Con frecuencia se ha llamado a Isaac Watts el «padre» de la himnodía inglesa. Como sucede con tantas generalizaciones, esta idea de Watts como el primer escritor de himnos simplifica en exceso el carácter esencial de su logro. Durante su propia vida, Watts «hubiera podido compilar un himnario inglés a partir de materiales ya existentes cuya excelencia no sería hoy puesta en duda»[1]. El logro distintivo del doctor Watts no fue engendrar la himnología inglesa; mucho antes de que Watts publicara su primer volumen de Hymns en 1707 ya se habían escrito himnos de Herbert, Herrick, Donne, Ken, Baxter, muchos de ellos aptos para el canto congregacional. ¿Por qué, entonces, se le ha llamado el «padre de la himnodía inglesa»?
No todos los que hoy cantan sus himnos se dan cuenta de que Watts apareció en una época en que el canto de himnos, como tal, todavía hallaba encarnizada oposición tanto en las iglesias establecidas como en las disidentes, en Inglaterra y en Escocia. El prejuicio contra el canto de himnos como parte de la adoración congregacional cobraba fuerza a partir de una lectura —o mala lectura— de las exhortaciones del Nuevo Testamento acerca de la conducta del culto público. En tiempos de Watts, santificado por una costumbre ininterrumpida transmitida desde mediados del siglo XVI, el canto de los Salmos de David y de ciertos otros cánticos escriturales constituía el único ejercicio congregacional permitido en la gran mayoría de las iglesias.
La misión peculiar de Watts consistió en socavar esta costumbre tan arraigada y, paradójicamente, el artefacto explosivo que empleó fue su propio libro The Psalms of David Imitated in the Language of the New Testament (Los salmos de David imitados en el lenguaje del Nuevo Testamento). Las «imitaciones» de Watts eran imitaciones en el sentido en que se usaba este término en el siglo XVIII, y David le proporcionó únicamente un punto de partida conveniente y aceptable. Procedió sobre la base de la teoría de que «si nos mantenemos demasiado cerca de David en la casa de Dios, el velo de Moisés es echado sobre nuestros corazones»[2]. Percibiendo el desasosiego de las congregaciones inglesas, que se irritaban bajo ese «velo de Moisés», se dedicó a «corregir y pulir» la poesía del rey salmista.
Su excusa para corregir y pulir las efusiones rapsódicas de David se halla en el prefacio del volumen de 1719. La poesía de David, nos dice Watts, a menudo delata cierta «judiedad nebulosa» que debe remediarse mediante la inyección de «revelaciones más claras» del evangelio. Watts extirpa dicha judiedad nebulosa de David en el Salmo 2 y da a su versión mejorada el título «La muerte, intercesión y reinado de Cristo». El Salmo 8 se convierte en un poema titulado «Adán y Cristo, señores de la vieja y la nueva creación». El Salmo 13 lleva por título «La promesa y la señal de la venida de Cristo». «La suficiencia total de Cristo» es el título del Salmo 16, y mejoras similares son hechas en el resto del volumen. Debido a las libertades que Watts se tomó con el texto original, sus imitaciones suscitaron la protesta de los conservadores. Muchas iglesias, no obstante, repitieron un sonoro amén después de la arremetida de Watts contra el salmista real y se apropiaron de sus imitaciones con prontitud.
Para fines del siglo XVIII, como lo expresó un crítico, «las congregaciones cristianas [habían] excluido los salmos divinamente inspirados y, en su lugar, habían acogido los arrebatos de la imaginación del doctor Watts»[3], siempre procediendo, por supuesto, sobre la base de que el canto de los salmos de David constituía una ordenanza divinamente revelada. En el período del Gran Despertar este procedimiento permitió a las iglesias «tener el pastel y comérselo también». Podían consolarse con el pensamiento tranquilizador de que se adherían «a la fe que ha sido una vez dada a los santos» [Jud. 1:3] y, sin embargo, gozarse de tener a mano un amplio cuerpo de poemas que subrayaban las verdades cardinales del evangelio. Watts, que no era un erudito mediocre, sabía en todo momento lo que estaba haciendo: «Si algunos lectores llegaran a suponer que el verso inglés aquí se aparta del sentido hebreo, quizá estas alusiones evangélicas… resulten más gratas y útiles al adorador cristiano»[4].
Watts, que expresó repetidamente su admiración por John Dryden, modeló sus imitaciones de salmos siguiendo modelos anteriores de imitación hallados en las obras de Cowley (las imitaciones pindáricas) y de Dryden. La definición de imitación de Dryden es pertinente:
Llamo imitación [Preface to the Translation of Ovid’s Epistles]… al intento de un poeta posterior de escribir como otro que escribió antes que él sobre el mismo tema; es decir, no traducir sus palabras ni quedar confinado a su sentido, sino usarlo únicamente como modelo y escribir como supone que lo habría hecho el autor, de haber vivido en nuestra época y en nuestro país.[5]
En el caso de los salmos de David, Watts omitió de manera displicente, como «indignos de paráfrasis», una docena de salmos y, con el fin de hacer que «David hable como un cristiano británico del siglo XVIII»[6], alteró otros tantos hasta volverlos irreconocibles.
Watts desaprobaba profundamente el tono vengativo y vindicativo que resuena en muchos de los salmos de David. En notas al pie dispersas por todo el volumen de las «Imitaciones» se encuentran comentarios como los siguientes: «Aquí he omitido las terribles imprecaciones contra sus enemigos»[7]; «Regocijarse en la destrucción de nuestros enemigos personales no es una práctica tan evangélica; por tanto, he dado a este versículo [del salmo] otro giro»[8]; «Las quejas particulares de David contra Ahitofel aquí se omiten por completo… También he dejado fuera algunos salmos enteros… que tienden a llenar la mente de angustias abrumadoras o de viva indignación»[9]; y así, de manera muy suya y encantadora, Watts se ocupó de iluminar las «composiciones del salmista judío» «mediante las revelaciones más claras del evangelio».
En su intento de actualizar a David, Watts además modificó los salmos para armonizarlos con las actitudes económicas predominantes en el siglo XVIII. Allí donde el salmista había condenado la usura, Watts
creyó necesario también dejar fuera la mención de la usura, que, aunque políticamente prohibida entre los judíos, nunca fue ilícita para los gentiles ni para ningún cristiano desde que expiró la política judaica.[10]
Watts, que a lo largo de su extensa vida prefirió siempre residir en la suntuosa finca campestre de un antiguo regidor de Londres (pues su salud exigía el aire del campo), omitió con tacto la mención de aquellas bendiciones «temporales» que el rey salmista prometía repetidamente al justo, porque —como él mismo lo expresó— creía en
desalentar una expectativa de demasiada confianza en estas cosas temporales… las bendiciones positivas de larga vida, salud, recuperación y seguridad en medio de peligros… tan abundantemente prometidas en el Antiguo Testamento y tan escasamente en el Nuevo.[11]
Consideraba mejor que «los cristianos vulgares, los más humildes de ellos», como se refería a ellos con tono condescendiente en el prefacio del volumen de 1719, se concentraran en la promesa de «esperanzas celestiales, más acordes con el evangelio»[12].
La feliz tierra de Canaán, en las «Imitaciones» de Watts, se convierte en las islas Británicas. Luego de omitir las promesas davídicas de bendiciones personales tales como una larga vida, salud, recuperación y seguridad en medio de peligros, porque estas promesas no aparecen en el Nuevo Testamento, magnificó ciertos destellos de las bendiciones de Canaán hasta convertirlos en enormes profecías de la futura grandeza de Gran Bretaña. Su versión del Salmo 67 contenía, por ejemplo, los siguientes versos:
Brilla, Dios poderoso, brilla sobre Bretaña… Dios el Redentor esparce aquí alrededor sus favores escogidos… Canten fuerte con solemne voz, mientras las lenguas británicas exaltan su alabanza, y los corazones británicos se regocijan.[13]
Cambió el Salmo 75 en una serie de invectivas anti-jacobitas[14]. El título decía: «El poder y el gobierno provienen solo de Dios. Aplicado a la gloriosa Revolución por el rey William, o al feliz acceso del rey George al trono». En otro lugar llamó al rey George II un «santo real» y lo saludó con el pareado:
Es George el Bendito quien remonta el trono,
con vigor doble en su hijo.[15]
Watts, en una versión del Salmo 100, escribió esta estrofa:
Cantad al Señor con voz gozosa,
que toda tierra adore su nombre;
las islas Británicas enviarán el clamor
al otro lado del océano hasta la costa…[16]
Y en el Salmo 104 desarrolló un tema semejante: «Oh, ¡bendecid su nombre, britanos!»[17]. El Salmo 115 exhortaba: «Oh Bretaña, confía en el Señor»[18]. Y el Salmo 147 exponía las razones para alabar y confiar en el Señor: «Oh Bretaña, alaba a tu poderoso Dios… Él mandó que el océano te rodeara; ninguna barra de bronce podría guardarte tanto»[19]. Un poco más adelante, en este último poema, Watts contrastaba las costumbres británicas con las extranjeras, favoreciendo, por supuesto, las de Bretaña: «Él [Dios] tiene caminos más nobles para llamar a los britanos a su alabanza».
No contento con justificar los caminos de Dios ante los britanos en Inglaterra solamente, Watts halló un nuevo título para la última parte del Salmo 107: «Colonias plantadas; o naciones bendecidas y castigadas; un salmo para Nueva Inglaterra»[20]. Dos estrofas dan una idea de cómo el autor obsequió este cumplido al Nuevo Mundo:
Donde nada moraba sino bestias de rapiña
o hombres tan feroces y salvajes como ellas,
Él manda que los oprimidos y pobres se trasladen allí
y les edifica pueblos y ciudades.
Así son bendecidos; mas si pecan,
Él deja entrar a las naciones paganas;
una horda salvaje invade sus tierras,
sus príncipes mueren por manos bárbaras.
Sin duda hubo en Nueva Inglaterra, como los hubo en Inglaterra, quienes le agradecieron por «iluminar» los salmos con las revelaciones más claras del evangelio; pero también hubo al menos algunos en el extranjero que seguían prefiriendo a David antes que a Watts. «Comparados con la Escritura», escribió un concienzudo teólogo, «son como una pequeña bujía frente al sol; en cuanto a sus Salmos, están tan lejos del pensamiento del Espíritu que estoy seguro de que, si David los leyera, no reconocería ninguno de ellos como suyo»[21]. Y el mismo autor continúa: «¿Por qué ha de tomar el doctor Watts… no solo precedencia sobre el Espíritu Santo, sino expulsarlo por completo de la iglesia? De modo que ahora las rimas de un hombre se magnifican por encima de la palabra de Dios»[22].
Para cuando estas críticas llegaron al público (el año anterior a la Revolución americana), Watts ya había conquistado a la gran mayoría de las iglesias inglesas y americanas, y su técnica del «caballo de Troya» había abierto de par en par las estrechamente guardadas puertas del sistema cristiano de alabanza; allí donde antes el canto de los salmos de David, divinamente instituidos, había constituido el único vehículo de la alabanza congregacional, primero sus poemas —disfrazados como salmos de David— fueron introducidos dentro de los muros cristianos y luego irrumpió una marea en pleno auge de «himnos de composición humana». Su volumen de imitaciones de salmos (presentado al público en 1719) contenía «salmos» como aquel gran favorito misionero de las congregaciones de hoy, «Jesus Shall Reign Where’er the Sun» («Jesús reinará dondequiera que brille el sol»), ciertamente un himno ventajoso, pero difícilmente el Salmo 72; y «Joy to the World» («Al mundo paz»), el conocido favorito navideño, pero difícilmente una versión del Salmo 98, cuando las palabras contienen aún menos de David de lo que la melodía contiene de Händel.
Su excusa era que se vio «forzado» a publicar estos himnos como salmos. Escribió confidencialmente a un amigo, el doctor Colman de Boston, unos veinte años después de la publicación de sus «Imitaciones»: «Debo decir que imité los salmos de David, no porque fueran el libro más apto que pudiera hacerse para la adoración cristiana, sino porque era el mejor al que todavía las iglesias prestarían oídos»[23]. Escribiendo de nuevo al mismo amigo, Watts recalcó aún más su postura general:
Veo el sentir del pueblo de Nueva Inglaterra, cuán necesario es mantenerse cerca del original, es decir, en mi opinión, cuán necesario es cantar algo judío y algo personal que pertenezca a David… Pero repito estas palabras tomadas de mi prefacio a la edición amplia de mi Imitation of the Psalms: «Sigo siendo osado al sostener el gran principio sobre el que se funda mi presente trabajo, a saber, que si el genio más brillante de la tierra, o un ángel del cielo, tradujera a David manteniéndose fiel al sentido y al estilo del autor inspirado, lo único que lograríamos sería una copia brillante o celestial de la devoción del rey judío [cursivas de Watts], pero nunca se obtendría así el libro de cánticos más adecuado para un pueblo cristiano».[24]
Junto con Alexander Pope, en su célebre traducción de Homero, parecería que Watts comparte el honor de haber compuesto algunos «poemas muy bonitos» con menor justificación que Pope para adjuntar el nombre de otro autor a sus bonitos poemas; porque, a diferencia de Pope, Watts emprendió su tarea con escasa lealtad interior al material davídico, y solo porque descubrió que las iglesias «no se prestarían oídos a nada» que no llevara el rótulo davídico. En este caso no se trató de que «la rosa oliera igual de dulce con otro nombre», sino de que otra flor, con el nombre de rosa, exhalara un olor más dulce. Watts logró su propósito; lo que el doctor Johnson dijo en otra ocasión de Pope podría haberlo dicho igualmente de Watts: «A mil objeciones solo corresponde una respuesta: el propósito de un escritor es que lo lean, y la crítica que destruye el poder de agradar debe ser hecha a un lado».[25]
Podemos objetar, junto con Dante Gabriel Rossetti, quien hace un siglo expresó así sus ideas acerca de «agradar» cuando escribió:
La tarea de un traductor exige cierta abnegación… A veces un defecto en la obra le causa escozor al traductor, y quisiera quitarlo, haciendo por el poeta lo que su época le negó; pero no: eso no entra en el pacto.[26]
Hoy en día «parece existir una verdadera cuestión de honestidad intelectual en juego», y sentimos que debemos «tener cuidado no sea que una traducción de la obra de un hombre no sea en realidad una cuestionable obtención, por no decir una falsificación, de su firma al pie de algún manifiesto moderno»,[27] pero todas esas objeciones, si hemos de seguir al doctor Johnson, han de ser echadas a un lado si la fidelidad al sentido del autor «destruye el poder de agradar».
Un popular cantor de baladas de comienzos del siglo XVIII expresó así la idea:
Cuelguen a Homero y a Virgilio; para buscar su sentido
un hombre tendría que hurgar en el latín y el griego;
quienes aman su propia lengua, tenemos razones para esperar
que los hayan leído traducidos por Dryden y Pope.[28]
También hubo espíritus en la tierra dispuestos a «colgar a David», que agradecieron a Watts en los siguientes términos generales:
Cuando el rico original repasamos
y por él probamos el metal que tú produces,
aunque allí hallamos el más puro mineral,
contigo todavía algo se refina.[29]
Watts mismo sin duda habría admitido que refinó el mineral, aunque es posible que hubiera resentido la expresión «más puro mineral»[30].
Por importantes que fueran las imitaciones de salmos, cualquier valoración justa de la obra de Watts en verso debe abarcar por lo menos otros dos volúmenes principales, Horae Lyricae (1706) y Hymns and Spiritual Songs (1707); quizá también convenga estudiar un tercero que llegó a gozar de una sorprendente difusión, Divine and Moral Songs (1715), que contiene himnos para niños. Horae Lyricae incluye sus intentos literarios más ambiciosos; en él se encuentra, por ejemplo, The Day of Judgment, an Ode, in English Sapphic (El día del juicio, oda en sáfico inglés). La primera edición contenía también cuatro imitaciones de salmos (el Salmo 1 en métrica larga, el 3 en métrica común, el 100 en métrica larga y el 133 en métrica común)[31] y una pieza titulada «An Hymn of Praise to the God of England for Three Great Salvations, I. From the Spanish Invasion, 1588 II. From the Gunpowder Plot, November 5 III. From Popery and Slavery by King William of Glorious Memory, who landed November 5, 1688» («Un himno de alabanza al Dios de Inglaterra por tres grandes salvaciones: I. De la invasión española, 1588; II. De la Conspiración de la Pólvora, 5 de noviembre; III. De la tiranía papista y la esclavitud, por obra del rey William de gloriosa memoria, quien desembarcó el 5 de noviembre de 1688»).
Un tema desarrollado con trémolo y registro de arpa en sus tempranas Horae Lyricae, pero que su juicio posterior le indicó evitar, fue el tema del Amor divino. Aunque no advirtió la crudeza del tema del «Dios de Inglaterra», al menos posteriormente tuvo la perspicacia suficiente para descartar el lenguaje de placer físico que había empleado en los poemas del Amor Divino de su volumen de 1706. Treinta años después, se disculpó por la crudeza de las imágenes en estos poemas en particular. Mucho antes de Freud, Watts —empedernido soltero— llegó a percibir los peligros de introducir expresiones de placer físico en poesía dirigida al Todopoderoso.[32] En 1737 escribió:
Sé que se ha dicho que este lenguaje de placer dirigido a la Deidad no es sino un cauce nuevo dado al flujo de las potencias más suaves tras la frustración de algún amor más bajo; o, cuando menos, se debe a la falta de un objeto y una oportunidad adecuados donde fijar esas pasiones tiernas.[33]
John Wesley, quien con frecuencia elogió los himnos de Watts, no halló sin embargo sino palabras de censura al tratar de estos poemas de Amor divino. Un amigo suyo, relata Wesley, consideraba los poemas de Amor divino «demasiado amorosos, más aptos para ser dirigidos por un enamorado a un igual mortal que por un pecador al Dios altísimo»[34]. Wesley coincidió con este juicio. Watts, «que conoció a Cristo según la carne», según Wesley, ofendió «de manera más grosera que en cualquier otra cosa que antes se hubiera publicado en lengua inglesa».
¡Qué lástima —añade Wesley— que esas expresiones burdas aparezcan en muchos himnos verdaderamente espirituales! Cuán a menudo, en medio de un excelente verso, se insertan líneas que deshonran las que las preceden y siguen.
Wesley nos asegura que en sus propias colecciones de himnos él se ha
esforzado particularmente, en todos los himnos dirigidos a nuestro bendito Señor, por evitar toda expresión melosa, y hablar como a Dios altísimo… Algunos probablemente pensarán que he sido demasiado escrupuloso [omitió “Jesus, Lover of My Soul” de la Colección metodista precisamente por esta razón, aunque el himno lo escribió su propio hermano]… Yo nunca, ni en verso ni en prosa, ni al orar ni al predicar, uso la palabra querido, “Querido Señor” o “Querido Salvador”… No hay precedente ni justificación para dirigirla a Cristo.[35]
A Watts sí le gustaba el término «querido», y en apenas una docena de páginas empleó expresiones como «mi queridísimo Señor»[36], «el querido hombre, mi Salvador»[37], «el Hombre que amo»[38], «Querido Soberano»[39]. El corazón de Watts se derretía en éxtasis mientras contemplaba «esos dulces labios, esa mirada celestial», labios dulces que «buscan mis besos y mi amor»[40]. Cristo «se alza y ruega por estrecharme contra su corazón»[41]. «Su hermosa figura colma cada ensueño», mientras «la pasión reina por todas mis venas»[42]. La cadencia amorosa continúa con Watts implorando a Cristo que more con él: «Habita allí, habita por siempre, mi Amor… Déjame perderme en tu abrazo como los ríos en el mar; o vivir una eternidad de días para gastarlos todos contigo»[43]. «Quisiera seguir tendido en esos brazos amados, disolviéndome siempre en tus encantos», prosigue Watts, «y conforme los momentos vuelan, exhalaría sucesivas almas». Recordando la connotación de la palabra morir en la poesía amorosa del siglo XVIII, vemos a Watts disolverse en los brazos amados de Cristo como «la ola que tras otra ola rueda para besar la orilla y morir»[44].
Existe también un poema titulado «The Absence of the Beloved» («La ausencia del Amado») en el que Watts da libre curso a «las potencias más suaves», como las llamó treinta años después. «Dime, tú, el más hermoso de tu especie», pregunta a Cristo, «mi Amor, mi Todo divino, ¿dónde puede esta cabeza desfalleciente, reclinada, aliviar cuidados como los míos?» Compara su condición de enfermo de amor con la de «la oveja que enferma y huye a las espesuras». Pero «las ovejas no están ni a mitad de abrasadas como yo, languideciendo así de amor»[45]. En otro pasaje Watts dice que «la amada llamarada es dulcemente encantadora; no quisiera aún enfriar la pasión, y sin embargo no puedo soportar el dolor». Entre el deseo de disfrutar de la amada llamarada tan dulcemente encantadora y el dolor que causa el ardor, «extrañamente estoy atormentado en amplios extremos; ardo, ardo, ardo, y sin embargo amo las llamas». Un poco más adelante, mientras sigue ardiendo, ardiendo, ardiendo, pregunta: «Oh, ¿por qué es el amor tan fuerte y la misma naturaleza tan débil?» Suplica a su Cristo: «Señor amado, perdona mi queja temeraria y ámame todavía… Descorre tu hermosura aunque desfallezca»[46]. Decide: «Grabaré nuestra pasión en la corteza», y entonces los «árboles heridos» «se desprenderán y llevarán alguna marca mística». Prosigue su súplica: «Mira hacia abajo, gracia omnipotente, aprisióname por completo en tu abrazo»[47].
Su actitud hacia Cristo quizá refleje ampliamente su propia creencia en la humanidad eterna de Cristo. Hoy, al estudiar sus himnos, tal vez no caigamos en la cuenta de que albergó opiniones peculiares acerca de la humanidad glorificada de Cristo. En su mayor parte, sus ideas originales sobre Cristo y la Trinidad nunca llegaron al público general y, puesto que se le conoció como escritor de himnos y salmos, sus peligrosos tratados fueron convenientemente olvidados.
En The Glory of Christ as God-Man (La gloria de Cristo como Dios-Hombre), el doctor Watts se aventuró a opinar que «Miguel es Jesucristo, porque es llamado… el primero de los príncipes, esto es, el arcángel principal»[48]. Watts «confirma esta opinión» de que Cristo y Miguel son el mismo ser a partir de Apocalipsis 12:7[49]. Continúa: «Quizá este Miguel, esto es, Cristo el Rey de los judíos, sea el único arcángel, o príncipe y cabeza de todos los ángeles»[50]. Un poco más adelante se atreve a sostener que «Jesucristo fue el ángel que aparecía por lo general en tiempos antiguos a los patriarcas y a los judíos»[51].
Según Watts, Dios residía constantemente en este ángel (Cristo-Miguel) e influía en él[52]. Dios ha otorgado ahora a este archángel, o príncipe y cabeza de todos los ángeles, dominio y poder sobre todas las cosas. «Este gobierno de Cristo se representa con frecuencia como un don y una recompensa, y por tanto ha de pertenecer eminentemente a la naturaleza inferior [de Cristo], que sola es capaz de recibir recompensas y dones de Dios»[53]. Es porque Dios ha exaltado a Cristo como intercesor que Cristo puede asistir en particular al hombre, y no porque Cristo pueda por sí mismo «conceder socorro y alivio eficaces»[54]. En armonía con el espíritu de su siglo, Watts se propone ofrecer «una explicación racional de cómo el hombre Jesucristo puede ser investido con poderes tan amplios»[55]. Cristo, declara él, no conoce ahora «cada uno de los pensamientos, palabras o acciones de cada criatura particular», pero sí conoce «todos los asuntos y transacciones más grandes, más generales y más importantes de las naciones, iglesias y personas particulares»[56]. El alma humana de Cristo es «la imagen o copia más brillante de la naturaleza divina que se encuentra entre las meras criaturas»[57]. Watts supone que «solo corresponde a la omnisciencia del mismo Dios abarcar con una mirada infinita, simultánea y extensísima todas las formas, tamaños, situaciones y movimientos» de cada átomo del universo[58], y que Cristo, que es una «mera criatura», no comparte esta prerrogativa. Cristo, según la analogía del autor, es como un general que observa la batalla desde una posición elevada: conoce el curso de la batalla, pero «no puede conocer cada espada que se desenvaina ni oír cada gemido»[59]. Ni siquiera la «gloriosa mente creada de Cristo» puede compartir el conocimiento infinito de Dios.
A Watts, porque consideraba a Cristo como un ángel glorificado exaltado ahora al más alto dominio en el cielo, le preguntaron en cierta ocasión por qué no alteraba algunos pasajes de sus primeros himnos para adecuarlos más exactamente a sus ideas teológicas maduras; su respuesta merece ser citada:
«Respondo con franqueza que desearía que algunas cosas fueran corregidas. Pero… podría decirle que, de todos los libros que he escrito, esa copia en particular no es mía. Se la vendí al señor Lawrence hace casi treinta años, y su posteridad sigue haciendo dinero con ella hasta el día de hoy, y apenas puedo reclamar el derecho de hacer en el libro cualquier alteración que cambie su venta»[60].
John Wesley, cuya opinión sobre los poemas de Amor divino de Watts ya se ha mencionado, lanzó un juicio penetrante sobre la teología de Watts: «Hace algunos años —comenta Wesley—, leí unas cincuenta páginas del ingenioso tratado del doctor Watts sobre la “Humanidad glorificada de Cristo”. Pero tanto confundió mis entendederas y me sumió en especulaciones tan infructuosas, sí, peligrosas, que no lo habría leído entero por quinientas libras». «Esto lo condujo al arrianismo. Tengan cuidado de que tratados semejantes (todos los cuales aborrezco) no produzcan en ustedes el mismo efecto»[61].
Al final, Watts, en uno de sus estallidos más apasionados, se encontraba aún absolutamente desconcertado «e insatisfecho respecto al Dios que había de adorar»[62]. En un paroxismo de desesperación clamó: «Sin duda debo conocer al Dios a quien adoro, si es un ser simple y puro, o si tú eres una deidad triple…». Asediado y lacerado por la tentación de «abandonar tu palabra y tu evangelio como un libro ininteligible, y acogerme a la luz de la naturaleza y la razón», oró entonces:
Te ruego, oh Padre misericordiosísimo, que no permitas que el resto de mi breve vida se desperdicie en andanzas interminables como estas, en busca de ti y de tu Hijo Jesús, como ha sucedido con buena parte de mis días pasados…[63]
Este fue el final del camino para Watts; al final fue un De Profundis.
Pero, porque sí supo escoger y trazar su senda a través de la lúgubre niebla aturdidora del prejuicio organizado contra el canto de himnos, y porque sí urdió un ataque ingenioso y eficaz contra la vieja salmodia de su época, es recordado. Fue un pensador, un poeta, y la combinación de erudición y poesía no ha sido lo bastante frecuente en la historia cristiana. Su poesía ganó el elogio no solo de críticos del siglo XVIII como Johnson[64], sino que ha seguido recibiendo el encomio de críticos tan perspicaces de nuestro siglo como A. E. Housman (quien lo consideró superior a Pope, sin duda en un arrebato de entusiasmo)[65] y George Saintsbury, que no lo situó por encima de Pope, pero decidió con urbana cortesía que seguía siendo «realmente digno de lectura».
A menudo se ha elogiado a Watts por cualidades que nunca poseyó, pero, mientras figuras mayores han sido olvidadas, él por lo menos nos legó algunos de los himnos más nobles de la lengua inglesa[66]. Y ahora, en un tiempo en que, por encima de todo, se anhela la unidad cristiana, sus himnos se han convertido en símbolos de una unidad de espíritu que quizá llegue, con el tiempo, a trascender toda barrera.
[1] Percy Dearmer, Songs of Praise Discussed (Londres, 1933), p. xvii.
[2] I. Watts, Hymns and Spiritual Songs… With an Essay Towards the Improvement of Christian Psalmody… (Londres, 1707), p. v.
[3] William Romaine, The Whole Works (Londres, 1787), p. 990.
[4] I. Watts, The Works of the late Reverend and Learned Isaac Watts… Now first published from his Manuscripts… revised and corrected by D. Jennings… and… P. Doddridge… (Londres, 1753), IV, 79.
[5] Flora R. Amos, Early Theories of Translation (Nueva York, 1920), p. 151.
[6] John Dryden, en su prefacio a la Eneida, había anunciado un propósito similar: «He procurado hacer que Virgilio hable el inglés que él mismo habría hablado, si hubiese nacido en Inglaterra y en esta época presente» (The Works of John Dryden, ed. Scott-Saintsbury, Edimburgo, 1889, XIV, 220).
[7] Watts, The Works (1753), IV, 66.
[8] Ibid., IV, 86.
[9] Ibid., IV, 54.
[10] I. Watts, The Psalms of David Imitated in the Language of the New Testament (Londres, 1719), p. 39.
[11] Watts, The Works (1753), IV, 40.
[12] Ibid.
[13] Watts, The Psalms (1719), p. 170.
[14] Ibid., pp. 195–196.
[15] I. Watts, D. D., Reliquiae Juveniles; Miscellaneous Thoughts in Prose and Verse… (Glasgow, 1786), p. 219.
[16] Watts, The Psalms (1719), p. 256.
[17] Ibid., p. 271.
[18] Ibid., p. 303.
[19] Ibid., pp. 386–387.
[20] Ibid., p. 286.
[21] W. Romaine, op. cit., p. 999.
[22] Ibid., p. 990.
[23] Massachusetts Historical Society, Proceedings, 2nd series (Boston, 1895), IX, 365.
[24] Ibid.
[25] F. R. Amos, op. cit., p. 165.
[26] Quotation in Amos: D. G. Rossetti, Preface to Translations (n.d.), p. xiv.
[27] J. S. Phillimore, Some Remarks on Translation and Translators (Oxford, 1919), p. 16.
[28] Amos, op. cit., p. 173.
[29] Ibid., p. 156.
[30] A lo largo de esta exposición el nombre «David» se ha utilizado de manera genérica para designar a los autores de los salmos bíblicos, en el mismo sentido en que «Homero» se designa como autor de la Ilíada y la Odisea.
[31] Estas cuatro imitaciones de salmos fueron copiadas casi exactamente del volumen de 1706 al volumen de 1719. Como ejemplo del tipo de cambio que hacía Watts, citamos primero una estrofa del volumen de 1706 y debajo la misma estrofa del volumen de 1719:
(1706) p. 61: ’Tis like the Oyl on Aaron shed
Which choice Perfumes compose,
Down softly from his Reverend Head
It trickled to his Toes.
(1719) p. 35: ’Tis like the Oyl divinely sweet
On Aaron’s reverend Head,
The trickling Drops perfum’d his Feet,
And o’er his Garments spread.
En el canto real de la última línea de esta estrofa, «trickled to his Toes», entonada sola, podría haber provocado alguna vacilación, o quizá hilaridad.
[32] El lenguaje de arrebato físico aparece con frecuencia en la poesía religiosa mística del siglo anterior. Véase, por ejemplo, el Hymn to the Name and Honour of the Admirable Saint Teresa de Richard Crashaw.
[33] Arthur P. Davis, Isaac Watts (Nueva York, 1943), p. 177.
[34] John Wesley, The Works of the Rev. John Wesley (Nueva York, 1856), II, 443.
[35] Ibid., II, 444.
[36] I. Watts, Horae Lyricae, Poems Chiefly of the Lyric Kind (Londres, 1706), p. 67.
[37] Ibid., p. 70.
[38] Ibid., p. 75.
[39] Ibid., p. 79.
[40] Ibid., p. 80.
[41] Ibid., p. 81.
[42] Ibid., p. 83.
[43] Ibid., p. 84.
[44] Ibid.
[45] Ibid., p. 86.
[46] Ibid., p. 87.
[47] Ibid., p. 92.
[48] I. Watts, Discourses, Essays, and Tracts, on Various Subjects (Londres, 1753), VI, 749.
[49] Ibid., p. 749 («Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón…» [Ap. 12:7]).
[50] Ibid., p. 749.
[51] Ibid., p. 752.
[52] Ibid., p. 763.
[53] Ibid., p. 778.
[54] Ibid., p. 782.
[55] Ibid., p. 785.
[56] Ibid.
[57] Ibid., p. 786.
[58] Ibid., p. 787.
[59] Ibid.
[60] Louis F. Benson, The Early Editions of Doctor Watts’s Hymns (Filadelfia, 1902), p. 15.
[61] John Wesley, The Works (Nueva York, 1856), VII, 82.
[62] I. Watts, The Works (Londres, 1753), IV, 641.
[63] Ibid.
[64] «El doctor Johnson no reclamó familiaridad alguna con la prosa de Watts. “De su vida sé muy poco”, dijo en cierta ocasión. Southey fue quizá el primer crítico literario que prestó atención a las opiniones teológicas de Watts». Véase Johnson, Lives of the English Poets (Oxford, 1905), III, 302.
[65] A. E. Housman, The Name and Nature of Poetry (Cambridge, 1933), p. 30.
[66] Matthew Arnold consideró «When I Survey the Wondrous Cross» como el más grande. «Our God, Our Help in Ages Past» también es reconocida universalmente como uno de los dos o tres mejores himnos en lengua inglesa.
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