Si la Biblia es nuestra principal norma de fe y conducta ¿qué importancia puede tener un artículo dedicado a cuestiones meramente históricas?
Señalar a los hechos y posturas históricas es útil porque si nos encontramos completamente solos en una postura, debemos guardar ciertas reservas hacia esa postura. Si la postura que defendemos aquí carece de apoyo histórico; si es una postura que nunca ningún cristiano antes de nosotros ha adoptado y sostenido, ciertamente, debe ser considerada como una postura poco confiable. Pero si logramos demostrar que es una postura con amplio apoyo histórico, habremos demostrado que no estamos defendiendo una doctrina que deba ser descartada velozmente.
La misma Escritura nos indica que «ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada» (2ª Pedro 1:20). Esto significa que ningún texto bíblico debe ser interpretado bajo al criterio de un único individuo, ni de sus conclusiones personales. Necesitamos de la sabiduría colectiva de la iglesia, necesitamos de otros creyentes. Siempre habrá gente más preparada y piadosa a la que el Espíritu Santo ilumine para comprender la Escritura con una luz que, talvez, no llegue a brillar sobre uno mismo. Y no me refiero únicamente a la ayuda de otros hermanos en la fe actualmente vivos. Gracias a Dios, por medio de los libros, tenemos acceso a la opinión de hermanos que ya no están con nosotros. Cuando lo pensamos bien este es un hecho asombroso. Tenemos dos mil años de desarrollo del cristianismo. Creer que el verdadero entendimiento de la Escritura comenzará a partir de nuestras lecturas personales y privadas sería algo muy arrogante. Seríamos necios si ignoramos el testimonio de nuestros hermanos en la fe de todos los dos mil años de estudio y reflexión que nos han antecedido. Incluso pecaríamos por menospreciar el trabajo que el propio Espíritu Santo ha hecho en las mentes de otros creyentes, iluminándoles, cuando los ha llevado a la verdad y permitido dejarnos sus conclusiones en obras magistrales. Cuando hacemos teología debemos ser humildes y recurrir al testimonio de aquellos santos de antaño.
Por lo tanto, estimado lector, permíteme llevarte a visitar ciertos tiempos claves. Veremos lo que ha acontecido en estos dos mil años con respecto al canto de los Salmos en la adoración religiosa a Dios. Por supuesto, como comprenderás, este no es un libro de historia, por lo que no podremos ahondar en el tema. Mis más atentas disculpas si no podemos quedarnos por muchas líneas en cada período.
Antes de iniciar permíteme darte el itinerario del viaje. En este artículo, visitáremos primero la iglesia primitiva, me refiero a la iglesia de los primero 300 años d.C (y un poco más adelante). Nuestra segunda parada será en el tiempo de la Reforma Protestante. Ya sé, daremos un brinco muy largo. Pero valdrá la pena. Después, iremos al tiempo post-reforma, a los reformados que vivieron después de Calvino y a las iglesias que son consideradas herederas de la fe reformada[1]. ¿Listo? Acompáñame…
IGLESIA PRIMITIVA
«Aquellos que contienden por el uso exclusivo del Salterio de las Escrituras en la alabanza formal a Dios econtrarán un la historia de la Iglesia primitiva una señal de confirmación de su posición»[2].
Es un hecho muy relevante que, a parte de los salmos del Antiguo Testamento, no existe evidencia de que, durante los primero 300 años de historia cristiana, los creyentes hayan usado otros cantos en el culto público. Así es, al parecer fueron 300 años entonando solo los salmos en el momento de adoración religiosa.
Para comenzar desde la era apostólica, podemos decir que la ausencia de una controversia en este sentido, en los primeros años de la iglesia, favorece a la Salmodia Exclusiva, pues supongamos por un momento que desde aquel tiempo los creyentes gentiles comenzaron a introducir cantos de composición humana en la adoración. Entonces, tal como dice el profesor John MacNaugher:
«¿No habría provocado esto una fuerte protesta entre sus hermanos judíos? Los primeros conversos al cristianismo fueron generalmente judíos. Ellos formaron el comienzo de las iglesias en los pueblos y ciudades del Imperio Romano, y por un tiempo debieron haber tenido prestigio y una posición privilegiada. Trajeron con ellos, de la sinagoga, los muy estimados salmos, aquellos salmos que estaban vinculados con sus tradiciones más sagradas, y que se sabía que habían sido empleados por el Maestro, por lo que debieron haber sido considerados como doblemente consagrados. Aferrándose a estos con una reverencia heredada, debieron haberse resentido tremendamente por una himnodia gentil sin inspiración. El hecho, por lo tanto, de que en el tema de la alabanza no haya el más mínimo eco de discordia o controversia en la iglesia apostólica, indica que no hubo intrusión de ningún elemento extraño»[3].
Como dice el reconocido historiador Philip Schaff:
«No nos quedan canciones religiosas del período de persecución (es decir, los primeros tres siglos) excepto la canción de Clemente de Alejandría al Logos divino, que, sin embargo, no puede llamarse un himno, y probablemente nunca fue destinada para el uso público»[4].
Desde una fecha muy temprana los creyentes usaron en sus cultos los salmos encontrados en las Escrituras judías del Antiguo Testamento. Incluso quienes no están de acuerdo con la Salmodia Exclusiva admiten que el primer himnario cristiano para la adoración del culto cristiano fue el libro de los salmos.
Pero nada se compara con recibir el testimonio histórico de primera mano. Basilio el Grande, conocido como uno de los Padres Capadocios (330 – 379 d.C.), en su homilía del Salmo 1, describe un poco de lo que sucedía en su tiempo y de las prácticas de los creyentes comunes de aquel entonces:
«Cantan los versos de los salmos, incluso en casa, y los difunden en el mercado, y si por casualidad alguien se enoja mucho, cuando comienza a ser apaciguado con las palabras de los salmos, se marcha con la ira de su alma inmediatamente arrullada por medio de la melodía»[5].
Por la manera en la que este Padre Capadocio describe el uso de los salmos entre el pueblo cristiano, es probable que esto fuese algo que ya llevaba tiempo sucediendo en la iglesia y no algo que apenas había iniciado en tiempos de él.
En aquellos días también San Jerónimo, probablemente alrededor del año 386 d.C. escribió acerca del uso cotidiano que los salmos tenían entre los cristianos:
«En la casa de Cristo todo es sencillo y rústico; y excepto en el momento del canto de los salmos, todo es completo silencio. Dondequiera que uno se vuelve, mira al obrero en su arado cantando aleluya; y al que corta el césped, él mismo se alegra con los salmos, y mientras el viñador poda su vid canta una de las canciones de David. Estas son las canciones del país; estos, en la frase popular, son cancioncillas de amor: estos son los silbidos del pastor; éstos el labrador utiliza para ayudarse en su trabajo»[6].
Unos pocos años después recibimos el testimonio de Juan Crisóstomo (347-407) acerca del uso que se le daban a los salmos en su época, o más bien, del obrar del Espíritu Santo en los hombres de aquel entonces con respecto a los salmos:
«La gracia del Espíritu Santo así lo ha ordenado, que los Salmos de David sean recitados y cantados día y noche. En las vigilias de la Iglesia, en la mañana, en las solemnidades funerarias, el primero, el medio y el último es David. En casas privadas, donde las vírgenes giran, en los monasterios, en los desiertos, donde los hombres conversan con Dios, el primero, el medio y el último es David. En la noche, cuando los hombres duermen, los despierta para cantar; y reuniendo a los siervos de Dios en tropas angelicales, convierte la tierra en cielo, y de hombres hace ángeles cantando los Salmos de David»[7].
Existe una evidencia todavía más antigua, que nos remonta hasta el año 112 d.C. Esta es la evidencia más temprana sobre lo que los cristianos cantaban en el culto público. Plinio el Joven escribe a Trajano contándole sobre los cristianos y dice:
«…tienen el hábito de juntarse en un día acordado en la semana, antes de que haya luz, cuando cantan en versos alternados un himno a Cristo, como a Dios…»
Esta carta parece indicar que los creyentes de la iglesia primitiva cantaban otros cantos a parte de los salmos, en la adoración a Dios. No obstante, este no es el caso. La expresión traducida regularmente como: «cantan en versos alternados un himno a Cristo, como a un Dios», en su idioma original, en latín, se encuentra solo en cuatro palabras: «carmenque Christo quasi deo». De las últimas tres palabras, casi podemos adivinar su traducción: «Cristo, como a un Dios». Pero ¿qué significa la palabra «carmenque»? Esta palabra tiene como raíz la palabra «carmen» que, según cualquier diccionario del latín, significa simplemente «canción». Esta canción bien pudiese ser un himno compuesto por hombres o bien pudiese ser un salmo. Plinio el Joven, no especifica. Pero, en cualquier caso, Plinio el Joven no usó la palabra «himno», como a nuestros detractores les gustaría.
Nuestros opositores, además, alegan que las palabras de Plinio implican que los creyentes pronunciaban la palabra «Cristo» en sus cantos, lo cual implicaría que ellos no cantaban exclusivamente los salmos, pero esto no es lo que Plinio dijo. Él dijo que los cristianos cantan «a Cristo como a un Dios». Si yo digo que le canto «a mi esposa como a una musa» ¿significa eso que en mi canto pronunciaré la palabra «esposa»? ¡Evidentemente no! Simplemente significa que es a ella a quien dirijo mi canto. Esto mismo significa lo que Plinio escribió. Los cantos de los cristianos alrededor del año 112 d.C. eran dirigidos a Cristo como si este fuese un Dios. Nosotros sabemos que eran salmos del Antiguo Testamento, dirigidos a Cristo sabiendo que Él es Dios.
El profesor Kenneth Scott Latourette lo afirma de este modo:
«…hasta cerca del final del siglo IV, en los servicios de la Iglesia Católica solo se cantaban los Salmos del Antiguo Testamento y los himnos o cánticos del Nuevo Testamento: los otros himnos eran para uso personal, familiar o privado»[8].
Así que, tal como hemos dicho, fuera del culto nos encontramos en un ámbito muy particular pero dentro del culto en otro. Fuera del culto sí había himnos extra-bíblicos, pero dentro del culto no.
Debe notarse que no estoy diciendo que no poseamos evidencia de la existencia de otros cantos cristianos, lo que digo es que no hay evidencia de que éstos fuesen usados en la liturgia de las iglesias sino hasta finales del siglo IV.
De hecho, los cantos de composición humana fueron introducidos al culto, por primera vez, por los primeros herejes de la Iglesia. Esta no es una opinión sino un hecho y un hecho muy significativo. No hubo cantos sin inspiración en el culto hasta que los herejes los introdujeron.
Bardaisan, también referido como Bardesano, Bardesan o Bardesanes, sospechoso de herejía a fines del siglo dos, poseía una colección de ciento cincuenta himnos no bíblicos[9]. Al parecer, otros herejes como Pablo de Samosata y Apolinar también tenías sus composiciones.
Agustín de Hipona, en el año 430 d.C habla de los donatistas diciendo: «los donatistas nos acusan de que en la iglesia salmodiamos con sobriedad los divinos cánticos de los profetas, mientras ellos inflaman su embriaguez al son de los salmos compuestos por el ingenio humano»[10].
Agustín habla de «salmos compuestos por el ingenio humano», para referirse a cantos inventados por hombres y no entregados a la iglesia, por Dios, en la Escritura. Y habla de estos como de algo errado.
Pero fue Arrio, el mayor hereje de la antigüedad, quien dijo: «Déjenme hacer las canciones del pueblo y no me importará quién haga sus leyes». Arrio sabía que mientras que pudiese esparcir sus enseñanzas por medio de melodías compuestas por él, sus ideas serian imparables. Así lo hizo y su éxito, lamentablemente, no fue poco.
Esto parece haber sido una práctica estándar entre los movimientos heréticos[11]. Históricamente, fueron las iglesias que coquetearon con el error las que incluyeron canciones de composición humana en el culto público; mientras que las que, por gracia de Dios, perseveraron en la pureza de la doctrina, terminantemente rechazaron las alabanzas de composición humana y sin autorización bíblica.
No fue sino progresivamente y poco a poco que los cantos no inspirados comenzaron a aceptarse y cantarse en las iglesias, pero no sin oposición y lucha por parte de creyentes bíblicos y celosos por la adoración.
Esto es algo que incluso quienes favorecen el uso de himnos no bíblicos aceptan, a pesar de que quieran llamarle «prejuicio», como en el caso del hermano C. Northcott:
«En la Iglesia Occidental, los himnos tardaron en ganar aprobación debido al prejuicio contra las alabanzas no-Escriturales. No fue sino hasta cerca del final del siglo cuarto que comenzó a practicarse el canto de los himnos en las iglesias»[12].
Ya en el Sínodo de Laodicea (343 d.C.) en el Canon 59 puede leerse que el sínodo prohibió: «los salmos compuestos por individuos en privado» como también prohibió la lectura de «libros no canónicos».
Algunos años después de aquel concilio, fue Agustín de Hipona (430 d.C.) quien dijo: «Y no deseéis cantar sino aquello que está mandado que se cante; pero lo que no está escrito para ser cantado, que no se cante»[13] ¿Mandado dónde y escrito dónde? La respuesta debe ser evidente ¡Mandado en las Escrituras y escrito en las Escrituras!
Después, el Concilio de Braga (561 d.C.) dejó establecido en su Canon 12: «No debe cantarse ninguna composición poética en la iglesia excepto los salmos del canon sagrado.»
Toda esta evidencia hace innegable que la práctica común de las iglesias antiguas fue la de cantar exclusivamente material bíblico y no introducir al culto público canciones inventadas por la mente humana.
REFORMA PROTESTANTE
Daremos ahora, un salto considerable. De la Iglesia Primitiva, nos dirigiremos hacia la iglesia en tiempos de la Reforma Protestante.
Se reconoce como el inicio de la Reforma Protestante, el día en que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517. La idea popular es que la Reforma Protestante trató sobre Lutero y sobre la reforma que tuvo lugar durante su vida. Pero este es un pensamiento, a penas, parcialmente cierto.
Con Martín Lutero la Reforma inició y tomó fuerza, pero con la aparición de otros reformadores (como Calvino o Zwinglio) el movimiento de reforma experimentó cierta ramificación. La reforma iniciada por Lutero y los luteranos tuvo su propio desarrollo. La reforma impulsada por Juan Calvino y sus escritos, avanzó por otro camino e incluso fue más allá que la de Lutero.
Así, Lutero podrá ser el más famoso de los reformadores, pero no es el todo de la Reforma Protestante.
Es importante aclarar este punto ya que, en cuanto al culto, Lutero fue más partidario del Principio Normativo, mientras que Calvino siempre defendió el Regulador. Por supuesto, en aquel tiempo a estos principios no se les llamó de este modo, de hecho, no tenían un nombre determinado. Sin embargo, por los escritos y prácticas de ambos reformadores, siempre ha sido evidente qué reformador tendía a cuál principio.
Lutero, por ejemplo, no tuvo ningún temor en componer el famosísimo himno «Castillo Fuerte» e introducirlo al culto, mientras que la opinión de Calvino sobre los cantos en el culto fue mucha más estricta.
Las iglesias que se identifican como «reformadas» son las que siguen la herencia del reformador de Ginebra. Yo como reformado, en esta sección sobre la Reforma Protestante, naturalmente me enfocaré en Calvino, en Ginebra, en su iglesia, en sus prácticas, en sus creencias, en su reforma y no en la reforma luterana.
Iniciemos preguntándonos ¿Qué se cantaba en Ginebra? En Ginebra, en la Iglesia donde Calvino tuvo el liderazgo, lo que se cantaba principalmente eran los salmos. Como el Pastor John Sawtelle habla sobre esto:
«Aunque ya se cantaban los Salmos entre los reformados en la década de 1520, fue Calvino quien ayudó a que esta práctica llegara a ser una seña de identidad para las iglesias reformadas. Tomando una vía media entre Lutero, por un lado, quien incorporó himnos y salmos en la adoración pública, y Zwinglio, por otro, quien rechazó totalmente el uso tanto de instrumentos como incluso del canto en el culto público, Calvino propuso el canto de los Salmos a capela por toda la congregación»[14].
Todavía en Estrasburgo, en 1539, Calvino mismo supervisó la edición y publicación de un Salterio francés. Un poco después, ya como ministro en Ginebra en 1542, Calvino publicó una nueva versión del Salterio. Estos fueron los primeros intentos por parte de Juan Calvino por dar a la iglesia los salmos para ser cantados en la adoración pública.
Por supuesto, es innegable que durante que Calvino dirigió la iglesia en Ginebra, también se cantaban otras porciones de la Escritura, tales como: Los Diez Mandamientos, La Oración del Señor, el Cántico de Simeón, etc… sin embargo, esto no debe darnos la impresión de que en aquel entonces los reformados creían que cualquier músico con buenas intenciones podía componer y cantar en el culto lo que se le viniese en gana.
La forma de pensar de los creyentes reformados con respecto a los cantos en la adoración, evidentemente, habría de ser moldeada por la postura personal de Calvino. ¿Cuál era la postura personal de Calvino? El profesor Sherman Ishbell lo describe elocuentemente: «es la preocupación de Calvino que, cuando las palabras se unen con la música en el canto, el texto debe ser producido por el Espíritu Santo.»[15] Para Calvino, entonces, las palabras que se cantan en la adoración no deben ser inventadas por meros hombres sino entregada a la Iglesia por el Espíritu de Dios, en las Escrituras.
De modo que, al estudiar la historia de los cantos que se entonaban en Ginebra, lo primero que podríamos pensar, si bien no es en Salmodia Exclusiva, sí podría ser algo parecido a «Escritura Exclusiva». Tal como dijo Nicholas Temperley sobre Calvino: «él estuvo fuertemente a favor de usar solamente las palabras de Dios, es decir, canciones de origen Bíblico, consistiendo en los salmos y algunos versos líricos de otras partes de las Escrituras»[16].
No obstante, aun a pesar de que en Ginebra se entonaban más que solo los salmos, todavía existe una posibilidad de que la postura personal y más íntima de Calvino, en cuanto a los cantos en el culto, sí fuese la de la Salmodia Exclusiva, o una muy cercana a esta.
Debemos reconocer que la práctica de la iglesia en Ginebra no siempre fue un reflejo fiel de las convicciones personales de Calvino. Por ejemplo, sabemos que Calvino creía que la Santa Cena debía administrarse cada Día del Señor, cada domingo. Sin embargo, esa no fue la práctica histórica de su iglesia porque su consistorio jamás lo permitió. Del mismo modo, el hecho de que se hayan cantado más que solo salmos en los cultos en la Ginebra de Calvino no nos indica cual fue la convicción personal del reformador.
Será mejor ir directamente a sus escritos ¿En cuál de todos ellos podríamos encontrar lo que Calvino pensaba sobre los cantos en el culto? En el prefacio que Calvino escribió al Salterio metrificado en 1543:
«Mas hablando ahora de la música, comprendo dos partes, a saber, la letra, o tema y materia; y, en segundo lugar, el canto o la melodía. Es cierto que toda palabra mala (como dice san Pablo) pervierte las buenas costumbres; pero cuando la melodía acompaña, esto atraviesa mucho más fuertemente el corazón y entra al interior; de manera que como por un embudo el vino es introducido al vaso, de la misma manera el veneno y la corrupción se destila hasta lo profundo del corazón por la melodía.
»Por tanto, ¿qué se ha de hacer? Pues tener canciones no solamente honestas, sino también santas, las cuales sean como aguijones para incitarnos a orar y alabar a Dios, a meditar en sus obras, a fin de amarlo, temerlo, honrarlo y glorificarlo. Mas esto que dice Agustín es cierto, que nadie puede cantar nada digno de Dios, sino lo que ha recibido de Él. Por lo cual, cuando hayamos andado por todas partes buscando aquí y allá, no encontraremos mejores canciones, ni más apropiadas que los Salmos de David; los cuales el Espíritu Santo le dictó e hizo. Y, por consiguiente, cuando los cantamos, estamos seguros de que Dios nos pone en la boca las palabras, como si Él mismo cantase en nosotros, para exaltar Su gloria»[17].
Muy elocuentemente Calvino dice: «no encontraremos mejores canciones, ni más apropiadas que los Salmos de David». Calvino jamás se expresó así del canto de los Diez Mandamientos o del canto de la Oración del Señor en su culto. Él sabía que solo acerca de los salmos se podían expresar tales elogios. Estas son sus palabras: «Solo dejen que el mundo sea bien avisado que en lugar de canciones en parte vacías y frívolas, en parte tontas y embotadas, en parte obscenas y viles, y en consecuencia malas y dañinas, cual hasta ahora han sido usadas, se acostumbre en lo sucesivo a cantar estos himnos divinos y celestiales con el buen rey David»[18]
No es descabellado suponer que Calvino, entonces, tuvo su propia postura, pero jamás la impuso sobre Ginebra. Él mismo era consciente de lo difícil que serían convencer a otros de sus convicciones. Sabemos bien lo que pensaba: «Yo no ignoro lo difícil que es persuadir al mundo que Dios rechaza e incluso que abomina todo lo relacionado a Su culto que es inventado por el razonamiento humano»[19].
Admiramos la paciencia y confianza de Calvino, pues a pesar de que algunas de sus convicciones personales no llegaron a materializarse en su propia iglesia, él perseveró y las generaciones subsiguientes que bebieron de su conocimiento sí las abrazarían y las harían reales en sus propias iglesias varios años después; como es el caso de los reformados ingleses, escoceses, irlandeses y holandeses, herederos de la Reforma de Calvino, en quienes vemos con mucha más claridad la Salmodia Exclusiva.
Tal es el ejemplo a seguir. No desmayemos si no logramos ver nuestras convicciones puestas en práctica en nuestro tiempo. Perseveremos en la verdad como Calvino, con paciencia, con abnegación, con sutileza, con inteligencia. A futuro, Dios bendecirá nuestros esfuerzos si es su voluntad, aunque pueda no ser durante nuestro tiempo de vida.
POST-REFORMA
Juan Calvino supo reconocer que sus intentos por metrificar los salmos para la adoración eran insatisfactorios, por lo que encomendó esta labor el poeta francés Clément Marot. Fue él fue quien se encargó de metrificar los primeros 50 salmos en lengua francesa, después de él, Theodore Beza, el sucesor de Juan Calvino, metrificó los otros 100 y, finalmente, Claude Goudimel un famoso músico de París puso las melodías a todos ellos.[20] De este modo quedó conformado el famoso Salterio de Ginebra teniendo su última edición en 1562.
Este salterio, del francés, fue traducido al holandés, alemán, húngaro e inglés y fue ampliamente aceptado por todas las iglesias de corte reformado. Tan es así, que los reformados en aquel tiempo eran despectivamente etiquetados como los «cantantes de Salmos». Esto les dio una identidad distintiva que les era peculiar pues, en Europa, en el siglo XVI, todas las demás iglesias cantaban lo que podría denominarse como «música sacra», es decir, himnos compuestos por hombres y acompañados con órgano.[21] En contraste, los reformados cantaron los Salmos del Antiguo Testamento sin instrumentos musicales.
Para los reformados franceses, los hugonotes, el Salterio naturalmente tomó una importancia medular tal como afirma Joel Beeke:
«El salterio ginebrino promovía la piedad estimulando una espiritualidad de la Palabra que era colectiva y litúrgica, y que deshacía la distinción entre liturgia y vida. Los calvinistas cantaban libremente los Salmos no solo en sus iglesias, sino también en los hogares y lugares de trabajo, en las calles y en el campo. El canto de los Salmos se convirtió en un ‘medio de auto-identificación hugonote.’ Este piadoso ejercicio se convirtió en un emblema cultural»[22].
Los hugonotes se reunían secretamente, aún en medio de la feroz persecución, para cantar salmos en adoración a Dios. Cantaban salmos desde prisión, los cantaban como señal de protesta, los cantaron para fortalecerse en medio de la oscuridad de aquellos días; los cantaron aun entre las llamas inclementes de la hoguera mientras la vida les abandonaba.
Mientras tanto, en los Países Bajos, los libros de Salmos para adorar no faltaron, pero sin duda el Salterio de Ginebra, habiendo sido traducido al holandés, fue el que obtuvo mayor difusión. Lamentablemente, con la llegada, popularización y difusión de este salterio, llegó también la persecución para el pueblo fiel. El pastor John Sawtelle lo narra de este modo:
«No es de extrañar que la persecución se iniciara cuando los Salmos comenzaron a unir los corazones y las voces de los reformados holandeses en la alabanza y adoración. Strada, un historiador católico-romano, da cuenta de que cientos de cristianos reformados asistían a reuniones públicas donde se cantaban Salmos en protesta contra los magistrados católicos-romanos. En los Países Bajos, el canto público de Salmos condujo a la misma experiencia de derramamiento de sangre que ocurrió en Francia. En una ocasión, trescientos refugiados ingleses fueron enviados a la hoguera con el Salmo 130 en los labios, mientras que en otros lugares estallaron disturbios y los arrestos condujeron a ejecuciones masivas»[23].
Con todo, eventualmente la causa de la reforma y de la verdad de la adoración bíblica triunfaron en los Países Bajos y los salmos como método exclusivo de adoración legítima fueron formalmente estipulados. El Rev. Hendrik de Cock, ministro holandés, ha puesto en un solo párrafo varias de estas estipulaciones oficiales de los Países Bajos:
«El Sínodo Nacional de Dort de 1578, art. 76: ‘Los Salmos de David en la edición de Petrus Dathenus, estarán en las reuniones cristianas de las iglesias holandesas (como se ha hecho hasta ahora) serán cantados, abandonando los himnos que no se encuentran en la Sagrada Escritura.’»
«El Sínodo Nacional de Middelburg, 1581, art. 51: ‘Solo los Salmos de David se cantarán en la iglesia, omitiendo los himnos que no se pueden encontrar en la Sagrada Escritura.’»
«El Sínodo Nacional de Gravenhage, 1586, art. 62: ‘Los Salmos de David se cantarán en las iglesias, omitiendo los himnos que no se encuentran en la Sagrada Escritura’[24].»
Con respecto a estas decisiones sinódicas, aún el gran dogmático de Holanda, Wilhelmus A Brakel, dijo: «La decisión de los Sínodos holandeses ha sido ciertamente muy correcta, es decir, que nada más que los Salmos de David debe ser usado en las iglesias»[25]
El Salterio de Ginebra, entonces, llegó a ser parte de la identidad de los reformados franceses y holandeses, pero también llegó a los indomables corazones escoceses, con John Knox, bajo la innegable influencia de Juan Calvino. El himnólogo Millar Patrick lo afirma contundentemente:
«Calvino llegó en 1536, y por su poderosa mente y espíritu resoluto se convirtió en el principal arquitecto de la Iglesia Reformada. Sus ideas llegaron a la mente de Knox, quien, entre otros, abrazó la opinión de que nada excepto lo bíblico debería usarse en la adoración pública. Esto significó que, de golpe, la Iglesia Reformada se liberó de toda la masa de himnos latinos y del uso de la himnodia en general, y adoptó los salmos del Antiguo Testamento como el único medio de alabanza de la Iglesia»[26].
Aquellos reformados escoceses, conocidos actualmente como Presbiterianos, eran llamados entonces «Pactantes Escoceses». Se les recuerda reunidos en ejércitos con imponentes estandartes azules donde se podía leer en letras doradas «Por la Corona y el Pacto de Cristo». Aquella ocasión, en Rullion Green, se encontraba reunido un ejército de 900 hombres, valientes reformados de escocia, listos para luchar ferozmente y perder la vida si era necesario. Mientras el ejército enemigo se aproximaba desde un kilómetro de distancia, ellos aguardaron por su llegada, llenando el ambiente con una atmósfera sagrada con el canto espontaneo de las primeras estrofas del Salmo 74. Muchos perdieron la vida ese día.
Pero el documento que expresa más perfectamente la Fe Reformada Histórica es, sin duda, la Confesión de Fe de Westminster. Así, a Francia, Holanda y Escocia se suma Inglaterra. En esta confesión reformada de Westminster, en el capítulo XXI.5 leemos:
«Son partes de la normal adoración religiosa a Dios: La lectura de la Biblia con temor piadoso, la sana predicación, y el escuchar la Palabra conscientemente, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y reverencia; el canto de los salmos con gracia en el corazón; así como también la debida administración y digna recepción de los sacramentos instituidos por Cristo.» (énfasis mío)
Nótese que, no se habla solo de «el canto», sino de «el canto de los salmos». Cada palabra en la Confesión fue cuidadosamente decidida, y esta no es la excepción. Al menos toda la asamblea de teólogos reunidos en Westminster estuvo de acuerdo en que el elemento quedase como: «el cantar de los salmos».
Al respecto de esto, G. I. Williamson, miembro de la OPC (Iglesia Presbiteriana Ortodoxa), en su comentario sobre la Confesión de Fe de Westminster, dice:
«Se observará que la Confesión no reconoce la legitimidad del uso de los himnos modernos en la adoración a Dios, sino solamente los salmos del Antiguo Testamento. Pocos hoy en día se dan cuenta que las Iglesias Reformadas y Presbiterianas originalmente usaban solamente los salmos, himnos y cánticos inspirados del Salterio Bíblico en la adoración divina, sin embargo, eso es cierto. La Asamblea de Westminster no solamente expresó la convicción que solo los salmos deberían ser cantados en la adoración divina, sino que lo implementó preparando una versión métrica del Salterio para su uso en las Iglesias. Este no es el lugar para intentar una consideración de este tema. Pero debemos registrar nuestra propia convicción de que la Confesión tiene razón en este punto. Creemos que tiene razón porque nunca se ha comprobado que Dios haya mandado que su Iglesia, en la adoración a Dios, cantara las composiciones no inspiradas del hombre en vez de o junto con los coros, himnos, y salmos inspirados del Salterio».
Williamson resume muy bien nuestro argumento. No obstante, a pesar de que la Confesión, claramente dice «salmos», aún existe la necesidad de esclarecer que la Asamblea de Westminster, al hablar de salmos pensaba en los salmos del libro de los Salmos del Antiguo Testamento. Esto debido a que algunas personas alegan que «salmos» no significa «los salmos del libro de los Salmos del Antiguo Testamento», sino simplemente «canciones de adoración» en general; dicen que en aquella época se le llamaba «salmo» a cualquier canto cristiano, fuese bíblico o no. Esto pudiese ser cierto, sin embargo, no implica necesariamente que los teólogos de Westminster tuviesen en mente eso.
¿Cómo saber qué tenían en mente los teólogos de Westminster cuando decidieron dejar las palabras: «el cantar de los salmos» en la Confesión? Yendo a la historia. Después de que la Confesión de Fe fuera redactada, la misma Asamblea de Westminster, con la finalidad de unificar la adoración, aprobó y apoyó la traducción metrificada de los 150 salmos del Salterio. Así como en Ginebra en 1543 fue producida una versión metrificada de los 150 salmos, en Westminster en 1650 fueron metrificados, nuevamente, los 150 salmos. A estas obras se les conoce como: El Salterio de Ginebra y el Salterio de Westminster, respectivamente.
Si el testimonio histórico no fuese suficiente, podemos acudir a la misma referencia bíblica que los teólogos de Westminster colocaron bajo la expresión «el cantar de los salmos» en la Confesión de Fe de Westminster. Esta referencia nos llevará a Col. 3:16 y a Efe. 5:19, los dos textos bíblicos en donde encontramos la expresión compuesta «salmos, himnos y cánticos». En este punto los detractores de nuestra postura creen que tienen una evidencia a su favor, piensan que si con «salmos», se quería decir «salmos, himnos y cánticos», entonces ya no son exclusivamente salmos sino también los himnos y los cánticos. Pero, para poder emitir un juicio objetivo al respecto, necesitamos saber cómo entendieron nuestros hermanos de la Asamblea de Westminster la expresión «salmos, himnos y cánticos».
Para ser justos con los himnodistas, debemos aceptar que algunos, en aquel entonces, creían que la expresión se refería a tres tipos de cantos:
«Algunos conciben estas palabras como sinónimos […] Pero parece más probable, que por Salmos él [Pablo] se refiere a los Salmos de David … por himnos, a ciertas canciones hechas en ocasiones especiales; y por canciones espirituales, a tales como cuales no habían sido compuesto antes, y tocadas con notas musicales…»[27]
Sin embargo, quienes sostenían esta postura eran solo una parte del total. Consideremos el testimonio uniforme y numeroso de los siguientes hermanos, teólogos de esa época, con respecto a la correcta interpretación de la expresión «salmos, himnos y cánticos»:
Henry Ainsworth: Hay tres tipos de canciones mencionadas en este libro [en el libro de los Salmos]: (1) Mizmor, en griego psalmos, un salmo; (2) Tehillah, en griego humnos, un himno o alabanza; y (3) Shir, en griego ode, una canción o cántico poético. A estos tres el apóstol los menciona juntos cuando desea que hablemos entre nosotros con “salmos, himnos y canciones espirituales” (Efesios 5:19)[28].
Nathanael Homes: Los salmos de David están tan llenos de alabanzas que se llaman Tehillim (alabanzas). Por lo tanto, los apóstoles en eso, Efesios 5, Colosenses 3 y Mateo 26:30, usan una palabra griega del mismo significado; a saber, humnos, un himno[29].
Edward Leigh: …así como el apóstol nos exhorta a cantar, así también nos instruye sobre cuál debería ser el contenido de nuestro canto, a saber, salmos, himnos y canciones espirituales. Esos tres términos son los títulos de las canciones de David, tal como nos las ha entregado el mismo Espíritu Santo[30].
William Barton: Los Salmos de las Escrituras (específicamente los Salmos de David, llamados en hebreo con el nombre de Salmos, Himnos y Canciones espirituales), y ninguna otra cosa, debe usarse en la Iglesia; porque ningún otro canto es Palabra de Cristo y, en consecuencia, no puede tener aquella certeza, pureza, autoridad y suficiencia que tienen los salmos de las Escrituras… Dios ha ordenado y compuesto un libro de salmos, en su Palabra, para la edificación de su Iglesia[31].
Jonathan Clapham: El apóstol, en Efesios 5 y Colosenses 3, donde ordena cantar salmos, claramente nos señala los salmos de David usando las palabras: salmos, himnos y cánticos espirituales, que responden a las tres palabras hebreas por las que los salmos de David fueron llamados: Shurim, Tehillim, Mizmorim[32].
Thomas Manton: Ahora bien, estas palabras (que son la división conocida de los salmos de David, y que responden expresamente a las palabras hebreas Shurim, Tehillim y Mizmorim, por las cuales los salmos se distinguen y titulan), utilizadas con tanta precisión por el apóstol en ambos lugares, claramente nos señalan al Libro de los Salmos[33].
Cuthbert Sydenham: Creo que [que la expresión salmos, himnos y cánticos] se usan en general como el título de los salmos de David, que son nombrados sin distinción por estas tres palabras[34].
Isaac Ambrose: ¿No pueden los cristianos cantar legalmente los Salmos de David o Moisés? ¿Y cómo puede notarse esto? Respondo afirmativamente: Ef. 5:19, donde, debajo de esas tres trascendentales, Salmos e Himnos, y canciones espirituales, están contenidos en los Salmos de David[35].
Si nuestros hermanos de Westminster con la expresión «el cantar de los salmos» querían decir «salmos, himnos y cánticos» y si esta última expresión bíblica era interpretada por ellos como una referencia clara al libro de los Salmos del Antiguo Testamento, entonces no debe haber duda de que lo que encontramos en la Confesión de Fe de Westminster es la estipulación confesional de la Salmodia Exclusiva.
Finalmente, en 1673 se imprimió una edición del Salterio métrico escocés para la Company of Stationers en Londres, que contiene una epístola introductoria con la siguiente declaración:
«Para nosotros, los Salmos de David parecen estar claramente referidos por los términos de Salmos, Himnos y Canciones Espirituales, que el Apóstol usa, Efesios. 5.19, Col. 3.16.»
Esta epístola está suscrita por Thomas Manton, D.D., Henry Langley, D.D., John Owen, D.D., William Jenkyn, James Innes, Thomas Watson, Thomas Lye, Matthew Poole, John Milward, John Chester, George Cokayn, Matthew Meade, Robert Francklin, Thomas Dooelittle, Thomas Vincent, Nathanael Vincent, John Ryther, William Tomson, Nicolas Blakie, Charles Morton, Edmund Calamy, William Carslake, James Janeway, John Hickes, John Baker y Richard Mayo.[36]
Para confirmación de nuestra postura tenemos el testimonio del ministro Thomas Edward, un presbiteriano inglés que vivió en el tiempo en el que la Confesión se encontraba en redacción. Lo hallamos quejándose de la situación de las iglesias de su época con las siguientes palabras:
«La facción prelada y el partido de la corte fueron grandes innovadores, dados al cambio, corriendo de una opinión a otra, siendo arminianos así como papistas, sí, algunos de ellos socinianos y apoyadores de estos, y todos los días inventaban algo nuevo en la adoración, agregando esta ceremonia y aquella, anulando algunas partes de los cultos y modificándolas, sustituyéndolas por otras; como dejar el canto de los Salmos en algunas Iglesias y tener Himnos… estos Sectarios son grandes innovadores, tan cambiantes como la Luna, trayendo a sus Iglesias nuevas opiniones diariamente, nuevas prácticas, quitando lo antiguamente usado en todas las iglesias reformadas, y sustituyéndolo por novedades; quitando el canto de los Salmos y pidiendo himnos de su propia creación…»[37]
Nótese dos cosas, en primer lugar, que este grupo a quienes se describe, se les llama «sectarios». Sí, en esa época ellos eran quienes estaban separándose de las demás iglesias con sus innovaciones. En segundo lugar, que Thomas Edwards los acusa de quitar lo antiguo y sustituirlo por novedades, pero ¿Qué era lo antiguo y qué las novedades? La antiguo: los Salmos, y las novedades: Los «himnos de su propia creación».
Aún más, fijémonos en el hecho de que uno de los teólogos que participaron en la Asamblea de Westminster, algunos años después de que la Confesión fuese publicada, escribió un libro dedicado literalmente a defender la Salmodia Exclusiva. Este fue el pastor Thomas Ford, y su obra llevó por nombre: «El Cantar de los Salmos, el deber de los cristianos bajo el Nuevo Testamento, o, una vindicación de esa ordenanza del Evangelio en cinco sermones sobre Efesios 5:19…» Pero escuchemos al mismo Ford:
«¿Pero, por qué un hombre preferiría sus composiciones antes que los Salmos de David? ¿es porque son más excelentes?… Dios mismo ha hecho y nos ha dado un libro de salmos… No puede haber composiciones de hombres que se adapten a las ocasiones, necesidades, aflicciones o afectos del pueblo de Dios, tal como los Salmos de David»[38].
Esto fue lo que cantaron las iglesias Reformadas que decidieron seguir los Estándares de Westminster, mientras fueron fieles a su compromiso. En esta práctica, fue la iglesia presbiteriana la que más fielmente permaneció, hasta hace poco.
El profesor John R. Kiddle dice que «no fue sino hasta 1861 que la Iglesia de Escocia autorizó formalmente himnos de composición meramente humana. La Iglesia Libre de Escocia hizo lo mismo en 1872, pero no sin haber controversia.»[39] Antes de eso ¿qué se estuvo cantando en Escocia, en las iglesias presbiterianas? ¡Salmos inspirados por Dios!
El pastor escocés Donald MacDonald, escribe algo muy conmovedor al respecto: «La Iglesia Reformada en Escocia usaba los Salmos como el método exclusivo de alabanza, y eso fue acompañado por mucha prosperidad espiritual para nuestra nación. Existe una conexión innegable entre la prosperidad espiritual y la nacional, y tal vez la falta de esta última en la actualidad tiene algo que ver con nuestro fracaso en la búsqueda sincera de la gloria de Dios en Escocia.»[40]
La Iglesia de Latinoamérica no conoce esta prosperidad espiritual. Sencillamente, jamás se ha registrado un avivamiento en nuestras iglesias o en nuestras ciudades como sí ha habido en Escocia, y otros lugares. ¿No queremos probar un poco de este manantial? ¿No queremos que el rostro de Dios brille sobre nosotros? ¿No necesita Latinoamérica esto? ¡Volvamos sobre nuestros pasos entonces! ¡Recorramos los caminos que fueron recorridos una vez por nuestras iglesias! Ya hemos tratado con muchas novedades, intentemos ahora con lo antiguo; no solo por ser antiguo, sino por ser lo bíblico. ¡Entonemos los cánticos de Dios! ¡Cantemos los salmos!
Más recientemente, en la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, en Estados Unidos, se discutió si se debían cantar solo los salmos o si se debían introducir también otros cantos en la adoración a Dios. G. I. Williamson nos cuenta un poco de cómo ocurrieron las cosas:
«Estuve presente en la Asamblea General de nuestra Iglesia en 1956 cuando se finalizó el contenido de la primera edición del Trinity Hymnal. También co-firmé una protesta contra la acción de esa Asamblea de «aprobar himnos distintos de los derivados de las Escrituras en sí» y «aprobar no más que una selección limitada de versiones métricas de los Salmos»[41].
Aquella protesta co-firmada por Williamson también fue firmada por el profesor John Murray, así como por el Dr. William Young. La lamentable decisión de esta Asamblea puede hallarse en la página 53 de las Minutas de la Asamblea General de 1956 de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.
Esta es la historia de los salmos en las iglesias reformadas. Esta es nuestra historia, nuestra herencia, nuestro legado. Tantas veces nuestra gente adoró en el Día del Señor, en medio de la persecución, con estos cantos en sus los labios; corrieron a guerras movidos por estas melodías y por las sublimes verdades de su contenido santo; murieron en martirio entre estas alabanzas inspiradas. ¿Honraremos la memoria de nuestros antecesores? ¿Sonará el himnario de Dios nuevamente entre nuestro pueblo? ¡Volvamos a entonar los Salmos! ¡Volvamos!
[1] Casi todo lo que expondré en este capítulo lo he sacado de “Sing the Lord’s Song” de John Kiddie.
[2] J. Harper, The Psalter in the Early Church (Pittsburgh: 1891), p. 24.
[3] A Special Exegesis of Ephesians 5:19 and Colossians 3:16, Prof. John McNaugher, D. D., LL.D., Allegheny, Pennsylvania, USA
[4] Philip Schaff, The Psalms in Worship, p. 111.
[5] Homilía del Salmo 1
[6] Carta 46 de San Jerónimo
[7] Homily XIX on Eph 5:15-17, NPNF1-13
[8] A History of Christianity, p. 207
[9] Íbid p. 207
[10] Agustín, Epístola 55,18.34.
[11] G. I. Williamson, The Singing of Psalms in the Worship of God
[12] C. Northcott, Hymns in Christian Worship (London: 1964), p. 19.
[13] Agustín, Regla de san Agustín 3,4.
[14] John Sawtelle, El Etos Marcial del Culto Reformado Histórico: El Canto de Salmos para un Vigoroso Culto del Reino (parte 2), https://westminsterhoy.wordpress.com/2013/01/18/el-etos-marcial-del-culto-reformado-historico-el-canto-de-salmos-para-un-vigoroso-culto-del-reino-parte-2/
[15] Sherman Ishbell, Las únicas canciones dignas de Dios son recibidas de Él: Un análisis de Juan Calvino sobre el uso de los Salmos en el culto de Dios
[16] Nicholas Temperley, The Music of the English Parish Church (Cambridge: Cambridge University Press, 1979), 1:20.
[17] J. Calvin, «Epistle to the Reader,» at the head of the Psalter, dated 10th June 1543.
[18] Garside, Orígenes de la teología de música de Calvino, pp.23-24; Calvini Opera 6:169-72.
[19] Juan Calvino, La Necesidad de Reformar la Iglesia
[20] A Brakel, Wilhelmus. El servicio razonable del cristiano , volumen IV. Grand Rapids: Inheritance Publications, 1992, páginas 34-35.
[21] John Sawtelle, El Etos Marcial del Culto Reformado Histórico: El Canto de Salmos para un Vigoroso Culto del Reino (parte 3).
[22] Joel Beeke, Espiritualidad Puritana y Reformado, Publicaciones Faro de Gracia, pág 15
[23] John Sawtelle, El Etos Marcial del Culto Reformado Histórico: Canto de Salmos y Persecución en los Países Bajos (5)
[24] De Cock, Rev. H. “Case Against Hymns.” Translated, edited and annotated by J.A. Wanliss & W.L. Bredenhof. The Blue Banner. Faith Presbyterian Church Reformed, January 10, 2008. January 22, 2016.
[25] A Brakel, Wilhelmus. El servicio razonable del cristiano, volumen IV. Grand Rapids: Inheritance Publications, 1992, páginas 34-35.
[26] Millar Patrick, Four Centuries of Scottish Psalmody (London: 1949), p. 9.
[27] Ver comentario en Efesios, capítulo 5 versículo 19, en John Downame, Annotations Upon All the Books of the Old and New Testament: Wherein the Text Is Explained, Doubts Resolved, Scriptures Parallelled, and Various Readings Observed, vol. II (London: John Leggat & John Raworth, 1645).
[28] Henry Ainsworth, ‘Annotation on Ps. 3, title,’ in Annotations upon the book of Psalmes (1617).
[29] Nathanael Homes, Gospel Musick, or, The Singing of David’s Psalms (London: Printed for Henry Overton, 1644) 16.
[30] Edward Leigh, Annotations upon all the New Testament (London: 1650) 306.
[31] William Barton, A View of Many Errors (London: Printed by W.D., 1656) epistle to the reader.
[32] Jonathan Clapham, A short and full Vindication of that sweet and comfortable Ordinance, of singing of Psalmes (London: 1656) 3.
[33] Thomas Manton, Works, volume 4 (Pennsylvania: Maranatha Publications, rpt., n.d.) 443.
[34] Sydenham Cuthbert, A Christian sober and plain exercitation (London: Printed by Thomas Mabb, 1657) 179.
[35] Isaac Ambrose, The Compleat Works (London, 1682) 256.
[36] Como fue citado en The true psalmody (Edinburgh: James Gemmell, 1878) 98. Los nombres de los subscriptores han sido provistos por David Laing, Letters and Journals, 553
[37] Thomas Edwards, Gangraena (London, printed for Ralph Smith, 1645) 51.
[38] Thomas Ford, Singing of Psalms: the duty of Christians under the New Testament, or a vindication of that gospel-ordinance (London, Printed by W. B., 1659).
[39] John R. Kiddle, Sing the Lord’s Song
[40] Kenneth Stewart, Songs of Spírit, Preface
[41] G. I. Williamson, The Regulativa Principle of Worship, Ordained Servant Journal No. 10 Vol. 4, pág. 74
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