Objeción: Los himnos del apocalipsis

El libro de Apocalipsis abunda en terminología musical y en ejemplos de ejecución musical (por ejemplo, Ap. 4:8, 11; 5:9–13; 7:10, 12; 11:8, 17, 18; 12:10–12; 15:3, 4; 19:1, 2, 5, 8; 21:1–5; cf. 14:3). Sin embargo, esos cánticos y alusiones al canto no tienen una incidencia directa sobre la cuestión del canto de adoración en nuestras circunstancias presentes. Los cantos de Apocalipsis no pueden ser abstraídos de su contexto apocalíptico. Son una parte integral de una visión profética muy compleja, no instancias de la práctica de adoración apostólica destinadas a servir de modelo para nuestros propios cultos de adoración. Con una sola excepción, los cantos son entonados por ángeles y santos glorificados. En el versículo exceptuado (5:13ss), por lo visto no se tiene en mente un canto literal, puesto que incluso de los objetos inanimados de la creación se dice que alzan sus voces en alabanza a Dios. El cántico de 4:8 es entonado exclusivamente por los cuatro seres vivientes; el de 4:11 por los veinticuatro ancianos; y el de 5:9ss por los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos. En 14:3 se subraya el hecho de que solo los 144.000 que habían sido comprados de entre la tierra podían aprender el «cántico nuevo» mencionado allí. El cántico de Moisés y el cántico del Cordero (15:3ss) fueron entonados únicamente por aquellos que habían salido victoriosos de la bestia. El cántico de 5:13 resulta de particular interés porque nos dice mucho acerca de la función del canto en el mismo libro de Apocalipsis. No es inusual, en las secciones apocalípticas de la Escritura, que se atribuya habla o alabanza a objetos inanimados. Sin embargo, sí es algo inusual que se registren las mismas palabras de dicha alabanza. En nuestra opinión, la única manera de dar sentido al cántico de Apocalipsis 5:13 es ver el canto en Apocalipsis como un recurso literario complejo, adaptado para expresar poéticamente la sustancia de una visión que, en última instancia, es inexpresable. Si el cántico de 5:13 no debe tomarse como un canto realmente entonado o «vocalizado» por los objetos inanimados allí mencionados, no vemos razón alguna para tomar cualquiera de los demás cánticos de Apocalipsis como algo distinto de recursos poéticos o literarios.

Como hemos intentado mostrar, el requisito de cantar exclusivamente los Salmos está íntimamente ligado con el cierre del canon del Antiguo Testamento y el consiguiente cierre del Salterio. La situación que se nos presenta en el libro de Apocalipsis va mucho más allá de las restricciones impuestas por un canon cerrado. Los cánticos entonados por ángeles y santos glorificados son, por su misma naturaleza, composiciones inspiradas, puesto que proceden del mismo cielo y del trono y presencia de Dios. Pero las restricciones impuestas por un canon cerrado siguen aplicando en nuestra propia dispensación y habitación terrenal, y nuestra salmodia está limitada en consecuencia. Argumentar que podemos hacer lo que los ángeles y los santos glorificados sentados en el cielo ante el trono de Dios pueden hacer, es manifiestamente falso. El libro de Apocalipsis rebosa de ritos oscuros, de tronos y templos, y de toda una multitud de actos litúrgicos que de ninguna manera pueden relacionarse con nuestras propias circunstancias de adoración. El intento de derivar elementos de culto a partir de una literatura tan apocalíptica solo puede conducir al caos litúrgico.

A veces se sugiere que los cánticos que se encuentran en el libro de Apocalipsis son representativos de la liturgia musical de la iglesia apostólica y fueron extraídos de ella. Sin embargo, esto es difícilmente posible porque, como comenta Delling, «Textualmente apenas pueden haber sido tomados de otras fuentes, puesto que pertenecen de lleno a las diversas situaciones del contexto escatológico»1. Los cánticos del libro de Apocalipsis son una parte integral de la estructura de la visión de Juan y, por tanto, no pueden considerarse restos o ejemplos del canto de adoración cristiana primitiva.

No podemos entrar aquí en una exégesis detallada de las secciones musicales del Apocalipsis. No obstante, algunos comentarios relativos a ciertos aspectos del tema pueden ser de ayuda. En ocasiones se apela al «cántico nuevo» de Apocalipsis 14:3 como justificación para la creación de «nuevos cánticos» ahora. Sin embargo, el pasaje en cuestión debe entenderse en el contexto del concepto general de «novedad» escatológica que halla expresión en tantas secciones apocalípticas de la Escritura. La frase «cántico nuevo» (ᾠδὴ καινὴ, «שִׁיר חָדָשׁ») se encuentra en varios lugares de ambos Testamentos. Originalmente significaba un cántico de alabanza inspirado por la gratitud por nuevas misericordias. En este sentido aparece seis veces en el Salterio.2 Es evidente, sin embargo, que la referencia a un «cántico nuevo» en cada uno de estos casos es o bien una referencia al salmo particular en cuestión o bien una figura retórica que debe interpretarse metonímicamente como una doxología o una oración de acción de gracias. En cualquier caso, tales referencias no constituyen una autorización para que produzcamos cantos de adoración no inspirados, ni más ni menos que lo eran para los santos del Antiguo Testamento. Muy a menudo, especialmente en las secciones escatológicas de la Escritura, la expresión «cántico nuevo» no es más que una figura retórica, sin referencia directa alguna a un cántico literal de adoración. Tal es el caso, por ejemplo, de Isaías 42:10 (cf. 24:14ss; Ap. 5:13), donde se llama a las islas y sus habitantes, a las ciudades y sus moradores, y a todo lo que vive y se mueve en el mar a alabar al Señor con un «cántico nuevo». La atribución de canto a objetos inanimados es aquí, por supuesto, un recurso hiperbólico destinado a expresar poéticamente el alcance integral de las operaciones salvíficas de Dios y la plenitud de la alabanza que se le debe (cf. Is. 55:12ss). No hay aquí ninguna autorización para la producción de cantos de adoración no inspirados, ni hay indicio alguno de que sus oyentes originales lo entendieran de ese modo.

El concepto de «novedad» es un rasgo destacado de las secciones apocalípticas de la Escritura, y esto es particularmente cierto del libro de Apocalipsis. Se nos habla, por ejemplo, de un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap. 21:1; 2 P. 3:13; Is. 65:17); de la nueva Jerusalén (Ap. 3:12; 21:2); del nombre nuevo (Ap. 2:17; 3:12; Is. 62:2; 65:15); y del cántico nuevo (Ap. 5:9; 14:3). De hecho, se nos dice que todas las cosas serán hechas nuevas (Ap. 21:5). El concepto de «novedad» en el libro de Apocalipsis se utiliza como un recurso poético para expresar, en un sentido intensificado, la plenitud y el alcance de la redención escatológica de todas las cosas. El «cántico nuevo», el «nombre nuevo», los «cielos nuevos», la «tierra nueva» y la «nueva Jerusalén» son todos todavía futuros. El hecho de que en estas visiones tengamos una anticipación presente de esta novedad no proporciona más justificación para la producción de «nuevos» cantos de adoración que la que proporciona para la construcción de una «nueva Jerusalén». Más bien ocurre exactamente lo contrario. Es muy significativo, de hecho, que el canto de adoración se coloque en la categoría de las cosas «nuevas» de la visión de Juan. El carácter distintivo de la «novedad» atribuida a estos objetos es su origen divino. La vieja creación gime y sufre dolores de parto aun ahora bajo la corrupción del pecado, de modo que el mismo Señor proveerá una nueva. Los hombres no construyen por sí mismos la nueva Jerusalén; es formada directamente por la mano de Dios y descendida del cielo (Ap. 21:2). La «novedad» escatológica en el libro de Apocalipsis es funcionalmente equivalente al origen divino. Esto es tan cierto del «cántico nuevo» como de los «cielos nuevos» y de la «tierra nueva». La «novedad» escatológica en el canto puede verse, pues, como funcionalmente equivalente a la inspiración inmediata de parte de Dios. Vista así, los «nuevos» cánticos de Apocalipsis, lejos de proporcionar una autorización para el uso de cantos no inspirados en el culto, vuelven a sacar a relucir el mismo principio básico que hemos visto una y otra vez en nuestra consideración de los principios bíblicos del culto, a saber, que la producción de un canto de adoración aceptable es prerrogativa exclusiva del mismo Dios, en cuanto Él obra por medio de autores inspirados apartados por Él para esa tarea.

Por supuesto, hay que conceder que las visiones apocalípticas de Isaías y del libro de Apocalipsis sí tienen referencia, hasta cierto punto, a nuestra propia dispensación. Ciertamente el «nuevo pacto» (Jer. 31:31ss; 1 Co. 11:25; He. 8:8ss; 9:15), la descripción del cristiano como «nueva creación» (2 Co. 5:17) y otras expresiones semejantes son anticipaciones presentes de la situación escatológica descrita en la visión de Juan. Sin embargo, persiste la pregunta de si existe algún sentido, proléptico o de otro tipo, en el cual el canto de adoración de la iglesia previa al consumación ha de compartir esta novedad escatológica. En respuesta a esta cuestión puede observarse, ante todo, que gran parte de la «novedad» de la que disfruta la Iglesia en esta dispensación es claramente de carácter proléptico o anticipatorio. Aun nuestra salvación, aunque completa en Cristo, se presenta en la Escritura como algo con referencia futura. Nuestra «novedad» redentiva todavía no se ha realizado plenamente. Se nos dice que nos vistamos del «nuevo hombre» (Ef. 4:22–44) porque nuestro «viejo hombre» fue crucificado juntamente con Cristo (Ro. 6:6), y sin embargo todo cristiano da testimonio de la fuerza del «viejo hombre» que aún permanece (cf. Ro. 7:23). Somos nuevas criaturas en Cristo, y, no obstante, esperamos el día cuando todas las cosas serán hechas nuevas. Todo esto nos enseña que esa «novedad» en el estado presente de las cosas no es en absoluto incompatible con la continuación de ciertos aspectos del orden antiguo. De los muchos ejemplos que podrían mencionarse aquí, quizá ninguno sea más claro que el del «mandamiento nuevo» dado por Cristo a sus discípulos. Su «mandamiento nuevo», que nos amemos unos a otros (Jn. 13:34), en realidad no era un mandamiento nuevo en absoluto. De hecho, estaba incorporado en la Ley mosaica (Lv. 19:18). Era, como nos dice Juan, un mandamiento nuevo que al mismo tiempo era un mandamiento antiguo (1 Jn. 2:7; 2 Jn. 5). La novedad radicaba en la nueva perspectiva que se nos da sobre el antiguo mandamiento como resultado de la manifestación del amor de Dios en Cristo. La «novedad» del Nuevo Testamento en lo que respecta a la ley de Dios no tiene tanto que ver con el contenido como con la perspectiva. La ley no ha sido abolida en Cristo. Ha sido cumplida y, por tanto, colocada en una nueva luz, pero no ha sido sustituida por una ley nueva.

Del mismo modo, la «novedad» en el canto de la que es heredero el Nuevo Testamento no tiene que ver con el contenido per se, sino con una novedad de perspectiva. Aun si los pasajes de Isaías 42:10 y Apocalipsis 5:19 y 14:3 se consideran como poseedores de una significación preconsumatoria, aun así no hay base para ver en ellos un mandato para la producción de cantos no inspirados para el culto. Si el concepto de «novedad» escatológica se entiende en su contexto apropiado, ocurre más bien lo contrario. La novedad en el sentido escatológico excluye por completo la invención humana. El único presupuesto esencial que subyace a la necesidad de «cielos nuevos», «tierra nueva», «nueva Jerusalén», «nuevo pacto» y «cántico nuevo» es el hecho de que el orden antiguo ha sido profundamente corrompido por el contacto de la mano pecaminosa del hombre. Dios ha de ser, por tanto, el único artífice del nuevo orden, aun en sus manifestaciones prolépticas.

También debemos tener presente que los Salmos del Antiguo Testamento pueden considerarse como «nuevos cánticos», porque todos ellos han adquirido un nuevo significado a la luz de su cumplimiento en Cristo y de la luz interpretativa que el Nuevo Testamento proyecta sobre ellos. Vistos así, los Salmos sirven de manera del todo suficiente como realización proléptica de la necesidad de «nuevos cánticos» en la adoración a Dios. Debido a su origen divino y a su conexión orgánica con el resto de la Escritura, cumplen este propósito de un modo que no puede ser igualado, y mucho menos superado, por las composiciones presuntuosas de hombres no inspirados. Lo antiguo no ha sido reemplazado. Se ha hecho nuevo.


  1. Delling, TDNT, vol. VIII, p. 502. ↩︎
  2. Salmos 32 (33):3; 39 (40):4; 95 (96):1; 97 (98):1; 143 (144):9; 149:1. ↩︎

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