por las que tal argumento es falaz.
En primer lugar, en ninguna parte de la Biblia se nos manda cantar el nombre «Jesús». Si Dios prefiriera el nombre Jesús por encima de otras designaciones bíblicas para nuestro Señor (por ejemplo, Emanuel, Yahweh, Señor, Salvador, Jehová Tsidkenu [cf. Jer. 23:5-6], Príncipe de Paz, Mesías, Cordero de Dios, Hijo de Dios, Hijo del Hombre, etc.), entonces nos habría revelado su voluntad al respecto en la Biblia.
En segundo lugar, no es la palabra «Jesús» aquello que debemos servir, exaltar, adorar y glorificar, sino aquello o aquel a quien el nombre apunta o representa. No hay nada intrínsecamente sagrado, místico o santo en la palabra «Jesús». Respetamos la palabra y no la usamos de manera irreverente por causa de la Persona que está detrás del nombre. Los biblistas reconocen que incluso la expresión bíblica en el nombre alude al reconocimiento o confesión de la persona que es nombrada. Cuando Pablo dice: «para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla» (Fil. 2:10), se refiere a un reconocimiento del poder, autoridad y majestad de Jesús. Matthew Henry escribe: «En el nombre de Jesús; no al oír el sonido de la palabra, sino por la autoridad de Jesús; todos deben rendir un solemne homenaje. Y que toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor: que toda nación y lengua reconozca públicamente el dominio universal del Redentor exaltado, y que toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra, Mateo 28:18»77. Juan Calvino concuerda:
«…Pablo habla de toda la dignidad de Cristo; limitar su sentido a dos sílabas sería como si alguien examinara atentamente las letras de la palabra Alejandro para encontrar en ellas la grandeza del nombre que Alejandro adquirió para sí mismo. Por tanto, su sutileza no es sólida, y esa invención es ajena a la intención de Pablo. Pero la conducta de los sofistas de la Sorbona es peor que ridícula, cuando infieren de este pasaje que debemos doblar la rodilla cada vez que se pronuncia el nombre de Jesús, como si fuera una palabra mágica, que tuviera toda su virtud incluida en el sonido de ella. Pablo, por el contrario, habla del honor que debe rendirse al Hijo de Dios, no a simples sílabas».78
John Gill hace esta importante observación:
«“Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla”, etc., debe entenderse, no del acto externo de doblar la rodilla al oír el nombre y las sílabas de la mera palabra Jesús; porque en el mero nombre no puede haber nada que exija un respeto tan peculiar. Era un nombre común entre los judíos: Josué es llamado así en Hebreos 4:8, y el nombre de Elimas el mago era Bar-Jesús, es decir, hijo de Jesús, Hechos 13:6. Ahora bien, cuán monstruosa, ridícula y necia sería la conducta de un hombre que, al oír estos pasajes, y al pronunciarse esta palabra, doblara la rodilla. Además, las palabras no deben traducirse “al nombre de Jesús”, sino “en el nombre de Jesús”; es decir, en razón del poder, autoridad y dignidad de Jesús, exaltado a la diestra de Dios, toda criatura ha de estar sujeta a él».79
Puesto que los Salmos reconocen de manera elocuente y exhaustiva el poder, la autoridad y la majestad de Cristo, y definen su carácter y su ministerio, exaltan su glorioso nombre porque exaltan su persona. Ignorar este punto y exigir el uso de la palabra «Jesús» en el canto de alabanza es supersticioso e irracional.
En tercer lugar, la idea de que los sinónimos de la palabra «Jesús» son bíblicamente inadecuados para la alabanza queda refutada por el hecho de que el mismo Dios no consideró importante preservar providencialmente la pronunciación de su propio nombre de pacto. El nombre de pacto de Dios (YHWH) es la designación más frecuente del Dios trino en la Escritura, apareciendo 5,321 veces. Este nombre fue dado personalmente a Moisés cuando él pidió a Dios que revelara su nombre a los hijos de Israel (Éx. 5:13). Dios responde revelando su nombre de pacto, el tetragrámaton hebreo (es decir, cuatro consonantes) YHWH, que se traduce como «Jehová» o «SEÑOR» (según la práctica de muchas versiones castellanas). Cuando Dios pronunció este nombre frente a Moisés, Moisés oyó la pronunciación correcta (es decir, conocía cuáles eran las vocales adecuadas) y transmitió esa pronunciación correcta al pueblo del pacto. Con el tiempo, sin embargo, la pronunciación adecuada de la palabra se perdió para siempre, porque los judíos, por temor a violar el tercer mandamiento, dejaron de pronunciar el nombre de pacto de Dios. En su lugar, cuando encontraban YHWH, decían «Adonai» o «Señor», otro nombre de Dios. Como resultado, todas las transliteraciones modernas de YHWH (por ejemplo, Jehová, Yahweh) son, en el mejor de los casos, conjeturas fundamentadas. Por tanto, las diversas sectas que consideran corruptas las Biblias protestantes porque emplean la palabra «SEÑOR» en vez de Jehová o Yahweh, desconocen la historia.
El punto central de esta exposición sobre el nombre de pacto de Dios es que Dios no consideró importante preservar providencialmente la pronunciación de su propio nombre de pacto. Cuando cantamos los Salmos o leemos nuestras Biblias (sea cual sea la traducción), no estamos leyendo ni cantando el nombre de pacto de Dios. No obstante, sí leemos o cantamos un sinónimo, lo cual parece ser perfectamente aceptable ante Dios.
En cuarto lugar, el mismo Jesucristo consideró perfectamente aceptables los sinónimos bíblicos en el culto público. Nótese la fórmula bautismal de labios del propio Señor: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt. 28:19). Las únicas personas que, que sepa este autor, requieren pronunciar la palabra «Jesús» durante el bautismo son los pentecostales antitrinitarios «solo Jesús».[1] Cristo nos enseña que no es necesario decir la palabra «Jesús» para que un bautismo sea bíblico. Una referencia a la segunda persona de la Trinidad es suficiente. Por consiguiente, siguiendo el propio razonamiento del Señor, las abundantes referencias del Salterio a la persona y la obra de Cristo son perfectamente aceptables como alabanza del nuevo pacto.
En quinto lugar, los autores del Nuevo Testamento, escribiendo bajo inspiración divina, sustituyeron la palabra griega kurios (Señor) por la palabra hebrea que significa el nombre de pacto de Dios (Yahweh o Jehová) al citar pasajes del Antiguo Testamento (por ejemplo, Mt. 3:3; Is. 40:3; Hch. 2:20-21; Jl. 2:31-32; Mr. 1:3; Is. 40:3; Hch. 2:25; Sal. 16:8; Hch. 2:34; Sal. 68:18, etc.). Al hacerlo, por lo general seguían la traducción griega del Antiguo Testamento (la LXX), usada comúnmente por los judíos de habla griega de su época. Si hubiera algo especial o único en la palabra Jehová como tal, y no en la verdad o significado que encierra, tal sustitución habría sido antibíblica. Si sabemos que la palabra «Señor» en el Salterio se refiere a Jesucristo, entonces cantar esa palabra es tan honroso como pronunciar la palabra «Jesús» misma.
En sexto lugar, quienes apelan a la idea de que debemos cantar el nombre de Jesús son inconsistentes. El mediador divino-humano nunca fue llamado Jesús en hebreo. Su nombre fue Yehoshua, no Jesús. No conocemos himnos no inspirados que hablen de Yehoshua (con la excepción del movimiento judío mesiánico). Alguien podría objetar: «Sí, pero Jesús es la transliteración de la palabra griega Iesous, que a su vez es la transliteración de la palabra hebrea Yehoshua. Por tanto, la palabra inglesa Jesus representa a Yehoshua». Ese punto es cierto. Sin embargo, no demuestra que la palabra Jesús «sea más importante tenerla en los labios que otros nombres mediante los cuales Dios se da a conocer»80. Cuando los salmistas alaban al Redentor cantando los cánticos inspirados de la Escritura, están adorando a Jesucristo del modo que él ha mandado. Eso es lo que agrada a Dios. No hay evidencia de que Dios prefiera el nombre Jesús por encima de otras designaciones. El argumento del nombre de Jesús es una suposición sin evidencia.
En séptimo lugar, el nombre Jesús o Yehoshua significa «Jehová es salvación». El ángel dio ese nombre a María para indicar la misión del niño: «y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). El propósito del nombre es enseñarnos el papel de Cristo como redentor de los escogidos de Dios. ¿Enseñan los Salmos acerca del papel de Cristo como Salvador? Sí, lo hacen abundantemente (por ejemplo, Sal. 2:7-12; 8:5; 16:9-11; 22; 24:7-10; 35:11; 40:7-9; 41:9; 45:6ss.; 47:5; 50:3-4; 68:18; 69; 72; 110, etc.). Dado que el Salterio nos ofrece un retrato claro de Cristo y de su obra redentora, la idea de que debemos cantar el nombre Jesús para adorarlo debidamente simplemente no es cierta. Una vez más, debe enfatizarse que lo importante es aquello que el nombre representa o señala. Cuando uno entiende las riquezas doctrinales contenidas en el Salterio, comprende que el argumento del nombre de Jesús no es más que un pretexto para apartarse del manual de alabanza plenamente suficiente que Dios nos ha dado: los Salmos.
5. Los Salmos métricos son traducciones infieles
Un argumento bastante común contra la salmodia exclusiva se basa en la suposición de que las versiones métricas de los Salmos para el canto (es decir, cuando los Salmos se traducen de manera que puedan ponerse en música y se les da rima, etc.) en realidad no son traducciones de los Salmos, sino en el mejor de los casos paráfrasis muy libres del hebreo original. Así, se argumenta que el canto de Salmos métricos no es muy diferente de cantar himnos no inspirados basados en la Escritura o que enseñan la historia redentora. En otras palabras, ambas cosas son composiciones humanas y, si una es permisible, entonces la otra también lo es.
Aunque este argumento es común, se refuta de varias maneras. En primer lugar, obsérvese que todo el argumento se basa en una analogía no bíblica e inmoral. El argumento supone que, si un grupo de personas distorsiona el significado original de los Salmos mediante una traducción mala o defectuosa, esto de algún modo autoriza a otras personas a usar himnos humanos. Es decir, si el grupo A hace algo mal, el grupo B también puede hacer algo mal. Si es cierto que algunos creyentes reformados están usando versiones métricas de los Salmos descuidadas o mal traducidas, entonces nuestra respuesta como cristianos nunca debe ser: «Hagamos lo mismo», o peor aún, «Vayamos un paso más allá e ignoremos por completo los Salmos inspirados». Antes bien, debe ser: «Hermano, arrepiéntete. Hay excelentes Salterios fieles disponibles. No tienes por qué usar una traducción defectuosa». A esos hermanos que usan este argumento les hacemos una sola pregunta: «¿Acaso el hecho de que algunas iglesias usen paráfrasis terribles de la Biblia para la lectura de la Escritura en el culto público justifica el uso de escritos cristianos no inspirados en lugar de la Escritura?» No, por supuesto que no. De igual modo, las malas traducciones de los Salmos no justifican los himnos hechos por hombres.
En segundo lugar, muchos de los que emplean el argumento de los Salmos métricos suponen que las versiones métricas de los Salmos (en virtud de tener que ajustarse a la rima y a la música) son necesariamente malas traducciones. Es decir, que es imposible ser fiel a la Escritura usando un Salterio métrico. Este argumento debe rechazarse porque se basa en una suposición falsa. Los Salmos métricos pueden ser —y de hecho han sido— traducidos fiel y correctamente de la lengua original. Además, incluso si fuera cierto, ello no justificaría el uso de himnos humanos. Si un creyente reformado sostiene que los Salmos métricos son inherentemente defectuosos y por tanto infieles al mandato escriturario de cantar Salmos en la adoración, entonces, en lugar de recurrir a composiciones no inspiradas, debería cantar los Salmos en forma de canto llano, con su fraseo original (es decir, usando una de las traducciones más literales de la Biblia) durante el culto.
En tercer lugar, el argumento de los Salmos métricos, para ser coherente, exigiría finalmente que la lectura de la Escritura en el culto público se hiciera en las lenguas originales (hebreo, arameo, griego). Cualquiera que esté familiarizado con la traducción bíblica entiende que una traducción estrictamente palabra por palabra, absolutamente literal, del texto hebreo y griego es imposible. Incluso las mejores y más literales traducciones en uso hoy deben recurrir a veces a una frase o a varias palabras para expresar con fidelidad el sentido de una sola palabra hebrea o griega. Además, es importante que una traducción procure reflejar, en la medida de lo posible, la majestad de estilo y la elegancia de la lengua original. Dios manda a su pueblo leer las Escrituras y cantar los Salmos. Esto requiere traducción. En el caso del canto, a veces puede requerir una traducción métrica. Lo importante es que la iglesia de Cristo sea lo más fiel posible al idioma original al traducir la Palabra de Dios. De nuevo, si una traducción de la Biblia o de los Salmos es inexacta, defectuosa o descuidada en algún aspecto, la solución no es desechar las Sagradas Escrituras, sino hacer un trabajo de traducción mejor y más fiel81. La exactitud no es opcional, sino un requisito. Aunque felicitamos a nuestros hermanos por señalar la necesidad de traducciones fieles de los Salmos, debemos rechazar su intento de eludir el mandato divino de cantar cánticos inspirados en el culto público.
Conclusión
Después de examinar los argumentos más populares contra la salmodia exclusiva que se usan hoy, solo podemos llegar a una conclusión: los argumentos contra la salmodia exclusiva no se basan en una exégesis sana de la Escritura. Más bien, son intentos vanos de justificar tradiciones humanas que no tienen ningún fundamento divino. Pedimos a nuestros hermanos que defienden el uso de himnos no inspirados en el culto que presenten siquiera un mandamiento bíblico o un ejemplo histórico que respalde su postura. No hay ninguno. Puesto que no podemos encontrar el más mínimo indicio bíblico a favor del uso de cánticos no inspirados en el culto público del nuevo pacto, permaneceremos fieles a la Escritura y a las conquistas de la Reforma logradas por nuestros antepasados espirituales. Volvamos al culto sencillo y sin adornos de la iglesia apostólica y de los Estándares de Westminster (cf. Confesión de Fe, 21:5).
- Este breve tratado sobre la salmodia exclusiva no contiene nada nuevo ni original. De hecho, el autor preferiría que todos compraran un ejemplar de The Songs of Zion de Michael Bushell (disponible en Crown and Covenant Publications, 800 Wood St., Pittsburgh, PA 15221) y lo leyeran con detenimiento. Pero, como hemos encontrado pocos creyentes dispuestos a leer un tratado académico extenso como el de Bushell, hemos reunido muchos de los argumentos en favor de la salmodia exclusiva en un pequeño folleto. ↩︎
- M. C. Ramsey, Psalms Only: Objections Answered (Presbyterian Church of Eastern Australia, 1971), 3. ↩︎
- Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21.1. «Fue la aplicación de este principio lo que permitió a los Reformadores protestantes llevar a cabo su gran obra de reforma. Negaron, por ejemplo, la validez de cinco de los siete sacramentos de la Iglesia corrupta, y conservaron solo el bautismo y la Cena del Señor. Del mismo modo, la aplicación de este principio les permitió purificar el culto de Dios ordenándolo conforme a la voluntad de Dios tal como se establece en su palabra. Así, la obra de la Reforma tuvo aspectos positivos y negativos. Implicó el rechazo del uso de altares, cruces, crucifijos, velas, incienso y una multitud de otras prácticas no escriturales, así como la restauración de la oración libre en contraste con las formas fijas de oración, la lectura y exposición de la palabra de Dios y el canto congregacional de los Salmos. Donde este principio —que lo que no está prescrito está prohibido— es rechazado o ignorado, la pureza del culto queda en peligro» (M. C. Ramsey, Psalms Only, 24–25). ↩︎
- Para más material sobre el principio regulador del culto, véase B. Schwertley, Musical Instruments in the Public Worship of God, cap. 1; y también Sola Scriptura and the Regulative Principle of Worship, caps. 4 y 5. ↩︎
- James H. Thornwell, Collected Writings (Richmond: Presbyterian Committee of Publication, 1872), 2:163. ↩︎
- J. W. Keddie, Why Psalms Only? (Cambridge, England: Scottish Reformed Fellowship, 1978), 8. Las personas de persuasión reformada y presbiteriana deben notar que todos los Reformadores calvinistas y las iglesias de los siglos dieciséis y diecisiete mantuvieron una interpretación muy estricta del principio regulador. La posición de Calvino puede encontrarse en sus Instituciones, I, XI, 4; I, XII, 1 y 3; II, VIII, 5 y 17; IV, X, 1 y 8–17; cf. comentario sobre Jeremías 7:31; sermón sobre 2 Samuel 6:6–12; tratado «De la necesidad de reformar la Iglesia»; y la confesión redactada por Calvino para las Iglesias Reformadas de Francia (1562). La posición de John Knox se expone claramente en A Vindication of the Doctrine that the Sacrifice of the Mass is Idolatry (1550). Los credos reformados también enseñan el principio regulador del culto; cf. la Confesión Belga (1561), arts. 7, 29, 32; el Catecismo de Heidelberg, pregunta 96; los Estándares de Westminster, Confesión 1.6–7; 20.2; 21.1; Catecismo Menor 51; Catecismo Mayor 108, 109. Una interpretación estricta del principio regulador puede encontrarse en los escritos de George Gillespie, William Ames, Samuel Rutherford, Jeremiah Burroughs, Thomas Watson, Thomas Ridgeley, Thomas Boston, William Romaine, John Cotton, Thomas Manton, Matthew Henry, John Owen, R. L. Dabney, James H. Thornwell, John L. Girardeau y muchos otros. El principio regulador sigue siendo reconocido oficialmente por la Reformed Presbyterian Church of North America, la Presbyterian Reformed Church, la American Presbyterian Church, la Free Church of Scotland y muchas otras denominaciones reformadas. ↩︎
- Un ejemplo evidente es Stephen Pribble, The Regulative Principle and Singing in Worship (Greenville Presbyterian Theological Seminary, 1995; publicado originalmente en The Harbinger, enero-febrero de 1994). Después de leer el libro de Pribble, uno tiene la impresión de que él considera que el canto de salmos en el culto es opcional. Sin embargo, al ser confrontado personalmente, Pribble admite que el canto de salmos está autorizado por el ejemplo histórico de la Escritura. ↩︎
- R. A. Morey, «Exclusive Psalmody», Baptist Reformation Review, invierno de 1976, vol. 4, núm. 4, 43 ss. Para una excelente refutación de la postura de Morey, véase Michael Bushell, The Songs of Zion, 13–15. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion: A Contemporary Case for Exclusive Psalmody (Pittsburgh: Crown and Covenant, [1980] 1993), 15. «El Antiguo Testamento enfatiza la institución divina del servicio de canto en el templo (1 Cr. 6:31–48; 25:1–31; cf. 2 Cr. 29:25). Aunque este culto con frecuencia cayó en decadencia, cuando fue reformado, el fundamento se halló en la ley dada por Dios mediante David. Esto puede verse en la reforma del año 835 a. C. (2 Cr. 23:18), en la reforma alrededor del 715 a. C. (2 Cr. 29:30), en la reforma del 622 a. C. (2 Cr. 35:15), en la colocación del fundamento del segundo templo alrededor del 537 a. C. (Esd. 3:10) y en la dedicación del muro de Jerusalén alrededor del 434 a. C. (Neh. 12:45–46). El canto no se consideraba una mera circunstancia que no necesitara fundamento específico, sino que se veía como un ámbito propio para la prescripción divina» (Rowland Ward, Psalm-Singing in Scripture and History [Melbourne, Australia, 1985], 5). ↩︎
- Ibíd., 14–15. ↩︎
- Sherman Isbell, The Singing of Psalms (Presbyterian Reformed Church, 1996), parte VIII, sin paginación. ↩︎
- Ibíd. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 31. ↩︎
- Ibíd., 60. ↩︎
- «The Psalms: the Divinely Authorized and Exclusive Manual of Praise», en The Psalms in Worship, ed. John McNaugher (Edmonton: Still Water Revival Books, [1907] 1992), 60–61. ↩︎
- Stephen Pribble, The Regulative Principle and Singing in Worship, 11–12. ↩︎
- James Morison, A Practical Commentary on the Gospel According to St. Matthew (Minneapolis: Klock and Klock, [1884] 1981), 537. A. A. Hodge coincide: cuatro copas de vino, nos dice la Mishná, se bebían siempre. También se cantaba siempre el Hallel, o salmos de alabanza, que consistían en todos los salmos de nuestra Biblia desde el 113 hasta el 118 inclusive. La primera parte, que incluía los Salmos 113 y 114, se cantaba al comienzo de la comida, y los Salmos 115, 116, 117 y 118 al final, después de que se hubiera bebido la cuarta o última copa de vino. Este es el himno al que se alude cuando se dice: «Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos» (Mt. 26:30; Mr. 14:26) (Popular Lectures on Theological Themes [Presbyterian Board of Publication and Sabbath School Work, 1887]). Los siguientes comentaristas enseñan que Cristo y los apóstoles cantaron el Hallel (es decir, los Salmos 113 al 118) en la Última Cena: Alfred Plummer, R. C. H. Lenski, Art Gundry, John Peter Lange, William Hendriksen, G. Campbell Morgan, R. V. G. Tasker, C. H. Spurgeon, Matthew Henry, etc. ↩︎
- Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible (McLean, VA: MacDonald Publishing, s. f.), vol. 5, 392. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 78–79. ↩︎
- Simon J. Kistemaker, Exposition of the Acts of the Apostles (Grand Rapids: Baker, 1990), 598. ↩︎
- R. C. H. Lenski, The Interpretation of the Acts of the Apostles (Minneapolis: Augsburg, [1934] 1961), 672–673. ↩︎
- Horatio B. Hackett, Commentary on Acts (Grand Rapids: Kregel, 1992), 190. ↩︎
- J. A. Alexander, Acts of the Apostles (Carlisle, PA: Banner of Truth, [1857] 1991), 121. ↩︎
- J. W. Keddie, Why Psalms Only?, 5. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 85–86. ↩︎
- G. I. Williamson, The Singing of Praise in the Worship of God, 6. ↩︎
- J. W. Keddie, Why Psalms Only?, 7. ↩︎
- M. C. Ramsey, Purity of Worship (Presbyterian Church of Eastern Australia: Church Principles Committee, 1968), 20. ↩︎
- Martín Lutero, «Prefacio al Salterio» [1528] 1545, en Luther’s Works (trad. C. M. Jacobs; Philadelphia: Muhlenberg Press, 1960), vol. XXXV, 254. ↩︎
- Juan Calvino, Commentary on the Book of Psalms (trad. James Anderson; Edinburgh: Calvin Translation Society, 1845), vol. I, xxxvi–xxxix. ↩︎
- Basilio, citado en Michael Bushell, The Songs of Zion, 18. ↩︎
- Debemos tener mucho cuidado de no definir la palabra «espirituales» en estos pasajes en el sentido moderno de «religiosos». La palabra «espirituales» aquí se refiere a algo que procede del Espíritu de Dios y, por tanto, es «inspirado» o «soplado por Dios». B. B. Warfield escribe acerca de pneumatikos: «De las veinticinco ocasiones en que la palabra aparece en el Nuevo Testamento, en ningún caso desciende siquiera hasta referirse al espíritu humano; y en veinticuatro de ellas se deriva de pneuma, el Espíritu Santo. En este sentido de pertenecer al Espíritu Santo, o estar determinado por él, el uso del Nuevo Testamento es uniforme, con la única excepción de Efesios 6:12, donde parece referirse a una inteligencia superior aunque sobrehumana. La traducción apropiada en cada caso es “dado por el Espíritu”, o “guiado por el Espíritu”, o “determinado por el Espíritu”» (The Presbyterian Review, vol. 1, 561 [julio de 1880], citado en Michael Bushell, The Songs of Zion, 90–91). ↩︎
- John Murray, «Song in Public Worship», en Worship in the Presence of God (ed. Frank J. Smith y David C. Lachman; Greenville Seminary Press, 1992), 188. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 83–84. ↩︎
- J. Murray y W. Young, «Minority Report», Minutes of the Orthodox Presbyterian Church (14th General Assembly, 1947), 61, citado en Michael Bushell, The Songs of Zion, 84. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 81. ↩︎
- William E. Cox, Studies in Final Things (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed, 1966), 159. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 94–95. ↩︎
- Ibíd., 94. ↩︎
- Algunos piensan que new en new song («cántico nuevo») simplemente significa que el salmista pide al pueblo de Dios que cante un cántico inspirado con el cual todavía no está familiarizado. Otros consideran que la frase sing a new song es una expresión litúrgica equivalente a «canten con todas sus fuerzas». «Calvino entiende new como equivalente a raro y selecto» (W. S. Plumer, Psalms [Carlisle, PA: Banner of Truth, [1867] 1975], 408). Hablando de la expresión new song en Apocalipsis, Bushell escribe: «El concepto de “novedad” en el libro de Apocalipsis se usa, pues, como un recurso poético para expresar, en un grado intensificado, la plenitud y el alcance de la redención escatológica de todas las cosas. El “cántico nuevo”, el “nombre nuevo”, los “cielos nuevos”, la “tierra nueva” y la “nueva Jerusalén” son todos todavía futuros. El hecho de que, en estas visiones, tengamos una anticipación presente de esta novedad, no proporciona mayor fundamento para la producción de “nuevos” cánticos de adoración que para la edificación de una “nueva Jerusalén”. Más bien ocurre todo lo contrario. Es, de hecho, muy significativo que el cántico de adoración sea colocado en la categoría de las “cosas nuevas” de la visión de Juan. El rasgo distintivo de la “novedad” atribuida a estos objetos es su origen divino» (The Songs of Zion, 96). ↩︎
- Gerhard Delling, «hymnos», en Gerhard Kittel y Gerhard Friedrich, Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1972), vol. 8, 500. Delling es un erudito alemán de orientación modernista y no practica la salmodia exclusiva. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, 98. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 11. ↩︎
- Íbid. ↩︎
- Íbid., pp. 23–24. ↩︎
- Íbid., pp. 21–22. ↩︎
- Íbid., pp. 26–27. ↩︎
- Los Salmos que usualmente se consideran imprecatorios son los 55, 59, 69, 109 y 137. ↩︎
- Isaac Watts, «Preface to Hymns and Spiritual Songs» (1707), pp. iv–vi; citado en Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 201. ↩︎
- «Cualquier argumento que combata la inspiración divina de los Salmos que estamos considerando combate contra todo el libro de los Salmos. Ellos se sostienen o caen juntos. Por tanto, el creyente en la inspiración no incurrirá en irreverencia ni profanidad al despreciar estos Salmos; porque lo que se dice y se hace contra ellos se dice y se hace contra el Espíritu Santo; ¿y quién se atreverá a arriesgarse a tener tal acusación en su contra?» (J. H. Webster, «The Imprecatory Psalms», en John McNaugher, ed., The Psalms in Worship, p. 312). ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 39. ↩︎
- J. G. Vos, «The Ethical Problem of the Imprecatory Psalms», en Westminster Theological Journal, vol. 4, n.º 2 (mayo de 1942), p. 135, citado en Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 38. ↩︎
- Bill y John Edgar, Ten Brief Arguments for Exclusive Psalmody (Broomall, PA: Tract, s. f.). ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 32. ↩︎
- Greg Bahnsen, «Exclusive Psalmody», Antithesis 1, n.º 2 (marzo–abril de 1990), p. 51. ↩︎
- El argumento de que el canto no es un elemento separado de la adoración fue popularizado por Vern S. Poythress, profesor en Westminster Theological Seminary y ministro de la Presbyterian Church in America. En 1974 escribió: «Consideramos la enseñanza mediante el canto y la enseñanza en sentido estricto simplemente como dos formas de enseñanza, cada una particularmente eficaz para satisfacer ciertas necesidades y expresar ciertos aspectos de la doctrina cristiana. Cada una tiene sus ventajas y limitaciones, debido a la naturaleza del medio de expresión. Desafiamos a la posición salmista exclusiva a que pruebe por la Escritura, y no simplemente lo suponga, que la enseñanza mediante el canto y la proclamación son “dos elementos separados de la adoración”. Para nosotros parecen poco más “separados” que predicar a una audiencia visible en comparación con predicar por radio» (Ezra 3, «Union With Christ, and Exclusive Psalmody», en Westminster Theological Journal, vol. 37, n.os 1–2 [1974-75], pp. 225-226). La postura de Poythress contradice claramente la Escritura, trescientos cincuenta años de historia presbiteriana y los Estándares de Westminster (véase The Westminster Confession of Faith, XXI:3–XXI:5). Su postura anticonfesional no parece incomodar ni a Westminster Seminary ni a la Presbyterian Church in America. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, p. 49. ↩︎
- The Westminster Confession of Faith, I:IV. ↩︎
- George Gillespie, A Dispute Against the English Popish Ceremonies Obtruded Upon the Church of England, ed. Christopher Coldwell (Dallas, TX: Naphtali Press, [1637, 60] 1993), p. xli. Para un examen mucho más amplio de la postura puritana/presbiteriana sobre el principio regulador, véanse Sherman Isbell, The Singing of Psalms, y William Young, The Puritan Principle of Worship (Vienna, VA: Publication Committee of the Presbyterian Reformed Church, s. f.). ↩︎
- Samuel Rutherford, The Divine Right of Church-Government and Excommunication (Londres: John Field for Christopher Meredith, 1646), p. 109. ↩︎
- William Ames, The Marrow of Sacred Divinity (Londres: Edward Griffin for Henry Overton, 1642), p. 318. ↩︎
- John Owen, A Discourse Concerning Liturgies and Their Imposition, en Works (Carlisle, PA: Banner of Truth, [1850-53] 1965), vol. 15, p. 40. ↩︎
- «La primera idea incluida en ellas [las ordenanzas de culto] es que son deberes religiosos, prescritos por Dios, como un método instituido por el cual él será adorado por sus criaturas. Ahora bien, las ordenanzas, tal como se las ha descrito, deben practicarse conforme a un mandato divino. Ninguna criatura tiene autorización para imponer modos de adoración pretendiendo que serán aceptables o agradables a Dios, puesto que solo Dios, que es el objeto de la adoración, tiene derecho a prescribir la manera en que será adorado. Que una criatura instituya modos de adoración sería un caso de profanidad y presunción temeraria; y la adoración así realizada sería “vana”, como dice nuestro Salvador respecto de aquello que no tiene una sanción más alta que los mandamientos de hombres» (Thomas Ridgeley, A Body of Divinity [Nueva York: 1855], 2:433). ↩︎
- Sherman Isbell, The Singing of Psalms, Parte I. ↩︎
- The Westminster Confession of Faith, XXI, iii. ↩︎
- Íbid., XXI, v. ↩︎
- Sherman Isbell, The Singing of Psalms, Parte I. ↩︎
- Michael Bushell, The Songs of Zion, pp. 49-50. ↩︎
- J. W. Keddie, Why Psalms Only?, p. 12. ↩︎
- El debate sería entonces entre, por un lado, los presbiterianos escoceses y los puritanos ingleses, y por el otro, los reformados holandeses. Estos últimos han incluido, desde el Sínodo de Dort, algunos «gezangen» (es decir, cánticos) al final de sus Salterios. Estos han comprendido el Magnificat, el coro de los ángeles a los pastores de Belén, el Cántico de Simeón, etc., así como versificaciones de los Diez Mandamientos y del Padrenuestro, etc. Sin embargo, es interesante notar que, a medida que la Herformde Kerk (la Iglesia estatal holandesa) se volvió más liberal, estos «gezangen» se ampliaron para incluir cada vez más material no inspirado. (Véanse Het Boek Der Psalmen, etc. [ed. 1773], Eerdmans-Sevensma Co., Grand Rapids, MI, 1919, y Psalmen [edición de 1933 de la GKN], n.v. Uitgevers Maatshappij Gebr. Zomer & Keuning, Wageningen). ↩︎
- Stephen Pribble, The Regulative Principle and Singing in Worship, p. 3. ↩︎
- Íbid., pp. 4-5. ↩︎
- Íbid., p. 9. ↩︎
- Esta lógica está detrás del hecho de que muchas traducciones inglesas viertan cuatro palabras hebreas distintas (todas sustantivos que significan alabanza, cántico o salmo) como psalm, porque el contexto indica que ese era el sentido del autor. Los traductores de la Septuaginta vierten el término general zemirot (cánticos) en el Salmo 95:2 como psalmois (salmos). ↩︎
- James Limburg, «Book of Psalms», en David N. Freedman (editor general), The Anchor Bible Dictionary (Nueva York: Doubleday, 1992), vol. 5, p. 523. ↩︎
- Pribble reconoce que Colosenses 3:16 y Efesios 5:19 «probablemente se refieren al Salterio del Antiguo Testamento» (p. 8). Sin embargo, argumenta que ninguno de estos «textos se refiere específicamente al culto público de Dios» (p. 8). Incluso si uno aceptara la interpretación de que estos pasajes no se refieren al culto público (lo cual es discutible), no puede cuestionarse su aplicación al culto privado y a las reuniones informales. En todo caso, estos pasajes proveen una prescripción clara para el uso de los Salmos en la adoración. Una vez más, obsérvese que la afirmación de Pribble de que el canto de los Salmos no está claramente prescrito para la adoración es falsa. En conversación privada, Pribble sí admite que el canto de Salmos se enseña por medio del ejemplo histórico bíblico. Además, la iglesia que él pastorea canta algunos Salmos junto a composiciones humanas no inspiradas. ↩︎
- Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible, 5:733. Es interesante que la mayoría de los comentaristas señalen el título «Señor» como el nombre que está sobre todo nombre. Calvino escribe: «De manera que el sentido es que se dio a Cristo el supremo poder y que fue colocado en el grado más alto de honor, de modo que no se halla dignidad alguna, ni en el cielo ni en la tierra, que sea igual a la suya. De ahí se sigue que es un nombre divino» (Commentary on the Epistle to the Philippians [Grand Rapids: Baker, 1981], pp. 60-61). Peter T. O’Brien escribe: «El nombre (to onoma es definido) mayor que cualquier otro que Dios confirió a Jesús como don de gracia (ekarisato) es su propio nombre, kurios (“Señor”), en su sentido más sublime, aquella designación usada en la LXX para representar el nombre personal del Dios de Israel, esto es, Yahweh» (Commentary on Philippians [Grand Rapids: Eerdmans, 1991], p. 238). J. Hugh Michael escribe: «El Nombre de Jesús representa “a Jesús como portador del nuevo Nombre de Señor conferido a él por el Padre”» (The Epistle of Paul to the Philippians [Londres: Hodder and Stoughton, 1928], p. 96). Richard R. Melick, Jr., escribe: «La mayoría concuerda en que el “nombre que es sobre todo nombre” es el título “Señor”. Además, la mayoría concuerda en que el título se refiere tanto al carácter de Jesús como a su función» (Philippians, Colossians, Philemon [Nashville: Broadman Press, 1991], p. 107). Puesto que Jesucristo es llamado repetidas veces Señor en los Salmos, la idea de que los Salmos son deficientes en su exaltación de Cristo es errónea. ↩︎
- John Calvin, Commentary on Philippians, p. 61. ↩︎
- John Gill, An Exposition of the New Testament (Streamwood, IL: Primitive Baptist Library, 1979 [1089]), pp. 135-136. ↩︎
- Richard Bacon, Review of Psalmody (Rowlett, TX: FPCR, 1996), artículo en Internet. ↩︎
- Como lo expresa la Confesión: «El Antiguo Testamento en hebreo (que era el idioma nativo del pueblo de Dios antiguo) y el Nuevo Testamento en griego (que, en el tiempo de la redacción de este, era el más generalmente conocido entre las naciones)… Pero como estos idiomas originales no son conocidos por todo el pueblo de Dios, que tiene derecho a las Escrituras e interés en ellas, y es exhortado, en el temor de Dios, a leerlas y escudriñarlas, deben ser traducidas al idioma vulgar de cada nación a la que lleguen». ↩︎
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