El Principio Regulador

Desde el inicio debemos prestar atención a las consideraciones que sirven para establecer el siguiente principio rector: es necesaria una autorización divina para todo elemento de doctrina, gobierno y adoración en la iglesia; es decir, todo aquello en estos ámbitos que no está mandado en las Escrituras, ya sea de manera expresa o por consecuencia buena y necesaria de sus declaraciones, está prohibido.

1. Este principio se deduce por inferencia lógica de la gran verdad —confesada por los protestantes— de que las Escrituras son una regla infalible de fe y práctica, y, por tanto, suprema, perfecta y suficiente para todas las necesidades de la iglesia. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Ti. 3:16–17). Esta verdad opera en un sentido positivo para incluir todo lo que, en la doctrina, el gobierno y la adoración de la iglesia, es mandado explícita o implícitamente en las Escrituras, y en sentido negativo para excluir todo aquello que no es mandado de ese modo.

2. Este principio de la necesidad de una autorización divina para todo lo que concierne a la fe y la práctica de la iglesia se prueba mediante declaraciones didácticas de la Escritura.

«Os acordaréis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis, para que os acordéis y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios» (Nm. 15:39–40).

«Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte» (Ex. 25:40).

«Los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte» (Heb. 8:5).

«No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno» (Dt. 4:2).

«Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás» (Dt. 12:32).

«Toda palabra de Dios es limpia; él es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso» (Pr. 30:5–6).

«¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20).

«Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo» (Dn. 2:44).

«Y así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición» (Mt. 15:6).

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt. 28:19–20).

«Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos: no manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en trato severo del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne» (Col. 2:20–23).

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Ti. 3:16–17).

«Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, y de las cosas que están escritas en este libro» (Ap. 22:18–19).

Estas solemnes declaraciones y terribles advertencias nos enseñan la lección de que introducir cualquiera de nuestros propios artificios e invenciones en la doctrina, el gobierno o la adoración de la iglesia es añadir a las palabras de Dios; y que fallar en mantener los principios y las verdades, o en cumplir las instituciones y ordenanzas que se nos han entregado en las Escrituras, es quitar de las palabras de Dios. Los romanistas, por ejemplo, que sostienen la doctrina de la transubstanciación y celebran el sacrificio de la misa, añaden a las palabras de Dios; y los cuáqueros, que sostienen la autoridad co-ordinada de revelaciones inmediatas de una verdad nueva y original junto con los oráculos inspirados, y descuidan la observancia de los sacramentos, tanto añaden como quitan de ellas. Y, de manera semejante, quienes introducen la música instrumental en la adoración ordenada de la Iglesia del Nuevo Testamento trascienden la autorización de la Escritura y añaden a las palabras que Cristo nuestro Señor ha mandado.

3. Hay casos concretos registrados en las Escrituras que ilustran de manera gráfica el mismo gran principio.

(1) Génesis 4: Caín y su ofrenda.

Los hermanos Caín y Abel habían sido instruidos en su niñez, sin lugar a dudas, por sus padres, en el conocimiento de la primitiva promesa de redención que habría de cumplirse mediante expiación. Tenemos todas las razones para creer que a menudo habían visto a su padre ofrecer sacrificios de animales en la adoración de Dios. Estaban acostumbrados a este modo de adoración.

Caín —tipo de los racionalistas y de los fabricantes de ritos y ceremonias en la casa del Señor— consultó su propia sabiduría y gusto, y se atrevió a ofrecer en la adoración de Dios el fruto de la tierra, un sacrificio incruento; mientras que Abel, conformándose a las disposiciones y usos prescritos en los cuales había sido formado, expresó su fe y obediencia ofreciendo un cordero. La adoración de Abel fue aceptada y la de Caín rechazada.

«Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; mas no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya» (Gn. 4:3–5).

Así, en la familia inmediata de Adán, contemplamos un ejemplo señalado y típico de autoafirmación y menosprecio de las prescripciones divinas en materia de adoración. Esto fue seguido con rapidez por la desaprobación de Dios, y luego vino el desarrollo del pecado en el crimen atroz del fratricidio, y el destierro del homicida de la comunión de su familia y de la presencia de su Dios.

(2) Levítico 10:1–3: Nadab y Abiú.

«Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó.[1] Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová. Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón cayó en silencio» (Lv. 10:1–3).

Estos jóvenes, como hijos del sumo sacerdote de Israel, estaban legítimamente ocupados en el ejercicio de las funciones señaladas al oficio sacerdotal. Pero presumieron añadir a los mandamientos de Dios. Ejercieron su propia voluntad en cuanto al modo de su adoración, hicieron aquello que él no les había mandado, y fueron muertos al instante por su impía temeridad.

(3) Números 16: Coré, Datán y Abiram.

Dios había consagrado a aquellos descendientes de Leví que procedían de Aarón para el sacerdocio, mientras que el resto de los descendientes de Leví había sido apartado para otros oficios relacionados con el servicio del tabernáculo. Coré era levita, pero no hijo de Aarón. Datán y Abiram ni siquiera eran levitas, sino que parecen haber sido descendientes de Rubén.

Cuando, por tanto, estos hombres —sosteniendo la pretensión de que toda la congregación tenía derecho a igual rango con Moisés y Aarón— se atrevieron a asumir para sí funciones que Dios había restringido a cierta clase, fueron alcanzados por la rápida indignación de Jehová y perecieron de manera espantosa.

«Entonces la tierra abrió su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré y a todos sus bienes. Y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron de en medio de la congregación» (Nm. 16:32–33).

(4) Números 20: Moisés golpeando la roca en Cades.

En una ocasión anterior, cuando los israelitas sufrían de sed, Dios mandó a Moisés que golpeara la roca en Horeb. Él obedeció, y el agua brotó abundantemente. El apóstol Pablo nos dice que esa roca tipificaba a Cristo. La enseñanza típica que Moisés suministró fue, entonces, que de la única muerte de Cristo, bajo el golpe de la ley, habría de proceder la gracia del Espíritu Santo para saciar la sed del alma. Cristo había de ser herido hasta la muerte una sola vez.

Ahora, nuevamente, en Cades, los israelitas padecen por falta de agua. Dios manda a Moisés que hable a la roca. A este mandato explícito él se atrevió temerariamente a añadir. Habló al pueblo, en lugar de hablar a la roca; golpeó la roca, y la golpeó dos veces. Usó su propio juicio, afirmó su propia voluntad y enseñó falsamente al pueblo. Por este pecado, él y Aarón —que consintió con él en su comisión— fueron excluidos de entrar en la tierra prometida.

«Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado» (Nm. 20:7–12).

Tenemos aquí un caso inefablemente conmovedor del pecado y la insensatez de añadir invenciones humanas a las ordenanzas establecidas por Dios, y de los resultados espantosos que pueden seguir a lo que los hombres consideran ligeros desvíos de la obediencia a los mandamientos de Dios.

Sin hablar de Aarón —el orador consumado, el venerable santo, el primer sumo sacerdote ungido de su pueblo—, este hombre sin igual, Moisés, en quien se conjuntaban todos los dones naturales y todas las gracias sobrenaturales, el libertador, el legislador, el historiador, el poeta, el juez y el caudillo de Israel; después de haberlos sacado de Egipto, de haberlos conducido a través de las aguas divididas del mar Rojo, de haber mediado entre ellos y Dios en medio de los terrores del Sinaí, de haberlos guiado por los horrores del desierto árido y espantoso; este hombre glorioso, ahora, teniendo a la vista el Jordán que, cual hilo, los separaba de la meta largamente buscada y largamente codiciada de sus corazones, es sentenciado, por una sola adición al mandamiento de Dios —que sin duda le pareció un ligero desvío de sus instrucciones— a morir antes de entrar en la tierra prometida.

(5) 1 Samuel 13: Saúl ofreciendo holocausto en Gilgal.

El rey no tenía mandamiento alguno para oficiar como sacerdote. Saúl añadió al mandamiento de Dios y ejecutó una función para la cual no tenía autorización. Las circunstancias le parecían justificar el acto. Pero se ganó la desaprobación divina y perdió su reino por ese desacierto.

«Y él esperó siete días, conforme al plazo que Samuel había dicho; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se le desertaba. Entonces dijo Saúl: Traedme holocausto y ofrendas de paz. Y ofreció el holocausto. Y cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel venía; y Saúl salió a recibirle y a saludarle. Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová; me esforcé, pues, y ofrecí holocausto. Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios, que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó» (1 S. 13:8–14).

(6) 1 Crónicas 13:7–8; 15:11–15: Uza y el arca, y la posterior obediencia de David.

A los levitas —más específicamente, a los coatitas— se les mandó expresamente llevar el arca. El modo de llevarla también fue mandado. Se añadieron anillos, por los cuales se pasaban varas. Estos postes, cubiertos de oro, debían apoyarse sobre los hombros de los portadores. Se les prohibió tocar el arca bajo pena de muerte. «Después entrarán los hijos de Coat para llevar el santuario; pero no tocarán cosa santa, no sea que mueran» (Nm. 4:15). Tal era el mandamiento de Dios.

Al transportarla desde la casa de Abinadab, David infringió el mandamiento divino al ordenar que el arca fuera llevada en un carro tirado por bueyes. Entonces, cuando los animales tropezaron, Uza, con la intención de evitar que el arca cayera, la tocó con su mano. Fue muerto al instante por su piadosa desobediencia.

«Y llevaron el arca de Dios de la casa de Abinadab en un carro nuevo; y Uza y Ahío guiaban el carro. Y David y todo Israel se regocijaban delante de Dios con todas sus fuerzas, con cánticos, arpas, salterios, panderos, címbalos y trompetas. Pero cuando llegaron a la era de Kidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios» (1 Cr. 13:7–10).

La ofensa fue tanto más inexcusable cuanto que las varas nunca se separaban del arca, y no es en absoluto probable que los filisteos —que habían sufrido un trato tan severo mientras la tuvieron en su posesión— se hubieran atrevido a robarlas. Y merece consideración el hecho de que aquellos paganos no fueron muertos por haber tocado el arca, mientras que por hacer lo mismo el pueblo de Dios, que debía saber mejor, fue instruido con una lección terrible.

Aquel magnífico cortejo sufrió una interrupción desastrosa, y el rey de Israel, sobrio por la advertencia que había recibido, volvió a su casa para hacer lo que debió haber hecho antes: estudiar la ley de Dios. Habiendo cumplido este deber descuidado, hace un segundo intento de trasladar el símbolo sagrado del pacto de Dios a Jerusalén, pero de un modo diferente al anterior. Escuchemos el relato:

«Y llamó David a Sadoc y a Abiatar sacerdotes, y a los levitas, a Uriel, Asaías, Joel, Semaías, Eliel y Aminadab, y les dijo: Vosotros que sois los principales padres de los levitas, santificaos vosotros y vuestros hermanos, y pasad el arca de Jehová Dios de Israel al lugar que le he preparado; pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza. Así los sacerdotes y los levitas se santificaron para traer el arca de Jehová Dios de Israel. Y los hijos de los levitas trajeron el arca de Dios sobre sus hombros en las varas puestas sobre ella, como lo había mandado Moisés conforme a la palabra de Jehová» (1 Cr. 15:11–15).

Merece notarse que cuando el arca había de ser trasladada e instalada en su lugar en el templo que estaba a punto de ser dedicado, Salomón hizo que se observara el «debido orden»: «Y vinieron todos los ancianos de Israel, y los levitas tomaron el arca; y llevaron el arca, y el tabernáculo de reunión, y todos los utensilios del tabernáculo. Los sacerdotes y los levitas los llevaron. […] Y los sacerdotes trajeron el arca del pacto de Jehová a su lugar» (2 Cr. 5:4–5, 7).[2]

La historia de este asunto refuerza la impresionante lección de que no tenemos libertad para usar nuestro propio juicio ni para actuar sin una autorización divina en lo que concierne a las cosas que Dios ha ordenado.

(7) 2 Crónicas 26:16–21: El rey Uzías oficiando como sacerdote.

Dios no había dado autorización alguna para que un rey actuara como sacerdote, y Uzías emprendió con arrogancia, sin tal autorización, el ejercicio de funciones sacerdotales. Las consecuencias de su impiedad se describen vívidamente en el siguiente relato:

«Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso. Y entró tras él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones valientes. Y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo; sal del santuario, porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios. Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira; y en su ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso. Y le miró el sumo sacerdote Azarías, y todos los sacerdotes, y he aquí la lepra estaba en su frente; y le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y él también se dio prisa a salir, porque Jehová lo había herido. Así el rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte, y habitó leproso en una casa apartada, por lo cual fue excluido de la casa de Jehová» (2 Cr. 26:16–21).

(8) 2 Crónicas 28:3–5: El rey Acaz ofendiendo doblemente en cuanto a función y lugar.

Ejerció funciones sacerdotales sin una autorización divina, y las ejerció en lugares que Dios no había señalado. Por esta impía autoafirmación fue visitado con la venganza divina.

«Quemó también incienso en el valle de los hijos de Hinom, e hizo pasar a sus hijos por fuego, conforme a las abominaciones de las naciones que Jehová había arrojado de la presencia de los hijos de Israel. Asimismo sacrificó y quemó incienso en los lugares altos, en los collados y debajo de todo árbol frondoso. Por lo cual Jehová su Dios lo entregó en manos del rey de Siria, los cuales lo derrotaron, y le tomaron gran número de prisioneros que llevaron a Damasco. Fue también entregado en manos del rey de Israel, el cual lo derrotó con gran mortandad» (2 Cr. 28:3–5).

(9) Los celos de Dios por el principio de una autorización divina para todo en su adoración se ilustran de la manera más conspicua en tiempos del Nuevo Testamento, por los tremendos juicios que sobrevinieron al pueblo judío por perpetuar, sin tal autorización, el ritual típico del servicio del templo.

Hasta que fue ofrecido el gran sacrificio expiatorio, ellos tenían un mandato positivo de Dios para la observancia de ese orden. Pero cuando ese sacrificio fue ofrecido, el velo del templo fue rasgado en dos, y el Espíritu Santo fue derramado copiosamente en la inauguración de una nueva dispensación, la autorización positiva para la adoración del templo fue retirada. Esto fue lo que Esteban sostuvo ante el concilio, y el ilustre testigo de Cristo fue asesinado por su testimonio.

Él les echó en cara que, cuando sus padres no tenían autorización para adorar sacrificialmente sino en el templo, persistieron en observar ese culto en otros lugares; y ahora que Dios había retirado la autorización para adorar en el templo, ellos exigían el derecho de adorar allí. «Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo», dijo el glorioso siervo de Jesús (Hch. 7:51).

Por este pecado, mediante el cual ratificaron su rechazo de su Mesías y Salvador, su estado eclesiástico y su organización nacional fueron demolidos, y ellos, después de experimentar una tribulación sin precedentes, fueron esparcidos a los cuatro vientos del cielo. ¿No tenemos ante nosotros la evidencia de esto hasta el día de hoy?

De este modo ha quedado establecido, por un recurso tanto a las declaraciones didácticas de la palabra de Dios como a casos particulares registrados en la historia bíblica, el poderoso principio de que se requiere una autorización divina para todo lo tocante a la fe y la práctica de la iglesia; que todo lo que no está mandado en las Escrituras, ya sea explícitamente o por buena y necesaria consecuencia, está prohibido.

La aplicación especial de este principio a la adoración de Dios, tal como se ilustra en los ejemplos concretos que se han presentado, no puede escapar ni siquiera a la observación menos atenta. Se ve a Dios manifestando un celo vehementísimo por proteger la pureza de su adoración. Cualquier intento de afirmar el juicio, la voluntad, el gusto del hombre al margen de la autorización expresa de su palabra, e introducir en su adoración invenciones, artificios y métodos humanos, fue alcanzado por una retribución inmediata y reprendido por los rayos de su ira.

Y no debe maravillarnos; porque el servicio que la criatura profesa rendir a Dios alcanza su expresión más alta y más formal en la adoración que se le ofrece. En este acto, la majestad del Altísimo es confrontada directamente. El adorador se presenta cara a cara con el soberano infinito del cielo y de la tierra, y pretende depositar a sus pies el homenaje más sincero del corazón. En la realización de un acto semejante, violar las disposiciones divinas o ir más allá de la prescripción divina —afirmar la razón de una criatura pecadora contra la sabiduría de Dios, la voluntad de una criatura pecadora contra la autoridad de Dios— es lanzar deliberadamente un insulto a su rostro y arrojar una indignidad contra su trono. ¿Qué otra cosa podría seguir sino el relámpago de la indignación divina?

Es verdad que, en la dispensación del Nuevo Testamento, tal arresto tan rápido y visible contra este pecado no es la regla ordinaria. Pero la paciencia y la longanimidad de Dios no pueden constituir justificación alguna para su comisión. Su castigo, si no se arrepiente, sólo es diferido. «Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal» (Ec. 8:11); mientras la justicia retrasada de Dios va acumulando indignación para estallar como un torrente abrumador en el día terrible de la ira.

El principio que se ha enfatizado se halla en oposición directa al que sostienen romanistas y prelatistas, y —lamento decirlo— presbiterianos laxos: que lo que no está prohibido en las Escrituras está permitido. La Iglesia de Inglaterra, en su vigésimo artículo, concede a la iglesia «poder para decretar ritos y ceremonias», con esta sola limitación sobre su ejercicio: «que no es lícito a la iglesia ordenar cosa alguna que sea contraria a la palabra escrita de Dios».

El principio del poder discrecional de la iglesia respecto de las cosas no mandadas por Cristo en su palabra fue la fuente principal de la que fluyó la marea, cada vez mayor, de corrupciones que arrastró a la iglesia latina a la apostasía respecto del evangelio de la gracia de Dios. Y, tan cierto como lo es que las causas producen sus efectos apropiados y que la historia se repite obedeciendo a esa ley, cualquier iglesia protestante que incorpore ese principio en su credo está destinada, tarde o temprano, a experimentar un destino similar. Lo mismo puede afirmarse de una iglesia que, aunque lo rechace formalmente, en la práctica se conforme a él.

La razón es clara. El único freno que detiene la tendencia degenerativa de la iglesia —tendencia manifestada en todas las épocas— es la palabra de Dios; porque el mismo Espíritu de gracia opera ordinariamente sólo en conexión con esa palabra. Si se desecha este freno, la caída hacia abajo es segura.

Las palabras del gran teólogo John Owen —y las Islas Británicas no han producido a nadie mayor— son solemnes y merecen ser seriamente meditadas:

«El principio de que la iglesia tiene poder para instituir cualquier cosa o ceremonia perteneciente a la adoración de Dios, ya sea en cuanto a materia o forma, más allá de la observancia de tales circunstancias como necesariamente acompañan las ordenanzas que Cristo mismo ha instituido, yace en el fondo de toda la horrible superstición e idolatría, de toda la confusión, sangre, persecución y guerras que por tanto tiempo se han extendido sobre la faz del mundo cristiano».

A la luz de consideraciones como estas, confirmadas —como lo están— por los hechos de toda la historia pasada, es fácil ver cuán irrelevante y carente de fundamento es la burla que lanzan los altos eclesiásticos, los ritualistas y los latitudinarios de toda laya contra quienes sostienen el principio opuesto, tildándolos de fanáticos de mente estrecha que se deleitan en insistir en detalles triviales.

La verdad es exactamente la contraria. El principio sobre el cual se arroja este desprecio barato es sencillo, amplio, majestuoso. Afirma únicamente aquello que Dios ha mandado, las instituciones y ordenanzas que él ha prescrito y, fuera de esto, no desempeña sino una función negativa que barre toda trivial invención de la fantasía artificiosa del hombre.

No son los defensores de este principio, sino sus opositores, quienes se deleitan en insistir en cruces, genuflexiones e inclinaciones hacia el oriente; en vestiduras, altares y candelabros; en órganos y cornetas, y en «las queridas antífonas que tanto hechizan a sus prelados y capítulos con el hermoso eco que producen»; en fin, en toda esa menuda bagatela que, heredada de la mujer vestida de púrpura y escarlata, marca la tendencia de regreso hacia el Rubicón y hacia el emporio de almas de las siete colinas.

Pero, sea lo que fueren el pensar o el hacer de otros, los presbiterianos no pueden abandonar este principio sin incurrir en la culpa de una defección respecto de sus propios venerables estándares y de los testimonios sellados con la sangre de sus padres. Entre los principios que los reformadores extrajeron de entre los escombros de la corrupción y volvieron a levantar a la luz, ninguno fue más amplio, más de largo alcance y más profundamente reformador que este. Golpeó la raíz de toda doctrina y práctica falsa, y exigió la restauración de la verdadera.

Alemania ha sido infinitamente peor a causa del fracaso de Lutero en aplicarlo por completo. Calvino lo impuso con mayor plenitud. La gran Iglesia protestante francesa, con la excepción de conservar un vestigio litúrgico de la piedad papista, le dio una aplicación grandiosa; y Francia sufrió una pérdida irreparable cuando prácticamente exterminó —a punta de dragones— al cuerpo que lo mantenía. John Knox lo estampó en el corazón de la Iglesia escocesa, y constituyó la gloria de los puritanos ingleses.

¡Ay!, que esté entrando en decadencia en las iglesias presbiterianas de Inglaterra, Escocia y América. ¿Qué queda, sino que quienes todavía lo ven y se aferran a él como a algo más querido que la vida misma sigan pronunciando, por débil e ineficaz que sea, su testimonio invariable a su verdad? Es la acrópolis de las libertades de la iglesia, el paladión de su pureza. Una vez perdido, nada quedará a la esperanza, sino dirigir su mirada hacia el amanecer del día milenario. Entonces —estamos autorizados a esperarlo— se efectuará una reforma más radical y gloriosa que cualquier otra que haya bendecido a la iglesia y al mundo desde la magnífica propagación del cristianismo por medio de los trabajos de los mismos apóstoles inspirados.


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